El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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domingo, 27 de noviembre de 2011

Puntualidad de los filósofos I

   El profesor Kant es tan regular en sus costumbres que cada día esperamos su paso para poner en hora nuestros relojes. Cruza la calle siempre por esta esquina a las cuatro en punto de la tarde. El resto del universo, en cambio, es irregular, confuso, impredecible. A las cuatro en punto de la tarde a veces brilla un sol violento y a veces es de noche. Hay días en que recién acabamos de cenar y otros en que las cuatro de la tarde llegan inmediatamente después del desayuno. Los peores son esos días de infierno en que las cuatro en punto vuelven una y otra vez, casi a cada momento. Imagínese usted en qué horrible caos viviríamos si no nos informara el profesor Kant, con su paso regular y confiable, cuando están empezando a ser otra vez esas veleidosas cuatro de la tarde
Ana María Shua (2000)
Ana María Shua (1951)

La cita

   Cantando por los caminos y bromeando, mientras cantaba, con aventureros ruines, pasaba la Fama junto al poeta sin hacerle caso.
   Sin embargo, el poeta le hacía pequeñas coronas de canciones para que se adornase la frente en las Cortes del Tiempo; pero ella se ponía las guirnaldas indignas que los turbulentos ciudadanos le arrojaban a su paso, hechas de cosas perecederas.
   Y tras un tiempo, cada vez que esas guirnaldas se marchitaban, corría el poeta a ella con sus coronas de canciones; pero la Fama se burlaba de él, y seguía poniéndose las indignas guirnaldas, aunque siempre se marchitaban cuando llegaba la noche.
   Y un día el poeta, amargado, le reprochó su actitud, y le dijo: “Hermosa Fama, tanto por caminos como por veredas, no has dejado de reír y de hablar y bromear con gentes despreciables; en cambio, te burlas de mí y pasas por mi lado sin mirarme, a pesar de que me desvivo por ti y sueño contigo”.
   Y la Fama le volvió la espalda, y se fue; pero al marcharse, le miró por encima del hombro, y sonrió como no lo había hecho nunca; y casi en un susurro le dijo:
   —Ya te visitaré en el cementerio, dentro del Asilo, dentro de cien años.

Lord Dunsany (1915)
Lord Dunsany (1875-1957)

martes, 22 de noviembre de 2011

Sentidos y percepción: perturbaciones de la propiocepción (2)

FANTASMAS

   Un “fantasma” en el sentido en que utilizan la palabra los neurólogos es un recuerdo o imagen persistente de una parte del cuerpo, normalmente una extremidad, durante meses o años después de su pérdida. Weir Mitchell describió varios tipos: unos extrañamente espectrales e irreales, otros apremiantes, peligrosamente reales incluso; algunos intensamente dolorosos, otros indoloros… En general se trata de perturbaciones de la llamada por Henry Head “imagen corporal”, en las que pueden influir factores de estimulación del córtex sensorial y de los lóbulos parietales, así como condiciones del muñón nervioso o neuroma, trastornos en las raíces nerviosas o en el sistema sensorial de la médula. He aquí algunos casos:
   Dedo fantasma: Un marinero perdió en un accidente el dedo índice de la mano derecha. Durante 40 años le persiguió el fantasma intruso de aquel dedo rígidamente extendido, como estaba cuando lo perdió. Siempre que acercaba la mano a la cara (para comer o para rascarse la nariz, por ejemplo) temía que el dedo fantasma le sacase un ojo. Sabía que eso era imposible, pero la sensación era irreprimible.
   Miembros fantasma que desaparecen: Todos los amputados saben que el miembro fantasma es esencial para poder hacer uso de la prótesis, de un miembro artificial. “Estoy completamente seguro —escribe el doctor Michael Kremer— de que ningún amputado con una extremidad inferior artificial puede caminar con ella satisfactoriamente hasta que le ha incorporado la imagen corporal. En otras palabras, el fantasma.” En estos casos, la desaparición del fantasma es un desastre para el paciente.
   Fantasmas posicionales: Un día llegó a la consulta del Dr. Sacks Charles D., quejándose de que tropezaba, se caía y sufría de vértigo. El examen reveló que tenía una agitación de ilusiones posturales en continuo cambio. Se sentía como en un barco en un mar agitado: el suelo se acercaba y alejaba, él cabeceaba y daba sacudidas. Sólo si lograba fijar la vista en los pies lograba estarse quieto. Necesitaba, entonces, que la vista le indicase la verdadera posición de los pies.
   Sacks comprendió que se trataba de un delirio sensorial asociado a “ilusiones propioceptivas”, a ceguera parcial propioceptiva con respecto a las piernas. Se trataba de una etapa intermedia de ilusiones y fantasmas posturales.
   Fantasmas, ¿vivos o muertos?: Aunque la literatura científica al respecto es confusa, los pacientes no lo son: hay diferentes tipos de fantasmas.  Un hombre con amputación por encima de la rodilla explica: “Hay ese chisme, ese pie fantasma, que a veces me duele muchísimo… y se me curvan los dedos hacia arriba o sufren un espasmo. Es aún peor de noche, o cuando me quito la prótesis, o cuando estoy quieto y no hago nada. Se va en cuanto me pongo la prótesis y camino. Entonces siento aún la pierna, con toda claridad, pero es un fantasma bueno, diferente, anima la prótesis y me permite andar.”
   Muchos pacientes sufren dolor en el fantasma. A veces, este dolor tiene un carácter extraño, otras se trata de un dolor fuertemente real en el miembro inexistente. Un paciente escribió a Sacks quejándose de que una uña del pie inexistente se le metía en la carne. No se trata de problemas “imaginarios”, en todo caso son vividos como algo real por los pacientes. 

Texto adaptado de:
Oliver Sacks: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Barcelona: Anagrama, 2002, pp. 94-99.
Experiencia de un miembro fantasma

Sentidos y percepción: perturbaciones de la propiocepción (1)

LA DAMA DESENCARNADA

   En 1906, el psicofisiólogo Sherrington habla de “un sexto sentido” que nos informa de modo inconsciente acerca de las partes móviles de nuestro cuerpo. Lo llamó “propiocepción” y es imprescindible para que el individuo tenga un sentido de sí mismo, porque si sentimos el cuerpo como algo propio, como “propiedad” es por cortesía de la propiocepción.
   El cuerpo es algo que está ahí, no se pone en duda, es indiscutible para nosotros. ¿Pero qué ocurre cuando el individuo pierde esta certeza del cuerpo propio, cuando duda de su propio cuerpo?
   Christina era una joven de 27 años aficionada al hockey y la equitación, segura de sí misma, fuerte de cuerpo y de mente. Tenía dos hijos pequeños y trabajaba como programadora en su casa. Era inteligente y culta, le gustaba el ballet y la poesía. Llevaba una vida activa y plena, nunca había estado enferma. De pronto, la primera sorprendida fue ella, se descubrió que tenía piedras en la vesícula y se le aconsejó extirparlas.
   Ingresó en el hospital y se sometió a un régimen de antibióticos. Simple rutina.
   Aunque poco dada a sueños y fantasías, el día anterior a la intervención tuvo un sueño inquietante de una extraña intensidad. Se tambaleaba aparatosamente en el sueño, no era capaz de sostenerse en pie, apenas sentía el suelo, casi no tenía sensibilidad en las manos, notaba sacudidas constantes en ellas, se le caía todo lo que cogía. Este sueño le produjo un gran desasosiego. Antes de la operación, el sueño se hizo realidad. Se encontró con que no era capaz de mantenerse en pie, sus movimientos eran torpes e involuntarios, se le caía todo de las manos.
   “Histeria de angustia”, diagnosticó el psiquiatra del hospital, aludiendo al temor ante la operación. El día de la operación, Christina estaba aún peor. No podía mantenerse en pie, sus manos “vagaban” salvo que mantuviese la vista fija en ellas. Cuando extendía la mano para coger algo o intentaba llevarse el alimento a la boca se equivocaba o se quedaba cortas o se desviaba, como si hubiera desaparecido el control y la coordinación sobre las manos.
   —Ha sucedido algo horrible —balbucía con una voz lisa y espectral—. No siento el cuerpo. Me siento rara, desencarnada.
   El Dr. Sacks pensó que era como si los lóbulos parietales no recibiesen la información habitual de los sentidos, y se propuso examinar las funciones cerebrales de la paciente.
   Dedujo que había un déficit propioceptivo muy profundo, casi total, desde las puntas de los dedos a la cabeza. Los lóbulos parietales funcionaban, pero realmente no tenía ninguna sensibilidad en los músculos, tendones ni articulaciones.
   Christina había perdido el sentido de la propiocepción, el sentido de la posición del cuerpo, el sentido del movimiento corporal.
   Se aplazó la operación de vesícula.
   Hablando con ella, Sacks le explica que el sentido del cuerpo lo componen tres cosas: la visión, los órganos del equilibrio (el sistema vestibular) y la propiocepción, que es lo que ella había perdido, e intentó consolarla asegurando que hasta cierto punto podía suplirse un sentido con los otros.
   —Lo que yo tengo que hacer entonces —dijo ella muy despacio— es utilizar la vista, usar los ojos, en todas las ocasiones en que antes utilizaba esa… “propiocepción”. Ya me he dado cuenta —añadió— de que puedo “perder” los brazos. Pienso que están en su sitio y luego resulta que están en otro. Esta “propiocepción” es como los ojos del cuerpo, es la forma que tiene el cuerpo de verse a sí mismo. Y si desaparece, como es mi caso, es como si el cuerpo estuviese ciego. Mi cuerpo no puede verse si ha perdido los ojos, ¿no? Así que tengo que vigilarlo… tengo que ser sus ojos, ¿no es así?
   La lesión de las fibras propioceptivas continuó, no hubo recuperación en los ocho años siguientes, aunque finalmente haya conseguido llevar una vida adaptada con ajustes de todo tipo y género.
   Al principio no podía hacer nada sin utilizar la vista, y se derrumbaba en cuanto cerraba los ojos. En los inicios tenía que seguir con la mirada cada movimiento de su cuerpo para poder realizarlo. Sus movimientos, controlados y regulados conscientemente, eran al principio torpes, artificiales en alto grado. Con el tiempo sus movimientos lograron más armonía, más naturalidad, aunque siempre dependían del control de la vista. Progresivamente sustituyó la sensación inconsciente de la propiocepción por el consciente gobierno (ya automatizado) del control visual.
   Había aquí una cierta compensación de la pérdida propioceptiva con la potenciación de la vista y, como era su caso, el sentido del equilibrio y el oído. Si en el momento de la catástrofe Christina permaneció más de un mes como una muñeca de trapo, sin ser capaz ni siquiera de mantenerse sentada y erguida, tres meses después se la podía ver correctamente sentada, esculturalmente sentada, como una bailarina sorprendida en una pose. Y era eso, una pose, una postura meditada y sostenida conscientemente. Como había fallado la naturaleza, Christina recurría al artificio.
   Estos recursos hacían la vida posible, pero no normal. Christina aprendió a caminar, a coger un transporte público, a desarrollar las actividades habituales de la vida, pero sólo a costa de una gran vigilancia, consciente de que en cualquier momento, si bajaba la guardia, podría derrumbarse.
   Logró una recuperación funcional, pero no neurológica. Podía funcionar a base de artimañas, incluso logró regresar a su trabajo con el ordenador; pero nunca dejó de sentirse como desencarnada, con un cuerpo muerto, irreal, que no parecía el suyo.
   —Tengo la sensación de que mi cuerpo es ciego y sordo a sí mismo… no tiene sentido de sí mismo.
   Por lo demás no encuentra palabras para describir esa privación de cuerpo, esta oscuridad o silencio sensorial, emparentado con la ceguera o la sordera. Ella no tiene palabras, y los demás tampoco, para comprender estados como éste. Tampoco la sociedad entiende. Cuando sube a un autobús, bamboleándose, torpe, puede llegar a escuchar las quejas de la gente: “¿Qué le pasa? ¿Está borracha?” Es difícil hacer entender que se carece de “propiocepción”.
   —¡Ay, si pudiera sentir! —se desahoga a veces con el Dr. Sacks—. Pero he olvidado lo que es eso… Yo era normal, ¿verdad que sí? Me movía como los demás…
   Si se le enseñan películas de su vida anterior se reconoce, pero no se identifica con esa mujer. Se siente “desmedulada”, como una especie de espectro. Ha perdido el anclaje orgánico fundamental con la identidad, el sentido de ser un cuerpo.
   Cuando hay trastornos profundos de la percepción del cuerpo o de la imagen del cuerpo se produce una cierta despersonalización. Weir Mitchell, trabajando con pacientes amputados durante la Guerra de Secesión estadounidense lo describe como un rasgo específico, este sentido de la falta de individualidad, y el consiguiente deseo de recabar confirmación de que uno es uno mismo. Christina también tiene esta falta, como muchos pacientes que sufren cortes transversales en la médula espinal.

Texto adaptado de:
Oliver Sacks: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Barcelona: Anagrama, 2002, pp. 68-81 

El equilibrio corporal depende del sentido propioceptivo, la visión y el sistema vestibular

sábado, 19 de noviembre de 2011

La memoria: "El marinero perdido"

   ¿Qué tipo de vida, qué clase de mundo, qué clase de yo se puede conservar en el individuo que ha perdido la mayor parte de la memoria y, con ella, su pasado y sus anclajes en el tiempo?
   Un paciente de Oliver Sacks, llamado Jimmie G., servirá para empezar a dar una respuesta a esta pregunta. A principios de 1975 ingresó en una residencia de ancianos de Nueva York con una nota que decía “Desvalido, demente, confuso y desorientado”.
   Jimmie era un hombre de buen aspecto, con una mata de pelo canoso rizado, cuarenta y nueve años, de aspecto saludable. También era alegre, cordial y afable.
   —¡Hola, doctor! —dijo—. ¡Estupenda mañana! ¿Puedo sentarme en esta silla?
   Era una persona decididamente simpática, muy dispuesta a hablar y a contestar cualquier pregunta que le hiciesen. Daba sus datos con precisión, describió con amoroso detalle el pueblecito de Connecticut donde había nacido, llegó incluso a dibujar un plano. Habló de su época en la Marina a partir del año 1943, recordaba el código Morse y era capaz de manejarlo con fluidez.
   Sus recuerdos, sin embargo, se quedaban ahí. Recordaba con precisión y revivía esa época en la Marina, pero nada más. Cuando hablaba de esa época parecía referirse más al presente que a un tiempo del pasado, de hecho empezaba hablando en pasado y enseguida se pasaba al presente de indicativo.
   Cuando Oliver Sacks le pregunta por el año en que están, el paciente contesta que en 1945, y cuando se le interroga sobre su edad, afirma que diecinueve. Cuando el neurólogo le muestra su imagen en un espejo, Jimmie se aferra a los brazos de la silla:
   —Dios Santo, ¿qué es lo que pasa? ¿Qué me ha sucedido? ¿Estoy loco? ¿Es una broma?
   El doctor lo tranquiliza llevándolo hasta la ventana y enseguida recupera el color y empieza a sonreír mientras observa a unos chicos jugando al béisbol. Sacks aprovecha entonces para dejarlo solo un momento y sale para deshacerse del espejo. Cuando vuelve, dos minutos más tarde:
   —¡Hola, doctor! —dice— ¿Quiere usted hablar conmigo?
   No había indicio ninguno de reconocimiento en su expresión, franca y abierta.
   —¿No nos hemos visto antes, señor G.?
   —No, que yo sepa. Menuda barba que tiene. ¡A usted no lo olvidaría, doctor!
   El paciente ha olvidado todo, se pregunta qué hace en el hospital, si es que trabaja allí, si es un paciente…, no lo sabe.
   Sacks le recuerda lo que le ha contado de Connecticut, y Jimmie reconoce que es verdadero, pero afirma que no ha debido contárselo él, que lo habrá leído por ahí.
   —Está bien —dice Sacks—. Le contaré una historia. Un individuo fue a ver a su médico quejándose de que tenía fallos de memoria. El médico le hizo unas cuantas preguntas de rutina y luego le dijo: “¿Y esos fallos de memoria, qué me dice de ellos?”. “¿Qué fallos?”, contesta el paciente.
   —Así que ése es mi problema —contesta Jimmie, echándose a reír—. Ya me parecía a mí. A veces se me olvidan cosas, de vez en cuando… cosas que acabo de pensar. Sin embargo, el pasado lo recuerdo claramente.
   El Dr. Sacks somete a pruebas al paciente. Se encuentra con una pérdida extrema y sorprendente del recuerdo a corto plazo, hasta el punto de que cualquier cosa que se le diga o se le muestre la olvida a los pocos segundos. A veces retiene recuerdos vagos, un confuso eco de familiaridad. Cinco minutos después de jugar al tres en raya con él, recuerda que “un médico” había jugado a aquello con él “tiempo atrás”. Cuando Sacks le recuerda que fue él, le hace gracia. Tiene un humor ligero y una cierta indiferencia a estas paradojas.
   Al parecer no es que deje de registrar los datos en la memoria, el problema es que se le borran al cabo de un minuto, sobre todo si concurren estímulos que compiten o lo distraen. Sus facultades intelectuales y perceptivas se mantienen en un nivel muy elevado.
  Tiene los conocimientos científicos de un bachiller inteligente, inclinado a las matemáticas y a las ciencias, puede realizar cálculos a gran velocidad; pero si el problema exige mucho tiempo se desorienta y se olvida hasta de la pregunta. Cuando se le enseña una foto de la Tierra desde la Luna cree que se le toma el pelo.
   El diagnóstico fue un probable síndrome de Korsakov. Según escribió este psiquiatra ruso en 1887, tal enfermedad consiste en la alteración del recuerdo de los hechos recientes, conservando las impresiones del pasado y manteniendo intactos el ingenio, la agudeza mental y la inventiva.
   A. R. Luria ha ampliado las investigaciones de Korsakov sobre la memoria. Para Luria, estos pacientes han perdido el sentido de la sucesión temporal y empiezan a vivir en un mundo de impresiones aisladas. Los motivos para la enfermedad pueden ser algún tumor o la degeneración neurológica de los cuerpos mamilares a causa del alcohol. No hay un tratamiento claro para combatirla.
   En el caso de Jimmie, el abuso del alcohol fue constante desde los años 60, al abandonar la Marina. Según su hermana, este consumo aumentó a partir de los 70 hasta hundirlo en el delirio y la angustia. Se lo ingresó en una residencia y superó la crisis, pero las secuelas fueron la pérdida de memoria. Ahora bien, ¿por qué la pérdida afectaba sólo a los recuerdos de los últimos años?
   Sacks intentó hipnotizarlo para averiguar algo más; pero fue imposible porque la amnesia le hacía perder el hilo de la hipnosis. Le escribió a Luria y éste encontró el caso normal, puesto que la amnesia retroactiva podía retroceder décadas y hasta casi una vida entera. “En un caso como éste no hay recetas”, escribió Luria, “hay pocas esperanzas, puede que ninguna de que se produzca una recuperación de la memoria. Pero un hombre no es sólo memoria. Tiene sentimiento, voluntad, sensibilidad, moral… Es poco lo que puede usted hacer neuropsicológicamente, nada quizás; pero en el campo del Individuo, quizás pueda usted hacer mucho.”
   Puesto que Jimmie se da y al mismo tiempo no se da cuenta de su situación, es difícil hacer nada por él:
   —¿Cómo se siente?
  —¿Cómo me siento? No puedo decir que me sienta mal. Pero no puedo decir que me sienta bien. No puedo decir que me sienta de ninguna manera.
   Se trata de un hombre que sólo demuestra fijación y sentimientos profundos con respecto a la religión. En la capilla se comporta de un modo devoto, por otro lado disfruta con la música y le gusta la jardinería. Al paso del tiempo, este hombre fragmentado ha logrado cierta tranquilidad, y siempre hay que recordar que la angustia la sienten más aquellos que los rodean que los propios pacientes.

Texto adaptado de:
Oliver Sacks: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Barcelona: Anagrama, 2002, pp. 44-67.

Oliver Sacks nace en 1933 en Londres. Puede que sea el neurólogo más famoso en la actualidad, gracias a unos libros de divulgación que se venden y se leen como novelas de éxito. Pero no inventa nada, describe las historias de los pacientes que ha tratado. Ahora vive en Nueva York.
Para el gran público empezó a ser conocido por su mejor libro: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), donde describe casos de agnosia visual, síndrome de Korsakov, perturbaciones de la propiocepción, miembros fantasma, Parkinson, afasia, síndrome de Tourette, amnesias o hipermnesias, autismo, etc. Aunque se trata en todos los casos de patologías reales, uno no deja de pensar que son algo fantásticas, por lo singulares que resultan. Este mismo estilo lo continúa en Un antropólogo en Marte (1995), con casos de síndrome de Asperger, ceguera al color, etc.
Reconoce que su inspiración para este tipo de obras es el Pequeño libro de una gran memoria (1968), de A. R. Luria, que describe el caso del mnemonista Salomon Veniaminovich Shereshevski, de memoria prácticamente absoluta.
Estos libros son la introducción más amable que se puede encontrar a la Psicología Clínica, porque Sacks observa a sus pacientes con verdadera simpatía, sin por ello dejar de mostrarnos toda la crudeza de sus perturbaciones.
Pueden leerse en Primero de Bachillerato, y elaborar trabajos para subir nota en la asignatura de Filosofía.

 

Niños salvajes: Victor de l'Aveyron


      La historia comienza un día de 1797, durante el quinto año de la reciente República Francesa, cuando unos campesinos de la re­gión de Lacaune, situada en el macizo central, sorprendieron a un niño desnudo que huía a través de los bosques de la Bassine. De­bido a la curiosidad que esto produjo, estuvieron al acecho los días siguientes y, finalmente, lo pudieron ver otra vez buscando bellotas y raíces. En 1798 unos leñadores lo vieron de nuevo y, a pesar de la violenta resistencia que opuso, lo llevaron al pueblo de Lacaune, donde su llegada produjo sensación. Fue exhibido varias veces en la plaza pública, pero la curiosidad de las gentes pronto se vio satisfecha ante la vista de este muchacho mudo y sucio y, una vez que su vigilancia disminuyó, se escapó de nuevo al bosque.
Durante los quince meses siguientes se le vio de cuando en cuando, merodeando por los caminos que limitaban con el bosque, recogiendo patatas y nabos para comérselos allí mismo o, a veces, para llevárselos. Se encontraron varias guaridas, que se supuso ha­bía utilizado, una de las cuales tenía una cama de hojas y musgo. Finalmente, el 25 de julio de 1799, tres cazadores lo vieron y capturaron en estos mismos bosques.
     Un joven doctor y pedagogo del Instituto de Sordomudos, Jean Itard, se encargará a partir de 1800 de la educación del niño salvaje. Hizo un minucioso relato de las características que presentaba el niño y de los avances que logró en el proceso educativo al que fue sometido durante años. De un primer informe escrito en 1801, se ha extraído la información, en gran parte textual, que figura a continuación.
La descripción del aspecto físico que mostraba al encon­trarlo es la siguiente:
“Una criatura de un desaliño repelente, presa de movi­mientos espasmódicos y a ratos compulsivos, que se mueve de una parte a otra en incesante balanceo, a semejanza de algunos animales enjaulados, que mordía y arañaba a cuan­tos hacían por atenderla, y finalmente, ajena a todo, incapaz de parar la atención en cosa alguna.”
Además de contar en su cuerpo con más de veinte cicatrices, Itard aporta también el informe médico realizado en ese momenlo por una sociedad científica sobre el estado de inhi­bición de sus sentidos:
“... los ojos, sin fijeza ni expresión, sin cesar divagan de un objeto a otro, sin detenerse jamás en uno de ellos, hallán­dose tan poco ejercitados, tan poco coordinados con el tacto, que en modo alguno sabían distinguir entre un objeto de una simple pintura; el oído, tan insensible a los ruidos más fuertes como a la más emotiva de las melodías (aunque podía volverse ante el chasquido que se producía al romper una nuez); el órgano de la voz, en el estado de abandono más absolu­to, no emitía sino un sonido uniforme y gutural; el olfato parecía igualmente indiferente a la exhalación de los perfumes como al hedor de las basuras de que estaba impregnado su cubil; el tacto, en fin, se limitaba a la función mecánica y no perceptiva, de la pura prensión de los objetos.”
     En cuanto a las funciones intelectuales parecía...
    “... incapaz de atención, salvo en lo que atañía a los objetos de sus necesidades. Se encontraba privado de discernimiento, negado a la memoria, desprovisto de toda aptitud imitativa y hasta tal punto obstruido a los recursos de la mente, incluso relativos a sus propios intereses, que aún no había aprendido siquiera a abrir las puertas ni acertaba a valerse de una silla para atrapar algún manjar (...). Se hallaba despro­visto de todo recurso comunicativo y en ningún ademán del cuerpo podía adivinarse modo alguno de intencionalidad ni expresión; sin apariencia de motivo alguno pasaba de repente de la más melancólica apatía a una risa explosiva y desbordante. Insensible su alma a cualquier clase de afección moral, toda su inclinación y su pla­cer quedaban circunscritos al agrado del órgano del gusto. (...) En una palabra, su existencia toda quedaba reducida a una vida puramente animal.”
Ante el cuadro que presentaba esta criatura se barajaron dos hipótesis. 1.- Los médi­cos sostuvieron que probablemente el niño había sido abandonado poco antes de ser hallado a causa de sus deficiencias físicas y mentales, por lo cual no tendría posibili­dad alguna de mejoría; 2.- Itard, por el contrario, afirmaba que su retraso podría ser el resultado de haber sido abandonado hacia los tres o cuatro años y, por tanto, con un proceso educativo específico llegaría a convertirse en un niño como los demás. De ahí los objetivos de su proyecto: acostumbrarlo a vivir con humanos, restaurar su embotada sensiblidad, «ampliar el radio de sus ideas extendiéndolo a un campo de necesidades nuevas» y ejercitar la imitación para que accediera al don de la palabra.

Después de cinco años de observacion y trabajo intensísimo, Itard presentó un informe sobre los progresos realizados en la edu­cación de las funciones sensoriales, intelectuales y morales, y los métodos utilizados para ello. De dicho informe extrajo una serie de conclusiones sobre el ser humano de las que se pueden destacar las siguientes palabras:
"Que el hombre es inferior a muchos animales en el puro estado de naturaleza; estado de incapacidad y de barbarie, que sin fundamento se ha querido pintar de los colores más halagüeños…"
"Que la superioridad moral que se pretende conna­tural al hombre no es sino el resultado de la civilización, la cual lo eleva por encima de los otros animales."
“Nuestra propiedad esencial son las facultades imi­tativas y la inclinación continua a buscar nuevas sensaciones en necesidades nuevas.”
    "Que semejante fuerza imitativa, destinada a la educación de sus órganos, y sobre todo al aprendizaje de la palabra, siendo muy vigorosa y activa en los pri­meros años de la vida, se debilita rápidamente con el paso de los años si no se usa, desuso que embota la sensibilidad nerviosa; de ahí que la articulación de los sonidos, que es sin ningún género de dudas el más extraordinario y útil de todos los resultadós de la imitación, tenga que padecer dificultades sin cuento en cualquier edad que no sea la primera infancia."

     En cuanto al proceso de aprendizaje de Víctor, podemos resumirla diciendo que Víctor fue pasando por las siguientes etapas:

- Desarrollo de los sentidos. A la escasa sensibilidad que mostraban todos los órga­nos de los sentidos deI niño Víctor, Itard añade que podía estar desnudo horas enteras bajo la lluvia y el frío, igual que podía coger con la mano un tizón del fuego o meter la mano en agua hirviendo para sacar una patata y nunca se le vio una lágrima o un gesto de dolor. Sometido a un ambiente mucho más cálido que el del bosque y a un tratamienlo de baños calientes, al cabo de un tiempo empezó a mostrarse sensible al frío y a apreciar la utilidad de las ropas; la perspectiva de dormir en una cama húmeda le obligó a levantarse a hacer sus necesidades; su tacto se volvió sensible al calor y al frío, a lo blando y a lo duro, a lo áspero y a lo suave y, al mismo tiempo que se fue haciendo cuidadoso y limpio, también comenzó a tener catarros y otras enfermedades.
Con el tacto, también el olfato y el gusto fueron aplicándose casi en paralelo a diferenciar y reconocer, pero no la vista y el oído, que exigieron otro tipo de trabajo. Separó ambos sentidos, tratando de hacerle distinguir diversos sonidos con los ojos tapados, del mismo modo que, un año antes, le había llevado a establecer compara­ciones y distinciones entre colores y figuras, letras y palabras. De esta forma, dice Itard, se llevó a cabo el desembotamiento de sus sentidos, salvo el del oído: “Apor­tando a su alma hasta entonces muerta ideas desconocidas ( ...) fue  enseñado a dis­tinguir por el tacto un objeto redondo de uno plano, por los ojos un papel encarnado de uno blanco, por el gusto un licor agrio de uno dulce, había aprendido, al propio tiempo, a distinguir entre sí los nombres que designan estas diversas percepciones, pero sin conocer el valor representativo de que son portadores esos signos.”

- Funciones intelectuales. Junto al desarrollo de los sentidos, la atención de Víctor fue obligada a reparar en los objetos que había de distinguir y que su memoria tenía que recordar. Aunque pronto aprendió a reconocer y repetir la palabra lait (leche) por el gusto que tenía por ese alimento, no la pronunciaba nunca para pedirla sino cuan­do la tenía delante: no sabía que el símbolo representaba al objeto. La identificación entre la palabra escrita y el objeto hubo de aprenderla del siguiente modo: mostrada la palabra (“vaso”), Víctor había de ir a buscar el objeto depositado en otra habita­ción. Pronto Itard comprobó que Víctor sólo la identificaba con un objeto concreto, como si de un nombre propio se tratara. Tendría, pues, que aprender a generalizar, de forma que libro fuese para él como para nosotros el nombre común de cualquier libro. Después Víctor pasó a dar el mismo nombre a objetos que no guardaban entre sí más relación que la semejanza de su forma o de su empleo. Con el nombre "libro", por ejemplo, menta­ba indistintamente una resma de papel, un cuaderno, un periódico, un libro de regis­tros, un opúsculo, tal y como llamaba “bastón” a todo pedazo de madera estrecho y largo. Sólo tras grandes esfuerzos Víctor logró aprender el carácter general de las palabras, pasando a reconocer los objetos bajo la consideración de sus semejanzas y de sus diferencias, relacionando la idea “libro” con cualquier libro, y no con el papel. Igual ocurrió con “lo grande” y “lo pequeño”, que llegó a aplicar como cualidad con independencia de que se refiriera a un libro o a un clavo. Sin embargo, a pesar de todos los trabajos de preparación y adiestramiento de sus órganos vocales, no consiguió aprender a hablar. Itard dedujo que la causa de dicha imposibilidad era que la facultad imitativa en la que se basa la adquisición del lenguaje sólo se aplica al aprendizaje de la pala­bra en la primera infancia, mientras que Víctor era ya un adolescente cuando fue apresado y, además, parecía tener embotado el sentido del oído. 

- Facultades afectivas. El desarrollo de su capacidad de afecto e interés por los demás hubo de superar la más absoluta indiferencia que, en un principio, sentía por los que le proporcionaban cuidado, alimento y aténción. Sólo acudía a los demás acu­ciado por la necesidad, y no veía en ellos la mano que lo alimentaba sino la cantidad de alimento. Aunque Itard no consiguió interesar a Víctor en ningún tipo de juego que no estuviera ligado a la satisfacción de alguna necesidad alimenticia, las salidas al campo o los paseos por los jardines con la señora Guérin (ama de llaves de Itard y cuida­dora de Víctor), eran para él la mayor fuente de satisfacción. Ahí nació, según Itard, el afecto que comenzó pronto a manifestar por ella, aunque solamente fuera, al comienzo, un puro cálculo egoísta. Después de cinco años de convivencia en los que aumentó el número de sus necesidades y exigió cada vez más atenciones, Itard escribe: «A pesar de su desmedida querencia por la libertad de los campos y de su indiferencia por los placeres de la vida social, Víctor se muestra agradecido por los cuidados que se le prodigan, capaz de una afectuosa amistad, sensible al placer de hacer las cosas bien, vergonzoso de sus errores y arrepentido de sus arrebatos» . 
     En un aspecto concreto el pedagogo se muestra “... sorprendido por el sistema afectivo del joven Víctor: su indiferencia por las mujeres, aun en medio de las impe­tuosas alteraciones de una pubertad muy pronunciada (...) En lugar de ese impulso expansivo que lanza a los jóvenes de los dos sexos el uno hacia el otro, he hallado en él no más que un instinto ciego, que si le hace en verdad más preferible la compañía de las mujeres a la de los hombres, no llega en absoluto a comprometer su corazón en semejante diferencia: así, lo he vislo repetidas veces, en una reunión de mujeres, ir a sentarse a la vera de una de ellas, como buscando alivio a su ansiedad, y pellizcarle delicadamente la mano, los brazos y las rodillas, hasta que sintiendo sus inquietos deseos se alejaba inquieto, y se volvía hacia otra, con la que repetía el mismo comportamiento.” Itard concluye sobre este hecho que Víctor no puede com­parase con un adolescente normal, pues no ha recibido una educación que le permita desarrollar sus instintos.

- Aprendizaje moral. Itard lo describe según el siguiente proceso: Dado que muy pocos alimentos eran de su gusto, conseguirlos en grandes cantidades era para Víctor lo más importante. Si se le sorprendía cogiéndolos, se le reprendía, por lo cual comenzó a robarlos con artimañas. A esta conducta se le respondió con represalias: lo hurtado se le arrebataba por mucho tiempo. Esto pareció tener éxito, pues Víctor dejó de robar. ¿Pero había adquirido el sentido moral de lo bueno y lo malo, o sólo había reprimido una forma de actuar por miedo al castigo? Jean Itard decide comprobarlo sometiéndolo a un ejercicio muy sencillo y que Víctor, sin duda alguna, realizaría correctamente, pero por el que no se le premiará, sino que recibirá un castigo. Es decir, fue sometido a la experiencia de la injusticia. La reacción de Víctor, más allá de su habitual obediencia, fue violenta, su indignación le llevó, incluso, a morder la mano de su maestro. “Era la prueba incontestable de que el sentimienlo de lo justo y de lo injusto, cimiento perdurable de todo orden social, no era ya extraño al corazón de mi educando.”
 
Apuntes elaborados con la ayuda de:

- Apuntes del Prof. Tomás Cuesta.
- Harlan Lane: El niño salvaje de Aveyron. Madrid: Alianza, 1984.
- T. Coraghessan Boyle: El pequeño salvaje. Madrid: Impedimenta, 2012.
- François Truffaut: El pequeño salvaje. dvd MGM
- Página de Enrique Martínez-Salanova Sánchez

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Lucien Malson en su obra sobre los niños salvajes resume los rasgos de los más de 60 casos conocidos a partir del siglo XIV de niños criados al margen del contacto humano:
  • Marcha inclinada.
  • No hablan.
  • Falta de distinción perceptiva.
  • No se reconocen ante el espejo.
  • Falta de destreza técnica, la mano no sirve para coger o manipular objetos.
  • Falta de expresividad facial.
  • Falta de interés sexual.
   Se trata de rasgos generales, ya que en casos puntuales llegan a hablar algo o manifiestan interés sexual (aunque como mecanismo puramente biológico, en el caso por ejemplo de Victor de l'Aveyron). En conclusión, ni la libido, ni la técnica ni la posición erguida son "naturales". El comportamiento reconocidamente humano no se hereda biológicamente salvo en sus manifestaciones más simples de supervivencia, como orientación a paliar el hambre o la sed, procurarse la evasión del peligro o encontrar refugio.

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Versión en APUNTES

La memoria: Husserl y el tiempo vivido

A comienzos de siglo, en el curso de 1904-1905, el filósofo Edmund Husserl (1859-1938) imparte un curso sobre “la conciencia del tiempo inmanente” en Gotinga. Estas lecciones desarrollan una teoría del tiempo vivido muy útiles para la comprensión del fenómeno psicológico de la memoria. La memoria y el recuerdo dependerán, según él, de la experiencia general del tiempo, es decir del tiempo tal y como lo vivimos, no del tiempo objetivo y lineal que miden los relojes (que solemos representar con la imagen de la línea que cruza el presente viniendo del pasado y yendo al futuro).
Si nos situamos en un momento concreto tal y como lo vivimos, este momento en que leemos, por ejemplo, podemos comprobar que es un instante que se relaciona y remite a otros momentos recién transcurridos (la lectura de las primeras líneas del texto, por ejemplo; pero antes el inicio de la mañana, el paseo hasta el Instituto, las primeras clases del día), y al mismo tiempo, este momento del aquí y ahora remite por anticipación a otros instantes que prevemos van a ocurrir (nuevas clases, el fin de la jornada, la comida y las expectativas para la tarde) que se cuelan en nuestro campo total de vivencias actuales. Si empezamos representando con una línea, al modo tradicional, la suma de momentos de la mañana, cada punto remite, en el esquema vivido, por un lado a lo vivido en el pasado y por otro a lo que prevemos vamos a vivir en el futuro, en un movimiento continuo de mutua implicación de pasado y presente con el futuro. Sea el punto A de ahora, que remite a otro momento B, en el que se recordará A como A’, anticipando a la vez un momento C que está por llegar y en el que se cruzan múltiples relaciones vividas entre los momentos pasados y presentes con la anticipación del futuro. En este esquema, el tiempo se convierte en una malla o trama en forma de red por la cual en cada momento vivido retenemos o anticipamos otros momentos pasados y futuros.

      Las consecuencias de esta teoría es, en primera lugar, hacernos ver que la memoria siempre modifica aquello que recuerda, nunca llegamos a retomar lo sucedido de manera fiel y exacta, porque lo recordado cambia según su relación con nuestras expectativas de futuro y según las condiciones del presente que acaba de llegar. En segundo lugar, y a pesar de todo, hemos de reconocer gran coherencia en nuestros recuerdos, al igual que hay una coherencia en nuestra percepción del tiempo, lo que nos lleva a pensar que debemos tener una capacidad para alcanzar el sentido de la temporalidad y de nuestros recuerdos que es una construcción no estrictamente racional y deductiva, sino espontánea o empírica. Esta coherencia la alcanzamos a pesar de, o gracias a que el tiempo y la memoria están siempre en constante movimiento, por lo que no es preciso, a fin de tener conciencia de ella, detener el flujo temporal o la cadena de los recuerdos, ya que siempre y en todo momento está actuando, al modo de una síntesis pasiva, parecida a la síntesis con la que realizamos la percepción en general.

jueves, 17 de noviembre de 2011

La memoria: El caso Shereshevski

Se trata de un caso estudiado durante varios años por el psicólogo ruso A.R. Luria, quien escribió un libro al respecto: Pequeño libro de una gran memoria. La mente de un mnemonista.  El descubrimiento de Shereshevski se produjo cuando era periodista y su editor se dio cuenta de que, por complejas que fueran las instrucciones que se le dieran al preparar algún artículo, éste nunca tomaba notas. A pesar de esto, podía repetir cualquier cosa que le dijeran, palabra por palabra, sin dar mayor importancia a esa increíble capacidad. Al darse cuenta de que se trataba de un fenómeno inusual, su editor le envió a ver a Luria, que le administró una serie de pruebas de memoria cada vez más exigentes. No parecía haber límite en la cantidad de material susceptible de ser recordado puntualmente por él: listas de más de cien dígitos, largas series de sílabas sin sentido, poesía en idiomas desconocidos, gráficos complejos o extensas fórmulas científicas. No sólo podía repetir perfectamente todo este material, también podía hacerlo en orden inverso e incluso años más tarde demostró su capacidad para seguir recordándolo. ¿Cuál era el secreto de la asombrosa memoria de Shereshevski? Tenía una notable capacidad para formar imágenes. No sólo podía crear multitud de imágenes visuales con gran rapidez y facilidad, sino que mostraba una asombrosa tendencia a la sinestesia (el fenómeno por el cual un estímulo que actúa sobre un sentido evoca una imagen en otro). La mayoría de las personas, por ejemplo, tiende a asociar los sonidos agudos a colores brillantes y los graves a los tonos oscuros. No es extraño que se asocien los días de la semana con colores. Sin embargo, para la mayoría de las personas la tendencia a interrelacionar sensaciones es muy ligera, y sin significado práctico. En el caso de Shereshevski, la cantidad de asociaciones de este tipo era enorme. Por ejemplo, al escuchar cierto sonido dijo: "Parece un coche de bomberos pintado de rosa y rojo. La banda de color es rugosa y áspera, de un sabor desagradable, algo así como el de un pepinillo salado... podrías lastimarte la mano con ella". Para él, los números tenían formas y colores: "El uno es un número puntiagudo, pero eso no tiene nada que ver con la forma como se escribe, es porque se trata de algo firme y completo". Los números también se parecían a personas: el uno era "un hombre orgulloso y macizo", y el dos, "una mujer muy espiritual". Si se le presentaba alguna cosa para recordar, inmediatamente la codificaba con este rico y elaborado método. Por lo general este proceso implicaba que el material más difícil y árido originara una experiencia vívida que se representaba no sólo visualmente sino también en términos de sonido, tacto y olor. Aunque su asombrosa sinestesia le resultaba obviamente muy útil, no dejó de plantearle problemas. Por ejemplo, si alguien tosía mientras le leían el material que debía recordar, la tos quedaba también impresa en su memoria como un borrón o una bocanada de vapor, que aparecía también en el recuerdo subsiguiente; una ligera diferencia de la inflexión en la voz del hablante podía cambiar totalmente la imagen, y esto podía afectar a su comprensión incluso en fragmentos de prosa relativamente sencillos. Como mnemonista, Shereshevski obtuvo grandes éxitos. Sin embargo, tenía enormes dificultades para olvidar y acabó por sentir su memoria abarrotada por informaciones de todo tipo que no deseaba recordar. Al cabo de algún tiempo encontró una solución muy sencilla: imaginó que la información que no deseaba recordar estaba escrita en una pizarra y luego se imaginó a sí mismo borrándola. Por extraño que parezca, el método funcionó perfectamente.


Alexander Romanovich Luria (1902-1977)

martes, 1 de noviembre de 2011

Sobre un feto de negro conservado en alcohol

   Sigue allí en la postura en que aguardaba la vida y la luz del día, una vida y una luz que el pobre jamás llegó a ver. ¡Qué feliz eres, niño, por haber llegado tan pronto a la meta que miles de hermanos tuyos sólo alcanzan después de sangrientos azotes e incontables sufrimientos!
   Pobre pequeño, qué feliz eres. La paz de la que tú gozas ahora, miles de desdichados, hermanos tuyos, tienen que comprarla con su sangre bajo el azote de mercaderes indignos. Nada, absolutamente nada has perdido en este mundo en el que tus derechos están vendidos y tu amo hubiera sido un mercader. También a él, que ya tenía preparadas tus cadenas, le hubiera valido más no ver, como tú, la luz del día.
Lichtenberg: Aforismos. Barcelona: Edhasa, 2002, pág. 145





Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799)