El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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viernes, 30 de diciembre de 2011

Puntualidad de los filósofos

   Hacía que su criado Lampe lo despertara a las cinco menos cuarto y trabajaba hasta las ocho menos tres. A las ocho menos dos, se ponía su tricornio. un minuto más tarde, se ceñía la espada y, a las ocho en punto, entraba por la puerta de su clase. Sus paseos tenían la misma rígida regularidad. Las amas de casa ajustaban a su paso los preparativos de cocina, razón por la cual el día de 1789 en que, impaciente por conocer las noticas de París, Kant salió más pronto que de costumbre al encuentro de la diligencia que traía las gacetas, el pan quedó demasiado cocido, los asados se quemaron y estallaron a su paso peleas domésticas.

Pierre Bergounioux: Una habitación en Holanda. Barcelona: Minúscula, 2011, pp. 49-50.

Pierre Bergounioux (1949)

jueves, 8 de diciembre de 2011

Otra Tierra

   El mismo día que se puede al fin ver desde la Tierra un duplicado de nuestro planeta en el cielo, la joven Rhoda circula en coche tan feliz como despreocupada. La han aceptado en el prestigioso MIT, su pasión por la Astrofísica y por el universo es genuina, va escuchando la radio que especula sobre el fenómeno de la Tierra 2, ella intenta ver ese planeta desde su coche y unos metros más allá una familia se detiene en un cruce, bromean y juegan, el padre, la madre embarazada, el niño pequeño, también están contentos. Hasta que el coche de Rhoda se estrella contra ellos. Lo que sigue a partir de aquí es un melancólico desarrollo de la tragedia: la chica sale de la cárcel, el padre (único superviviente de su familia) sale del coma, la Tierra 2 está cada vez más cerca y una empresa propone un concurso para regalar una plaza en el inminente primer viaje de contacto.
   En esta película abundan las epifanías, los descubrimientos sobre uno mismo y sobre el mundo. Suele llamarse así a los desocultamientos súbitos de algo que aun estando ahí no terminábamos de ver, como el significado de un sueño, la solución de un problema, la revelación de un orden dentro del desorden.
   A pesar de sus pocos años y del enorme sentimiento de culpa, el personaje de Rhoda nos regala un buen número de epifanías en esta película, ya sea con su forma de mirar a la cámara o por su manera de aliviar la destrozada vida de los adultos que la rodean. Ella, que sólo quiere desaparecer en el espacio, sabe cuál es en realidad el secreto de la felicidad, y así nos lo cuenta:

"¿Conoces la historia del astronauta ruso? El primer hombre que fue al espacio. Los rusos le ganaron a los norteamericanos. Él va en una gran nave espacial, pero la única parte habitable es muy pequeña, así que el astronauta está ahí dentro, con una pequeña escotilla por la que ve la curvatura de la Tierra por primera vez. Es el primer hombre en ver el planeta desde el espacio. Está absorto en ese momento; pero de repente un extraño sonido comienza a salir del panel de mando, un persistente tic-tac. Maldice el panel de control y saca sus herramientas para tratar de eliminar el ruido. No lo consigue. No puede detenerlo y decide ignorarlo. A las pocas horas lo percibe ya como una auténtica tortura. Pasan los días. Él sabe que este pequeño sonido terminará enloqueciéndolo. ¿Pero qué puede hacer? Está solo allí arriba, en un armario espacial, y le quedan veinticinco días más con ese ruido... Decide que para salvar su cordura tendrá que enamorarse de él. Cierra los ojos tratando de imaginárselo... Y luego los abre. Ya no escucha un molesto tic-tac. Está escuchando música."

2011
Dirigida por Mike Cahill

El viejo y la muerte

   Un viejo, habiendo cierto día cortado una porción de leña, la llevaba a una gran distancia. Fatigado por el peso la descargó y llamó a la muerte. La muerte apareció por fin y le preguntó el motivo de llamarla, y el viejo respondió horrorizado: para que me ayudes a levantar la carga.
Esopo (ca. 600 a. C.) 

Esopo (Molde en el Museo Pushkin del original
procedente de la colección de arte de Villa Albani, Roma)

El filósofo fabulador

  Las formas breves del ensayo en el siglo XX están ligadas a la literaturización de la filosofía y a su renuncia de sistema. Hay muchos ejemplos, y uno de ellos es la obra de Hans Blumenberg (1920-1996), que a simple vista parece emparentada con, digamos, los Minima moralia (1951) de Adorno, al menos si tenemos a la vista obras como La inquietud que atraviesa el río (1987) o Conceptos en historias (1998); pero Adorno confiesa acogerse a la forma del aforismo para dar expresión a la idea de un modo intuitivo; Blumenberg escribe sus pequeños ensayos basándose en anécdotas culturales, sus reflexiones rara vez llegan a conclusiones firmes. Más que con Adorno parece seguir el camino de Sócrates, de Walter Benjamin y sus libros de mezcolanzas, o de Canetti y sus apuntes. Pero si el propio Blumenberg tuviera que justificar con un antecedente su forma de escribir breves ensayos, elegiría a Esopo, un Esopo sin moralejas, que renuncia a encauzar las conclusiones del lector y deja flotando las muchas sugerencias que cualquiera de sus historias son capaces de transmitir. Ahora bien, Blumenberg no es un literato, sino un filósofo…
   Jürgen Habermas se plantea este problema en su ensayo “¿Filosofía y ciencia como literatura?” (1988), cuando comenta sobre uno de los libros arriba mencionados de Blumenberg si cabe establecer una rotunda liquidación de géneros como la que se plantea en los periódicos equiparando los ensayos de su colega y los cuentos de Borges. Con su falta de estilo habitual, Habermas nos recuerda que tanto la ciencia como la literatura dependen del lenguaje, y por tanto de una realidad que no podrían establecer como novedad absoluta. Como es sabido, Habermas se basa en esta premisa para aducir las pretensiones de verdad intrínsecas al uso del lenguaje, que en el caso de la filosofía además se acompaña de una pretensión de verdad que incluso en los textos de Blumenberg ejercería, en su opinión, como hilo conductor.
   Sin embargo, el paralelismo con Esopo sugiere que la pretensión de verdad en Blumenberg no es la de Habermas. La novedad en la forma de Blumenberg frente a la intención de Adorno al escribir aforismos intuitivos (que sí estaría en la línea de Habermas) es que Blumenberg ejerce su derecho a la indeterminación, tal y como las fábulas de Esopo nos dejan “meditabundos”, “pensativos”, con tal de que no nos impongan una moraleja. Esta indeterminación del pensamiento, acorde con la literaturización de la filosofía, no se puede liquidar con el amuleto de un lenguaje con estructuras trascendentales, ya que el equilibrio del lenguaje es como el de ese barco que según Blumenberg se va recomponiendo en alta mar con los materiales que dejan sus sucesivos naufragios, sus bases están en movimiento, y hemos perdido la memoria del origen, y nadie sabe hacia dónde nos dirigimos.
Esopo (ca. 600 a. C.). Retrato hipotético
  En un congreso, Odo Marquard le preguntó a Blumenberg si le molestaba que se redujese su filosofía a dos ideas básicas: la finitud del hombre con su contrapartida, el carácter insoportable de cualquier absoluto; y la de que ser hombre significa “descargarse de los absolutos”. Con elegancia, replicó: “Lo que me molesta es que sea tan fácil verlo”. César G. Cantón: “La metaforología como laboratorio antropológico”, en Hans Blumenberg: Conceptos en historias. Madrid: Síntesis, 2003, p. 18, n. 32.

  Sobre Esopo y la filosofía, puede leerse el discurso de agradecimiento por parte de Blumenberg tras el Premio Freud en 1980, titulado Nachdenklichkeit. Hay traducción italiana: Pensosità.

martes, 6 de diciembre de 2011

Efectos secundarios de la demanda de sentido

   Quizá no debiéramos cultivar sólo la rabia por la insensatez, el absurdo del mundo, sino también un poco de temor a la posibilidad de que un día pueda estar lleno de sentido. Si la sentencia más antigua que subsiste de la historia temprana de la filosofía en Grecia —el fragmento de Anaximandro de Samos, de mediados del siglo VI— afirma que las cosas han de pagar unas a otras por la injusticia según el orden del tiempo, quizá debamos celebrar que no se nos haya transmitido más que esto; el resto habría podido decir algo sobre los motivos de juicio y sobre los indicios de un tal dominio del sentido sobre el mundo.
Hans Blumenberg (1987): La inquietud que atraviesa el río. Barcelona: Península, 2001, p. 66.

Hans Blumenberg (1920-1996)

Jinetes divinos

Jenófanes de Colofón (ca. 580/570 - 475/466 a. C.)
   Visiblemente molesto con la concepción homerica de los dioses, retratados a imagen y semejanza de los hombres, con sus riñas, caprichos y continuas persecuciones sexuales, Jenófanes de Colofón expone la crítica de las críticas para tanto antropomorfismo en materia teológica, primero haciendo constar cómo las distintas razas se figuran a los dioses a su imagen y semejanza (los etíopes se los imaginan negros, de nariz chata; los tracios con los ojos azules y pelirrojos), y después extrapolando que si bueyes, caballos y leones pudieran representar a los dioses, a no dudarlo, los caballos los pintarían con forma de caballo y los leones como leones.



   Pasados los siglos, el cuentista Augusto Monterroso se inspira en Jenófanes, pero lo corrige.

Caballo imaginando a Dios
   A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el Caballo.
   Todo el mundo sabe -continuaba en su razonamiento- que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete.
Augusto Monterroso (1969)
Augusto Monterroso (1921-2003)

domingo, 4 de diciembre de 2011

Los sentimientos y la moral del autómata

Robots PLEO
Hasta que una máquina no pueda escribir un soneto o componer un concierto por tener la capacidad de pensar y sentir, y no por la combinación aleatoria de símbolos, no podremos admitir que esa máquina sea igual al cerebro, en el sentido de que no sólo los escriba, sino que sepa que los ha escrito. Ningún mecanismo (y no hablo de una señal artificial, invención simplona) puede sentir placer por sus logros, pena cuando se funden sus válvulas, regocijo por los halagos, depresión por sus errores, atracción sexual, enfado o decepción cuando no consigue lo que quiere.
Geoffrey Jefferson (1949): “La mente del hombre mecánico”

  
Fotograma de la película Robot & Frank (2012)

Si los fabricantes tienen razón en sus afirmaciones más radicales, es decir, que su aparato es un ser pensante, sintiente, sensible, comprensivo, consciente, entonces nuestra compra del aparato nos implicará en responsabilidades morales (…). Sería censurable el simple hecho de poner en marcha el ordenador para satisfacer nuestras necesidades sin tener en cuenta su propia sensibilidad. Eso no sería distinto de maltratar a un esclavo. En general, tendríamos que evitar causarle al ordenador el dolor que los fabricantes alegan que es capaz de sentir. Desconectarlo, o quizás incluso venderlo cuando había llegado a sentirse muy unido a nosotros, nos plantearía problemas morales. 
Roger Penrose (1989): La nueva mente del emperador, cap. 1

Empédocles de Agrigento

   Cuesta un poco conciliar la imagen de un filósofo como Empédocles, defensor de teorías naturalistas, con su larga leyenda de proezas y milagros.
   Empédocles es un filósofo del siglo V a. C. y, como Pitágoras, a cuya figura está ligado en muchos aspectos, concilia rasgos de filósofo, predicador y político al mismo tiempo. La tradición, en gran parte basada en los testimonio del propio Empédocles, nos lo presenta capaz de modificar el tiempo atmosférico y deteniendo los vientos con su magia; también devolvió al parecer la vida a una mujer que ya no respiraba, aunque esto último pudo deberse a sus conocimientos médicos, al igual que el coto que supo poner a la epidemia de malaria en Selinonte, acontecimiento que después fue recordado en las monedas que se acuñaron en esta ciudad. Se dice que se consideró a sí mismo un dios; pero esto debe ser matizado, pues la creencia órfica que profesa enseña que el proceso de purificación de las reencarnaciones concluye con un viaje al otro mundo en forma de ser divino, después de muerto, así que no se consideraría dios en vida, pero sí candidato a la divinidad tras la muerte. De esto arranca tal vez la leyenda según la cual fue arrebatado a los cielos; o esa otra, más famosa, que afirma que se arrojó al Etna (al parecer se encontró una de sus sandalias de bronce en el cráter del volcán), aunque esto, como aduce Bertrand Russell parece increíble, ya que “ningún político que se tenga en algo se arroja nunca a un volcán”.
   Para los ojos actuales, sus teoría naturales parecen extravagantes fantasias. Por ejemplo, su idea de la evolución, con la que defiende la formación de los organismos a partir de miembros disyectos: “Brotaron sobre la tierra numerosas cabezas sin cuello, erraban brazos sueltos faltos de hombro y vagaban ojos sueltos, sin frente” (Fr. 57), o como dice bellamente en otro fragmento: “Los miembros solitarios andaban errantes en busca de la unión” (Fr. 58). Este preámbulo a la visión aristofánico-platónica del Amor, que lleva a los seres divididos del andrógino a buscarse desesperadamente, ha de unirse a la creencia de que el Amor y el Odio actúan sobre las bases (principios) materiales o cuatro elementos (agua, tierra, aire y fuego) para unir y separar a la Naturaleza. En el camino evolutivo, que consta de cuatro estadios, las primeras generaciones de animales y plantas no estuvieron bien terminadas y constaban por tanto de miembros separados; la segunda generación dio lugar a toda una serie de seres fantásticos. El tercer estadio es el de las formas completamente naturales sin distinción de sexos, y preludia el estado actual.
   Se diría que toda esa tradición de bestiarios y compendios de seres y animales fantásticos tienen a Empédocles como un precedente involuntario. Por otro lado, encontramos en este autor nada menos que una teoría de la evolución natural, aunque sea disparatada.
Empédocles de Agrigento (ca. 495-435 a.C.)

sábado, 3 de diciembre de 2011

Peter Singer y la revolución vegetariana

   Leemos en la contraportada de Somos lo que comemos que según The New York Times "no hay otro filósofo vivo que tenga más influencia". Si por "influencia" entendemos capacidad para influir en la vida de la gente, esta afirmación no está desencaminada. Hay que tener en cuenta que en general la notoriedad de los filósofos en vida es más bien escasa; pero el ético Peter Singer (Australia, 1946) ha conseguido ser conocido, criticado y seguido por muchas más personas de lo que podríamos pensar. El motivo es que Singer encabeza una actitud ética ligada a la ecología y la vida alternativa que sitúa en la base de sus preocupaciones los derechos de los animales y, a partir de éstos, aconseja una reforma radical de los hábitos alimentarios de la humanidad.
   Según relata el propio Singer, el cambio en su vida vino de la mano de un compañero de estudios durante la universidad, que le explicó en cierta ocasión por qué no comía carne. Esa charla fue dando lugar a una reforma de los hábitos del propio Singer, quien situó en el centro de sus estudios los temas ligados a la producción de carne para el consumo humano y la moralidad de nuestro trato a los animales.
   Tanto en Liberación animal (1975) como en Somos lo que comemos (2006, en colaboración con Jim Mason) explica cómo la producción de carne en Occidente es de una crueldad apenas tolerable (léase por ejemplo la descripción de la corta vida de los pollos criados en las granjas industriales de Estados Unidos), pero es que además las consecuencias ecológicas de la cría masiva de animales para el consumo esquilma los recursos de la producción agrícola (millones de toneladas de cereales han de destinarse a la producción de pienso), el agua y los pastos salvajes; por otro lado, se talan bosques para producir más y más cereales y maiz, se modifican genéticamente las plantas para hacerlas más productivas, se aniquilan especies que entran en conflicto con la producción ganadera  y se contamina con todo tipo de antibióticos y sustancias químicas a los animales, siempre enfermos por culpa de las condiciones de su insalubre vida.
   Si miramos al mar, los resultados no están muy alejados: la pesca por arrastre acaba con  toneladas de especies descartadas, los grandes bancos del pescado más apreciado (atún, salmón, ballenas, etc.) están prácticamente en las últimas, y el auge de las piscifactorías hermana la producción del pescado con la de la carne terrestre.
   Más allá de la crueldad en el trato con las gallinas ponedoras de huevos, los pollos cebados para consumo, las terneras y cerdos masivamente sacrificados en las cadenas industriales, hallamos estas consecuencias para el planeta directamente derivadas del consumo de carne por la humanidad: la erosión, la deforestación, la escasez de agua, la pérdida de la biodiversidad, la contaminación del aire y de las aguas, el cambio climático, la injusticia social y buena parte de las enfermedades ligadas a la obesidad, la malnutrición y las contaminaciones alimentarias.
   La postura personal de Peter Singer está clara: la mayor revolución que se puede todavía llevar a cabo en Occidente es muy sencilla, dejar de comer carne y pescado. Últimamente muestra cierta tolerancia con el consumo ocasional de productos derivados de la cría ecológica (leche y huevos, por ejemplo), y tampoco cae en el radicalismo de vigilar todo tipo de etiquetas para evitar la relación con productos de origen animal (algo que es frecuente en los seguidores del veganismo más extremo); pero la recomendación sigue siendo ésta: dejar de comer carne es la mejor forma de procurarse una vida más sana y conservar la riqueza ecológica del planeta.

Puntualidad de los filósofos V

   El profesor Kant pasaba por aquí todos los días exactamente a la misma hora. Gracias a su puntualidad regulábamos el tiempo y los relojes. Desde que Kant ha muerto, toda certeza es precaria, a cada instante todas las horas son posibles. Y más de una vez se concentran simultáneamente varias en un solo momento vertiginoso y eterno del que salimos maltrechos, con los relojes mustios, desvaídos.
Ana María Shua (2000)

viernes, 2 de diciembre de 2011

Las novelas de Jane Austen

 
Jane Austen (1775-1817) es una de las mejores novelistas del siglo XIX, por lo demás bien surtido de maestros de la novela. Sin grandes innovaciones formales, con un estilo cristalino y un manejo intuitivamente fílmico de la acción, la narrativa de Austen es hoy pasto de adaptaciones cinematográficas y un éxito de ventas internacional, con alrededor de 10.000 ejemplares vendidos cada año en el mercado español de cada uno de sus libros de bolsillo. El secreto de su éxito es la gran calidad de la escritura unida a unas tramas imperecederas, las derivadas del conflicto amoroso. No son novelas "para chicas", sino auténticos tratados de las relaciones humanas, con personajes de personalidades muy distintas y situaciones que, aun girando siempre alrededor del emparejamiento y el matrimonio, derivan hacia los conflictos éticos y la reflexión sobre el crecimiento personal y la vida honesta. Por todo ello es una autora ideal para iniciarse en la lectura de los grandes clásicos, perfecta para el nivel de 1º de Bachillerato. Cualquiera de sus seis novelas puede leerse a fin de realizar trabajos y mejorar la nota en la asignatura de Filosofía:

Publicada póstumamente en 1818, La Abadía de Northanger es la primera novela larga escrita por la autora. Como detalle extraordinario en su producción, incluye interesantes discusiones sobre el arte de la novela y una parodia de los cuentos góticos al estilo de Ann Radcliffe.


Unas veces traducida como Sensatez y sentimiento, otras como Juicio y semntimiento, pero más conocida como Sentido y sensibilidad (1811), la primera novela publicada de la autora es también la más popular y en la que se plantean las líneas constantes de su producción: la necesidad de las jóvenes de encontrar pareja en matrimonio y evitar así la penuria de una vida sin recursos. Hay que tener en cuenta que a las mujeres de esta época se les vetaba el derecho a la herencia, que recaía siempre en los hombres, lo que ocasionaba situaciones de dependencia como las que se reflejan en esta novela.

Orgullo y prejuicio (1813) es para muchos la cumbre del arte de Jane Austen, una novela perfecta, medida hasta el detalle, que se erige hoy en día como el paradigma de la novela romántica de calidad.

Mansfield Park (1814) ha sido evaluada tradicionalmente como la mejor de sus novelas, y es la más extensa. Fanny Price, el personaje principal, es el carácter más virtuoso urdido por Austen, sin los matices pícaros y atrevidos que encontramos en otras heroínas suyas. Al mismo tiempo, encarna un ideal de honestidad e integridad moral.

Emma (1815) es la novela más cómica de Jane Austen, gracias a las  situaciones que genera la joven del título, algo aburrida y muy mimada, que se entretiene urdiendo intrigas entre sus conocidos.

Persuasión (1818) es la última novela completa escrita por la autora y fue publicada póstumamente, ya que Jane Austen murió relativamente joven, a los 41 años de edad. Localizada en Bath, centro del turismo  de la época orientado a la salud, narra la melancólica situación de una joven que ha ido madurando soltera después de verse obligada a rechazar a un pretendiente sin dinero del que estaba enamorada. Como siempre en Austen, el final feliz está garantizado.

Los trabajos por escrito deben constar de una presentación de la autora (vida, obra y época), un resumen detallado por capítulos, una análisis de los personajes principales desde el punto de vista psicológico y moral, y un comentario final. Se puede acompañar con una crítica de alguna versión cinematográfica de la novela elegida, las hay de todas ellas. Todo esto en no menos de 10 folios escritos a mano y sin límite máximo.