El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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jueves, 5 de enero de 2012

Un Fragmento

   La ciudad de Abdera, a pesar de haber vivido en ella Demócrito, quien puso toda la fuerza de la ironía y de la risa en corregirla, fue la más relajada y viciosa de todas las ciudades de Tracia. Venenos, conspiraciones, asesinatos, libelos, pasquines y tumultos no dejaban vivir por el día... y menos por la noche.
  Y sucedió que, cuando peor estaban las cosas, fue representada en Abdera la Andrómeda de Eurípides, y el auditorio halló la obra deliciosa, y lo que más impresionó la imaginación de los espectadores fueron los tiernos raptos de la naturaleza que el poeta expresa en el patético discurso de Perseo: ¡Oh, Amor, príncipe de los dioses y de los hombres!... Al día siguiente todo el mundo hablaba en puro yambo y no se comentaba otra cosa más que la patética invocación de Perseo: "¡Oh, Amor, príncipe de los dioses y de los hombres!", y en todas las calles y en todas las casas de Abdera resonaba: "¡Oh, Amor, Amor!"; y en todas las bocas, como las notas propias de una dulce melodía que fluyera queriendo o sin querer: "¡Amor, Amor, príncipe de los dioses y de los hombres!", sólo se oía esto y nada más. El fuego se propagó y toda la ciudad, como el corazón de un solo hombre, se abrió al Amor.
   Ningún boticario vendió ya un solo gramo de eléboro; ningún armero se atrevió a forjar instrumentos de muerte. La Amistad y la Virtud se encontraban y se besaban por la calle, volvía la Edad de Oro a planear, benéfica, sobre Abdera. Los abderitas volvieron a tomar sus flautas de caña; las abderitas dejaron a un lado sus ropas de púrpura y se sentaron castamente en la hierba a escuchar la canción...
   Y todo esto por el solo poder, dice el Fragmento, del dios cuyo imperio se extiende del cielo a la tierra y aun a las profundidades del mar...
Laurence Sterne (1768)
Laurence Sterne (1713-1768)

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