El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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lunes, 30 de abril de 2012

Maupassant cuenta un amor de Turgueniev

Ivan Turgueniev (1818-1883)
     Estaba cazando en Rusia cuando se hospedó en un molino. Puesto que le agradaba la región decidió quedarse por allí algún tiempo. Pronto se dio cuenta de que la molinera lo observaba, y después de unos días de rústico y delicado cortejo se hicieron amantes. Era una bella muchacha rubia, aseada y fina, casada con un patán. Era de esas mujeres que comprenden intuitivamente las cosas más sutiles del sentimiento, sin haber estudiado nada.
    Nos contó sus citas en el granero de paja, sacudido con un temblor continuo a causa de la gran rueda siempre en movimiento, nos habló de sus besos en la cocina mientras ella, inclinada sobre el fuego, preparaba la cena de los hombres, y la primera mirada que le dirigía al regresar de la caza después de una jornada de batidas por el campo.
    Pero se vio obligado a pasar una semana en Moscú, así que preguntó a su amiga qué podía traerle de la ciudad. Ella no quería nada. Él le ofreció vestidos, joyas, combinaciones o uno de esos lujos de los rusos, un abrigo de piel.
     Lo rechazó todo.
    Él estaba apenado, sin saber ya qué proponerle, así que le dio a entender que le causaría una gran tristeza si seguía rehusando.
     Entonces le dijo ella:
     — Bueno, pues tráigame un jabón.
     — ¿Un jabón? ¿Qué jabón?
     — Un jabón fino, de flores, como los de las señoras de la ciudad.
     Él estaba sorprendido, y como no entendía la razón de tan extraño gusto le preguntó:
     — ¿Pero por qué quieres precisamente un jabón?
     — Es para lavarme las manos con él, para que huelan bien y usted me las bese como hace con las damas.
     Lo contaba de tal manera, este hombre tierno y bueno, que a uno le entraban ganas de llorar.

Guy de Maupassant: "Le Fantastique", Le Gaulois, 7 de octubre de 1883

Guy de Maupsssant (1850-1893)

miércoles, 25 de abril de 2012

Lo malo

   Poned a prueba la vida de los hombres y de los pueblos mejores y más fecundos, y preguntáos si un árbol que debe crecer orgulloso en las alturas podría prescindir del mal tiempo y de las tormentas; si no pueden considerarse circunstancias favorables, ciertas situaciones adversas y ciertos obstáculos de fuera, diferentes especies de odio, celos, caprichos, desconfianza, dureza, avaricia y violencia, sin las cuales apenas es posible un crecimiento grande, incluso en la virtud. El veneno por el cual perece la naturaleza más débil, es en cambio un fortalecimiento para el fuerte, y por lo mismo tampoco lo llama veneno.

Friedrich Nietzsche: El gay saber. Madrid: Narcea, 1973, pág. 137.

Caspar David Friedrich: Roble en la nieve (ca. 1827)

martes, 24 de abril de 2012

Una mujer persistente

   Temple, agotado, estaba resuelto a abandonar a su mujer; sus atroces riñas lo estaban matando; cuando regresó a casa con amarga renuencia, seguía alterado por la furia de la discusión de esa mañana; era difícil liberarse de Sarah, pero tenía que hacerlo; Temple estaba resuelto.
   Sarah se encontró con él en el sombrío sendero que conducía a su casa y se aferró silenciosamente a su brazo; sin duda se arrepentía, pero Temple no pensaba dejarse ablandar.
   No despegó los labios y trató de soltarse, pero ella se aferraba tenazmente.
   Cuando llegaron a su hogar, Temple lo encontró conmocionado; en medio de la escena fantasmagórica, alguien le informó que habían descubierto a su mujer en el estanque.
   —¡Fue un suicidio, pobrecita!
   Y su hermano le susurró:
   —Estás libre.
   Pero Temple sonrió a la rencorosa forma que estrechaba su brazo y supo que nunca se libraría de Sarah.


Marjorie Bowen (1927), en Richard Dalby (sel.): Escritoras del siglo XX. Relatos de fantasmas. Barclona: Planeta, 1988, p. 169.


Marjorie Bowen (1885-1952)

viernes, 20 de abril de 2012

En la colonia penitenciaria

  
Arthur Schopenhauer (1788-1860)
   Antes de entregarse a la filosofía, el adolescente Schopenhauer emprendió un largo viaje con sus padres por Europa, del que se conservan las notas en un diario. Al pasar por Toulon, en Francia, visita el fuerte en que penan los condenados a galeras, y nos deja el siguiente testimonio, en una anotación del 8 de abril de 1804:
  Los forzados están divididos en tres grupos, el primero está constituido por aquellos que sólo han cometido delitos leves y permanecen ahí por corto tiempo, como los desertores, soldados que han faltado contra la subordinación, etc.; llevan un solo grillete de hierro en el pie y pueden andar con libertad, es decir, dentro del arsenal, pues ningún forzado puede ir a la ciudad. El segundo grupo está integrado por criminales con delitos más graves; trabajan atados de dos en dos con pesadas cadenas. El tercer grupo, que se compone de los peores criminales, tiene los grillos herrados a los bancos de la galera, los cuales, por tanto, no pueden abandonar: éstos se ocupan en trabajos que puedan ser ejecutados estando sentados. Considero que la suerte de estos desgraciados es mucho más horrible que la pena de muerte. Las galeras, que he visto desde fuera, parecen el lugar de estancia más sucio y repugnante que pueda uno imaginarse. Son viejos barcos abandonados que ya no salen al mar. El lecho de los forzados es el banco al que están encadenados y su comida consiste en agua y pan. Lo que no logro comprender es cómo, sin una alimentación más consistente y consumidos por la pena, no sucumben antes con el duro trabajo, pues durante su esclavitud son tratados como animales de carga. Es horrible conside­rar que la vida de estos forzados a galeras carece completamente de cualquier satisfacción, con todo lo que esto significa; y que aún después de veinticinco años de sufrimiento ininterrumpido no hay todavía ninguna esperanza: ¡puede concebirse una sensación más horrible que la de uno de esos infelices mientras es herrado al banco de la oscura galera del que nada, sino la muerte, logrará separarle! El sufrimiento de muchos de ellos queda agravado todavía por la compañía inseparable del que está herrado con él en la misma cadena. Y si finalmente llega el momento que deseó cada día entre anhelantes suspiros desde hace diez o doce años y tiene término la esclavitud: ¿qué será de él? Vuelve a un mundo para el que estuvo muerto durante diez años; las perspectivas que tal vez tenía, siendo diez años más joven, han desaparecido; nadie quiere aceptar a alguien que viene de galeras: diez años de penitencia no le han lavado del crimen de aquel instante. Tiene que convertirse de nuevo en criminal y acaba en el patíbulo. Me quedé horrorizado cuando oí que hay aquí seis mil forzados a galeras.
    Parece confirmarse aquí la certeza de que la vida y el mundo consisten en un dolor inagotables; desde luego, es una de las más claras ideas del filósofo que traduce el noúmeno en Voluntad. La Voluntad nos recorre, nos traspasa, y el querer en nosotros se perpetúa sin tregua, dejando únicamente un poso de hastío cuando alguno de nuestros deseos se cumple. Sería mejor no desear nada, pero para ello habría que no haber nacido, como enseñaba su querido Calderón de la Barca. "Trabajo, tormento, pena y miseria: tal es, durante la vida entera, el lote de casi todos los hombres", afirma en Parerga y Paralipomena (1851), la colección de ensayos por la que ha pasado a la historia de la literatura alemana, donde refulgen sentencias mil veces citadas: "La vida del hombre oscila como un péndulo entre el dolor y el hastío" o "El mundo es el infierno, y los hombres se dividen en almas atormentadas y diablos atormentadores". En algún pasaje parece recordar su visión de Toulon, ya que deberíamos habituarnos, nos dice, a "considerar este mundo como un lugar de penitencia, como una colonia penitenciaria". Al doblar el siglo, un oscuro y lúcido escritor checo seguirá su consejo y describirá el horror de esa colonia.
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Referencias:
Rüdiger Safranski: Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía. Barcelona: Tusquets, 2008, pp. 72-73.
Arthur Schopenhauer: El amor, las mujeres y la muerte. Madrid; Edaf, 1970, pp. 94, 106, 96 y 98

miércoles, 18 de abril de 2012

La curación por el matrimonio

   Un príncipe alemán, por lo demás guerrero rudo, aunque varón noble, con el fin de quitarse de la cabeza el amor que sentía por una burguesa de su residencia, había emprendido un viaje a Italia; mas la primera mirada a la casa de aquella mujer al regreso despertó la fuerza de la imaginación mucho más intensamente de lo que lo hubiese hecho un trato frecuente, de suerte que el príncipe cedió sin más titubeo a la resolución, que por dicha respondió a las esperanzas. Esta enfermedad, como efecto de una imaginación productiva, es incurable, salvo por medio del matrimonio.
 
Immanuel Kant (1798): Antropología, § 33

Immanuel Kant (1724-1804)

Atrapado en una habitación

   Una persona atrapada en una confusión filosófica es como un hombre en una habitación, que desea salir, pero no sabe cómo. Lo intenta por la ventana y es demasiado alta; intenta por la chimenea y es demasiado estrecha. Pero si sólo se volviera, ¡vería que la puerta ha estado abierta todo el tiempo!
 
Ludwig Wittgenstein (ca. 1946), según Norman Malcolm (1958): “Semblanza”, en Ludwig Wittgenstein. Barcelona: Mondadori, 1990, pág. 58

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Ludwig Wittgenstein (1889-1951)

domingo, 15 de abril de 2012

El mayor tormento

   Los demonios me contaron que hay un infierno para los sentimentales y los pedantes. Ahí los abandonan en un interminable palacio, más vacío que lleno, y sin ventanas. Los condenados lo recorren como si buscaran algo y, ya se sabe, al rato empiezan a decir que el mayor tormento consiste en no participar de la visión de Dios, que el dolor moral es más vivo que el físico, etcétera. Entonces los demonios los echan al mar de fuego, de donde nadie los sacará nunca.

Adolfo Bioy Casares: La invención y la trama.Barcelona: Tusquets, 1991, p. 704

Adolfo Bioy Casares (1914-1999)


Este cuento aparece por primera vez en la antología Cuentos breves y extraodinarios (Raigal, 1955), compilada por el propio Bioy y Borges, atribuido de modo apócrifo a "El falso Swedenborg" y su obra Ensueños (1873). En 1959 reaparece con el mismo título y atribuido a su autor en Guirnalda con amores. Por fin, en El libro del Cielo y el Infierno (Sur, 1960), otra antología de Borges y Bioy, reaparece firmado por su autor pero con el título "Justo castigo".

Idealismo y matrimonio

   En el capítulo 51 de su magnum opus, Musil toma la medida al matrimonio burgués con ocasión de “la casa Fischel”. Su análisis no es sólo válido para una época y para una nación, sino que retrata al matrimonio que se somete a la trampa del idealismo.
   Leo Fischel es una especie de director del Lloyd-Bank (en realidad, “procurador con el título de director”), la expresión “una especie” es importante porque uno de los rasgos del personaje es que se ve a un paso de todo aquello que ha perseguido en la vida, como si hubiera desfallecido unos metros antes de acabar la carrera.  Por lo demás es judío, a su mujer Klementine le pareció romántico elegirlo como signo de rechazo del antisemitismo de la época, pero ese mismo antisemitismo ha marcado a su marido radicalizándolo, y por extensión a ella, pues ha tenido que sufrir el rechazo externo y la decepción interna cuando Leo no ha alcanzado las metas proyectadas. En realidad, dice Musil, no es nada extraño, ocurre igual en muchos matrimonios en los que “aparece la infelicidad en cuanto desaparece la ofuscación de la felicidad”. Un leve giro de los detalles basta para saltar a una orilla desde la otra. Por ejemplo, las patillas de Leo que anteriormente le recordaban a Klementine las de un lord, con los años se le antojan las de un agente de bolsa. El problema, ironiza Musil, es que no hay ninguna regla establecida para distinguir los rasgos de unas patillas de lord y las de un agente de bolsa. Finalmente, una radicalización de posturas engendra la radicalización opuesta, y con el tiempo la casa Fischel se ha convertido en un campo de batalla.
   Uno de los motivos para esta batalla es curiosamente que “al director Fischel le gustaba filosofar, pero no más de diez minutos al día”. De hecho ya hemos conocido a Leo en un encuentro fortuito con Ulrich en el capítulo 35, lo que ha dado ocasión a conocer la interesante teoría ulrichiana del “principio de motivo insuficiente” por el cual siempre tiende a realizarse aquello que en el fondo carece de motivo suficiente, lo que le vale a Ulrich la calificación de cínico por parte de su amigo el director, y no es extraño, si tenemos en cuenta que Leo Fischel profesa una fe ciega en el progreso. En el progreso y en el fundamento racional del ser humano. Es esta fe la que le hace fuerte y encogerse de hombros ante los reproches de su esposa. Sin embargo, Fischel va comprobando que la realidad no se comporta siempre de modo racional, lo que trae consigo “la tortura de la exasperación con que la vida castiga a los hombres de recto juicio”. El instinto de tener razón ha de enfrentarse a hechos evidentes y esos diez minutos de filosofía pueden acarrear en el terreno doméstico un cataclismo cada vez que deben tomarse decisiones, por ejemplo con respecto a los hijos. Un padre rebosante de ideas, una hija que va con su tiempo y se rodea de cristianos nacionalistas y una madre que calla. El esquema no está lejos de muchas escenas familiares en la actualidad. Desde que Leo ha dejado de parecerle atractivo, Klementine no soporta ninguna de sus convicciones, sin darse cuenta de que tampoco ella se despega del esquema impersonal heredado por el que ha sustituido su juvenil ideario. Leo es hombre responsable, diligente y claramente idealista; pero se encuentra desamparado en su propia casa. Klementine representa su papel dentro del esquema de los matrimonios burgueses encadenados a la apariencia. La filosofía no les ha servido de nada, salvo para encastillarlos en posiciones desligadas de la realidad social y familiar.

Edward Hopper: Room in New York (1932)

jueves, 5 de abril de 2012

Erizos

    Heráclito de Éfeso era llamado el Oscuro por sus contemporáneos. La dificultad de entender sus fragmentos o, más bien, sentencias de sabiduría última al modo oriental, ha despertado tanta admiración y éxtasis interpretativo como tajantes rechazos. Platón se suma a estos últimos cuando asegura que enfrentarse a un seguidor del de Éfeso implica correr paradójicos riesgos, porque “si le haces una pregunta a uno, te dispara un aforismo enigmático, como si fuera una flecha que hubiera extraído de su carcaj, y si quieres que te dé una explicación de lo que ha dicho, te alcanzará con una nueva expresión en la que habrá invertido totalmente el sentido de las palabras” (Teeteto, 180a). Desde luego, Platón no es amigo de sentencias ni de aforismos, su ridiculización de esta forma de pensamiento lo lleva a comentar con gran ingenio lingüístico que los maestros antiguos  se expresaban con “brevilocuencia lacónica” (Protágoras, 343c). En efecto, tanto los Sabios de la antigüedad como Heráclito el Enigmático, se expresan con tal laconismo, con tal brevilocuencia oracular que podrían antojársenos bien el colmo de la sabiduría bien simples propaladores de irritante ambigüedad. Los mejores estudiosos de este tipo de filosofía, como dice Guthrie, constatan que no hay dos intérpretes que estén de acuerdo. La vía heracliteana explotará en los apotegmas y máximas morales, las sentencias y aforismos contundentes al estilo de La Rochefoucauld, y también los fragmentos románticos del Athenäum: “Parecido a una pequeña obra de arte –dice Schlegel–, un fragmento debe estar completamente aislado del mundo circundante, acabado como un erizo”.
   Hay otro camino de la brevedad que aparece indicado por Aulo Gelio en el prólogo de las Noches Áticas (por desgracia o por fortuna no se conserva el comienzo, así que este prólogo es ya un fragmento), cuando observa que su obra se ha ido formando mediante la acumulación fortuita de noticias y datos que podrían servir de apoyo a sus escritos. Se trata de mezclar por el simple placer y de manera desordenada citas de las obras que va leyendo, como apoyo para la memoria. Finalmente esas anotaciones pasan al cuerpo de sus escritos, dando lugar a un género de mezcolanzas, miscelánea o como quiera llamárselo, que él colecciona bajo el nombre del lugar en que fueron redactadas. La diferencia con la obra de simple acopio de datos, lo que hoy diríamos obra de erudición, es que Aulo Gelio selecciona y orienta ese mar de noticias en compendios sencillos y honestos, es decir, pretende aportar al lector un cierto conocimiento de temas variados. 

   Este estilo de mezcolanza y ese afán didáctico encontramos igualmente en Pedro Mexía o Antonio de Torquemada; pero Michel de Montaigne lo lleva a la cumbre en sus ensayos, que a partir de entonces parecen exigir una intromisión personal del autor, por ejemplo con el uso prácticamente obligado de la primera persona. En Montaigne no hay afán erudito, sino de autoconocimiento a través del diálogo con los autores del pasado. El ensayo continúa a partir de aquí una historia propia, fecunda y especialmente rica en la lengua inglesa. Pero si añadimos la brevedad a este estilo de miscelánea y acumulación llegamos a las anotaciones de Lichtenberg, mal llamadas aforismos, ya que el aforismo casi siempre viene cargado de brevilocuencia gnómica. Además, Lichtenberg llama a sus anotaciones “borradores”. Los cuadernos son obras de experimentación, de ensayo de ideas, donde se permite redacciones de cierta extensión en ocasiones, como paso previo o tanteo de lo que más tarde se debe ofrecer resumido y liberado de lo innecesario. No introduce ningún orden, advierte, porque el orden es hijo de la reflexión, y sus cuadernos han sido escritor a vuela pluma.
  
   Aunque en ocasiones Lichtenberg anota posibles tramas fantásticas, es Nicolas Chamfort quien junto a la variada brevedad, a la modestia y el carácter personal de sus escritos añade un rasgo nuevo: la narración. Relatos pequeños hubo desde antiguo, pero normalmente con tendencia moralista; en las “bagatelas” de Chamfort, según Albert Camus, encontraríamos un “novela desorganizada”. Por tanto, si el cuentista se expresaba anteriormente con tintes morales (lo que casi siempre estropeaba su obra), ahora es el moralista quien se expresa con pulso narrativo, lo que resulta distinto y novedoso, como si fuera un fabulista sin didactismo.
  
   Un Esopo sin moralejas o amoral es precisamente Ambrose Bierce en su Fabulario Fantástico, y fantástico también amén de anecdótico parece Charles Nodier y su colección Infernaliana, mientras Turgueniev escribe al final de su vida piezas varias (sueños, minicuentos y escenas) que se compilarán en un volumen de retales. Estas  minucias ya están aliadas con el relato, pero se las llama todavía “poemas en prosa”, siguiendo la pauta del maestro Baudelaire y de Aloysius Bertrand, que iniciaron la senda continuada después por Kafka, quien vuelve a fundar definitivamente el género que hoy llamamos minicuento o microrrelato con los rasgos que accidental y explícitamente poseen sus anotaciones de cuaderno: fragmentarismo y unidad erizoidea, ambigüedad, concisión lacónica, autoexploración, tendencia a la tesis y ocasional golpe de efecto, sentido lúdico, densidad lingüística... Se trata de brevedades, es cierto, pero con la singularidad de crecer a medida que se las poda.

domingo, 1 de abril de 2012

¿Adiós a la carne?

L'adieu au steak (Adiós al filete). Canal Arte. Emisión del 26 de marzo de 2012.

   La industria alimentaria trata de persuadirnos de que el consumo de carne es bueno para la salud e imprescindible en una dieta equilibrada. ¿Cuántas veces se nos dice que "hay que comer de todo"? Culturalmente omnívoros, la costumbre se constituye en naturaleza, y hasta los alimentos con demostrada influencia perjudicial sobre la salud (como el azúcar, la bollería industrial o la carne roja) se incluyen en las pirámides nutricionales con un simple llamamiento a la prudencia y a no caer en el exceso. Pero hay alimentos que son malos en sí mismos. El consumo de carne roja, aún más si es frecuente (sería excesivo comer más de 300 gramos a la semana) tiene graves consecuencias para la salud (obesidad, hipertensión e intoxicaciones) y contribuye a acortar la esperanza de vida. La carne blanca de ave está a menudo contaminada con antibióticos y reduce la tolerancia a las bacterias. Sin embargo, sólo un 3% de la población alemana es vegetariana, y en otros países europeos la proporción es menor. La población no parece concebir una alimentación libre de carne. Un francés consume de media 70 kilos de carne al año, un alemán 60. Se asocia supersticiosamente el consumo de carne con la virilidad y la energía, se sirve en los restaurantes y carnicerías en apetitosa condiciones de presentación, conservación y salubridad. Sin embargo, el 80% de la carne se produce en condiciones lamentables. Los pollos, siempre encerrados en naves industriales sin acceso al aire libre, disponen de un espacio similar a un A4 para vivir. Se los atiborra de antibióticos en cuanto se detectan enfermedades, y se hace de manera preventiva con individuos sanos. Sólo en Alemania 15000 personas al año mueren a conscuencia de bacterias resistentes a los antibióticos. En un análisis realizado en este mismo país, el 50% de la carne de pollo estaba contaminada con tales gérmenes resistentes.
   Las empresas de cría de animales en Europa son grandes emporios en lugares más o menos apartados y clandestinos, con condiciones de seguridad similares a las cárceles y en los que se supeditan todas las decisiones a la rentabilidad y el aumento de los beneficios. Pollos hacinados, cerdos en jaulas que les impiden darse la vuelta..., los animales enfermos son descartados y se los deja agonizar en la basura.
   Por su parte, los mataderos industriales se precian de aplicar una muerte sin sufrimiento; pero nunca dejan comprobarlo, ni en foto ni mucho menos en vídeo, y cuando se ha logrado captar imágenes de esta actividad inevitable para los millones y millones de individuos criados para consumo, lo que se percibe es que muchos agonizan en las cadenas de transporte.
   Para criar a esta población ingente de alimento animal, se necesita una cantidad también ingente de cereales y agua. Son precisos 16 kilos de cereal por cada kilo de carne producida. La soja transgénica que se planta en Paraguay, abusando de pesticidas, agotando y contaminando la tierra, es por ejemplo la que sirve de pienso a la industria europea. El negocio de la carne, subvencionado por los mismos gobiernos que deben legislar sobre su regulación, es tan enorme que el exceso de producción se exporta a China (donde la carne se asocia cada vez más a la posición acomodada), cambiando los hábitos tradicionales de alimentación y haciendo brotar una epidemia de sobrepeso en un tercio de la población. También se exportan pollos a 50 céntimos a países como Ghana, donde la producción local del mismo pollo cuesta 5 euros, con lo que su industria y sus hábitos naturalmente más ecológicos se ponen en peligro.
   Alemania, con ocho millones de toneladas al año, es el principal productor de carne en Europa, y Europa es la principal productora del mundo. Europa parece decidida a alimentar con carne, con su carne, a todo el mundo.