El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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sábado, 30 de junio de 2012

El enigma de lo infinitesimal

Los has visto al anochecer, caminando por la orilla, los has visto de pie en los portales, asomados a las ventanas o a horcajadas sobre el borde lentamente movedizo de una sombra. Amantes de lo intermedio, no están ni aquí ni allí, ni adentro ni afuera. Pobres almas, las mueve el afán de experimentar lo imposible. Incluso de noche yacen en la cama con un ojo cerrado y otro abierto, esperando atrapar el último segundo de la vigilia y el primero del sueño, habitar esa tierra de nadie, ese hermoso lugar, contemplar, como sólo un dios pudiera, la luminosa conjunción de la nada y el todo.

Mark Strand: Casi invisible. Madrid: Visor, 2012, pág. 55. Trad. Julio Trujillo

Mark Strand (1934)

viernes, 29 de junio de 2012

El amor platónico

El célebre pasaje del Banquete donde Diotima, la maga de Mantinea, expone a un joven Sócrates el proceso de aprendizaje del amor a la Belleza suele conocerse como "Escalera del Amor" y justifica el tópico del amor platónico como amor espiritual sin intervención de la carne. 
El Banquete es la obra más legible de Platón, no precisa de una preparación especial, aunque admite muchos niveles de lectura. Se la sitúa antes del Fedro y contemporánea de la República, redactada en la década del 380 al 370 a C. Las circunstancias que rodean al encuentro de comensales que da lugar a la celebración son, sin embargo, anteriores, y por una vez muy precisos: enero del 416 a C. El dramaturgo Agatón ha ganado un festival de tragedias y lo celebra durante varios días, en la segunda noche se reúnen en su casa para comer, beber e improvisar loas y discursos sobre el amor una serie de personajes entre los que se encuentran el propio Agatón, Aristófanes (que relata el bellísimo mito del andrógino), un Sócrates de 53 años y ya al final, de madrugada, irrumpe Alcibíades borracho, cuando casi todos duermen, y confiesa su amor desgraciado por su maestro, en uno de los episodios que justifican por sí solos la fama de estilista de Platón.
El discurso de Sócrates llega en sexto y último lugar, y se compone de una refutación de ideas escuchadas anteriormente, la exposición del mito de Eros (según se lo escuchó a Diotima) en que lo asimila a un demon, una interpretación de éste en que lo relaciona con el amor a la sabiduría y al Bien/Belleza, y finalmente la famosa Escalera del Amor que resume el ideario con un ejemplo educativo.
Por supuesto, Diotima es un personaje inventado, y el Sócrates que habla aquí es un trasunto del propio Platón y su vibrante y enloquecedora costumbre de mezclar sucesos reales con fantásticos, ideas propias y ajenas. La teoría de Diotima es la teoría platónica, y por eso es justo considerar este pasaje como ejemplo arquetípico del "amor platónico".
El amor platónico es el amor a la filosofía. Sólo de un modo metafórico parece servir para hablar del amor humano. De hecho puede considerarse con Gregory Vlastos que nada hay más alejado de éste que esa expresión idealizada de la pasión por las conversaciones y la contemplación de las Ideas o Formas. Ahora bien, ocurre que el amor humano ha quedado retratado (y para siempre) en el fantástico mito del andrógino de Aristófanes, ahora se trata de exponer otro misterio, otra posibilidad, que por cierto posee un poder de atracción incuestionable, como si desvelara un fondo oculto en las profundidades de la naturaleza humana, una aspiración secreta. El lamento de Alcibiades representa esta confrontación entre el frío discurrir sobre las Formas y la pasión amorosa individual, y se explica en parte porque el proceso de aprendizaje a través de etapas en forma de escalera reconoce el poder de la sexualidad y el cuerpo como iniciación natural en los misterios de Eros. Enamorarse de un cuerpo, no de una persona, sino de una apariencia física: ese es el primer contacto natural con el erotismo. La promiscuidad es el segundo escalón, y no cuesta nada ver procesos personales e históricos en esta "evolución"; lo sorprendente es que el tercer peldaño conlleva la valoración de las conversaciones eruditas, el examen de las normas de conducta y el amor al conocimiento en lugar del anhelado "descubrimiento" del ser concreto que nos arrastraría al amor maduro. Es que Platón no habla de los amantes comunes, sino de los que decubren una vocación por algo que está más allá de la sensibilidad. Abandonando toda inclinación por la carne es como se accede al Océano de la Belleza, al éxtasis espiritual, última parada en el proceso sacerdotal de entrega al demon erótico. Como revela Allan Bloom, está implícita la disparidad entre una sociedad marcada por el ideal de la amistad, como es la griega, y otra cristina o judía marcada por el ideal del matrimonio. Cuando esperábamos una glorificación de la pareja, Platón nos arroja al círculo de amigos que dialoga y asciende en su propia consideración a medida que comprende el mundo que le rodea y a aquellos que han decidido hacer ese mismo camino pertrechados con un ansia y una sed equivalentes. Allá al fondo, entre árboles frutales y verduras, aguarda con su afable sonrisa Epicuro de Samos.

Referencias:
Martha C. Nussbaum: La fragilidad del bien. Madrid: Visor, 1995, pp. 229-268.
Allan Bloom: Amor y Amistad. Santiago de Chile: Andrés Bello, 1996, pp. 473-599.

domingo, 24 de junio de 2012

Platón: la Escalera del Amor

Giambattista Gigola - El Banquete de Platón (ca. 1790)
Éstas son, pues, las cosas del amor en cuyo misterio también tú, Sócrates, tal vez podrías iniciarte. Pero en los ritos finales y suprema revelación, por cuya causa existen aquéllas, si se procede correctamente, no sé si serías capaz de iniciarte. Por consiguiente, yo misma te los diré -afirmó- y no escatimaré ningún esfuerzo; intenta seguirme, si puedes. Es preciso, en efecto –dijo- que quien quiera ir por el recto camino a ese fin comience desde joven a dirigirse hacia los cuerpos bellos. Y, si su guía lo dirige rectamente,enamorarse en primer lugar de un solo cuerpo y engendrar en él bellos razonamientos;luego debe comprender que la belleza que hay en cualquier cuerpo es afín a la que hay en otro y que, si es preciso perseguir la belleza de la forma, es una gran necedad no considerar una y la misma la belleza que hay en todos los cuerpos. Una vez que haya comprendido esto, debe hacerse amante de todos los cuerpos bellos y calmar ese fuerte arrebato por uno solo, despreciándolo y considerándolo insignificante. A continuación debe considerar más valiosa la belleza de las almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso del alma, aunque tenga un escaso esplendor, séale suficiente para amarle, cuidarle, engendrar y buscar razonamientos tales que hagan mejores a los jóvenes, para que sea obligado, una vez más, a contemplar la belleza que reside en las normas de conducta y a reconocer que todo lo bello está emparentado consigo mismo, y considere de esta forma la belleza del cuerpo como algo insignificante. Después de las normas de conducta debe conducirle a las ciencias, para que vea también la belleza de éstas  y, fijando ya su mirada en esa inmensa belleza, no sea, por servil dependencia, mediocre y corto de espíritu, apegándose, como un esclavo, a la belleza de un solo ser, cual la de un muchacho, de un hombre o de una norma de conducta, sino que, vuelto hacia ese mar de lo bello y contemplándolo, engendre muchos bellos y magníficos discursos y pensamientos en ilimitado amor por la sabiduría, hasta que fortalecido entonces y crecido descubra una única ciencia cual es la ciencia de una belleza como la siguiente. Intenta ahora -dijo- prestarme la máxima atención posible. En efecto, quien hasta aquí haya sido instruido en las cosas del amor, tras haber contemplado las cosas bellas en ordenada y correcta sucesión, descubrirá de repente, llegando ya al término de su iniciación amorosa, algo maravillosamente bello por naturaleza, a saber, aquello mismo, Sócrates, por lo que precisamente se hicieron todos los esfuerzos anteriores, que, en primer lugar, existe siempre y ni nace ni perece, ni crece ni decrece; en segundo lugar, no es bello en un aspecto y feo en otro, ni unas veces bello y otras no, ni bello respecto a una cosa y feo respecto a otra, ni aquí bello y allí feo, como si fuera para unos bello y para otros feo. Ni tampoco se le aparecerá esta belleza bajo la forma de un rostro ni de unas manos ni de cualquier otra cosa de las que participa un cuerpo, ni como razonamiento, ni como una ciencia, ni como existente en otra cosa, por ejemplo, en un ser vivo, en la tierra, en el cielo o en algún otro, sino la belleza en sí, que es siempre consigo misma específicamente única, mientras que todas las otras cosas bellas participan de ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de éstas no le causa ni aumento ni disminución, ni le ocurre absolutamente nada. Por consiguiente, cuando alguien asciende a partir de las cosas de este mundo mediante el recto amor de los jóvenes y empieza a divisar aquella belleza, puede decirse que toca casi el fin. Pues ésta es justamente la manera correcta de acercarse a las cosas del amor o de ser conducido por otro: empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose de ellas como de peldaños ir ascendiendo continuamente, en base a aquella belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de éstos terminar en aquel conocimiento que es conocimiento no de otra cosa sino de aquella belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la belleza en sí.

Banquete, 209d - 211c

miércoles, 20 de junio de 2012

Semblanza de una persona a la que conozco

Su cuerpo está hecho de tal manera que hasta un mal dibujante lo dibujaría mejor a oscuras y, si estuviera en su poder modificarlo, daría menos relieve a algunas de sus partes. Con su salud, que dista mucho de ser óptima, este hombre diría que ha estado casi siempre contento; posee el don de aprovechar debidamente sus días de buena salud. Su imaginación, que es su más fiel compañera, jamás lo abandona. Él se instala detrás de la ventana, la cabeza apoyada en ambas manos, y mientras quienes pasan a su lado sólo ven un personaje cabizbajo y melancólico, él suele confesarse en silencio que, una vez más, se ha entregado a divagaciones muy placenteras. No tiene más que unos pocos amigos; a decir verdad, su corazón está siempre abierto a uno solo, presente, y a varios ausentes; su afabilidad hace que muchos lo crean amigo suyo, y lo cierto es que él los sirve también por ambición y amor al prójimo, mas no por ese impulso que lo lleva a servir a sus amigos de verdad. Ha amado tan sólo una o dos veces; la primera, con un amor no desgraciado, la segunda, con uno muy feliz; conquistó un buen corazón únicamente a fuerza de jovialidad y de ligereza, y aunque ahora suele olvidar ambas cosas, siempre venerará la jovialidad y la ligereza como los atributos espirituales que le han deparado las horas más placenteras de su vida. Y si tuviera la posibilidad de volver a elegir un alma y una vida, no sé si elegiría otras de poder recuperar una vez más las suyas. Ya en su adolescencia pensaba muy libremente sobre la religión, aunque nunca ha considerado un honor ser un librepensador, ni tampoco creer sin excepción en todo. Es capaz de rezar con fervor, y nunca ha podido leer el salmo 90 sin que lo embargara un sentimiento sublime e indescriptible. "Antes de ser engendrados los montes" etcétera, significa para él infinitamente más que "Canta, alma inmortal", etcétera. No sabe qué odia más, si a los jóvenes oficiales o a los jóvenes predicadores, con ninguno de los cuales podría vivir mucho tiempo. Su cuerpo y su indumentaria raramente han sido aptos, y sus convicciones raramente... suficientes para las reuniones sociales. Espera no pasar nunca de tres platos al mediodía y dos por la noche, con un poco de vino, ni quedarse por debajo de algunas patatas, manzanas y algo de pan y también de vino diario: en ambos casos se sentiría infeliz. Ha caído enfermo siempre que ha vivido unos días fuera de estos límites. Leer y escribir son para él ocupaciones tan necesarias como comer y beber, y espera que jamás le falten libros. En la muerte piensa a menudo y nunca con horror; le gustaría poder pensar en todo con tanta serenidad y espera que algún día su Creador le reclame dulcemente una vida de la que él no fue un propietario demasiado avaro, aunque tampoco dilapidador.

Georg Christoph Lichtenberg: Aforismos. pp. 62-63 (B 81). Trad. Juan José del Solar


martes, 19 de junio de 2012

Los borradores de Lichtenberg

Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799) puede considerarse el principal autor de apuntes filosóficos del XVIII. Su importancia no ha dejado de crecer con el tiempo, pero no tanto por sus obras de filosofía natural editadas en vida y que ya merecieron el respeto de Goethe o Kant, sino por el extraño grupo de cuadernos que dejó inéditos a su muerte, en los que anotaba todo tipo de reflexiones, notas de lectura y ocurrencias. Sudelbuch los llamaba, "libros de borradores", y la justificación de este nombre encierra toda una declaración de principios:
 Los comerciantes tienen su waste book (Sudelbuch, Klitterbuch [libro borrador, libro de asiento], creo, en alemán), en el cual van anotando día a día todo lo que venden y compran, todo entreverado y sin orden; de aquí lo pasan luego al ‘diario’, donde aparece ya en forma más sistemática, y finalmente al Leidger at double entrance [libro de contabilidad], según la usanza italiana de la teneduría de libros. En éste se llevan las cuentas de cada persona, que aparece primero como deudor y luego, enfrente, como acreedor. Esto merece ser imitado por los estudiosos. En primer lugar, un libro donde yo vaya anotando todo tal como lo veo o como me lo transmiten mis pensamientos; luego aquello podría ser transcrito a otro donde los temas están más separados y ordenados, y el leidger podría contener por último, expresadas en el debido orden, las referencias y explicaciones que de ellos se deriven. [ pp. 163-164 (E 46) ]
 Para Lichtenberg, estos borradores son fragmentos, simples apuntes; de hecho escribe en ellos sin cortapisas, no se ve obligado a condensar como cuando ha visto claro lo que trata de expresar. Son cuadernos de tanteo, de ensayo de ideas, donde se permite redactar incluso con relativa extensión, como paso previo al descubrimiento de lo que más tarde se debe ofrecer resumido y liberado de lo innecesario [ p. 170 (E 150) ]. No ha de buscarse orden en sus “libritos”, advierte, y es que “el orden es hijo de la reflexión" [ p. 177 (E 249) ],  indicando de este modo que los borradores se sitúan en un lugar más acá del ordenamiento racional (aunque sean la fuente de éste). Este lugar de la espontaneidad y el desorden es la sede de la intimidad, donde ideas y carácter no están separados o, como dice el propio Lichtenberg con ecos de Montaigne, es la historia de su espíritu y su cuerpo [ p. 231 (F 811) ]. No se le escapaba el paralelismo entre sus reflexiones en forma de borrador y el estado deforme de su cuerpo; lo que no pudo llegar a intuir es que esa obra provisional, tan admirada después por Nietzsche y Canetti, marcaría el rumbo de las brevedades filosóficas.


 Georg Christoph Lichtenberg: Aforismos. Barcelona: Edhasa, 2ª ed., 2002

domingo, 17 de junio de 2012

Alicia en el país de las maravillas

Lewis Carroll es el seudónimo de Charles Lutwidge Dodgson (1832–1898), sacerdote anglicano, lógico, matemático, fotógrafo y autor de uno de los libros más fascinantes de la historia de la literatura: Alice's Adventures in Wonderland (1865). Puede que los niños sigan leyendo esta obra como la maravillosa aventura fantástica que es; pero caben otras lecturas, a distintas edades, como muestran por ejemplo las variadas ediciones del libro (el matemático Martin Gardner es autor de una edición anotada) y de adaptaciones cinematográficas (muy reciente, la de Tim Burton). A los estudiosos de Lógica o de Filosofía del Lenguaje les fascina este libro, que al fin y al cabo es obra de un especialista en Lógica y Matemática, con ensayos que sorprendieron a la reina Victoria desagradablemente cuando tras leer Alicia pidió todo lo que había escrito el autor y le hicieron llegar sus obras especilizadas. Supongamos por tanto dos niveles de lectura: uno primero para disfrutar como siempre de las aventuras de Alicia en el ilógico mundo "de las maravillas", un segundo para aclarar los chistes, como sugiere Gardner, porque ningún chiste es divertido si no lo entendemos. Y Alicia está lleno de juegos de palabras. La aclaración que hemos de proporcionar es puramente lingüística y consiste casi siempre en desvelar el uso polisémico de las palabras o el abuso del sentido literal de éstas. Un ejemplo muy breve, al final del libro.

"Leed, pues, ese verso", concedió el Rey.
El Conejo Blanco se caló las gafas: "¿Por dónde place a Vuestra Majestad que empiece?", preguntó.
"Comenzad por el principio", indicó gravemente el Rey, " y continuad hasta llegar al fin; entonces, parad " .

Vemos aquí que una simple pregunta acerca de dónde empezar la lectura se contesta con una retórica y estúpida lección del procedimiento general de la lectura. ¿Puro sinsentido? Sí, pero también crítica al pomposo ejercicio del poder, que a menudo no sabe ofrecer más que una serie de jactanciosas tautologías.

Lectura recomendada en Primero de Bachillerato como complemento de las clases de Lógica, se ha de usar la traducción de Jaime de Ojeda, con muy buenas notas aclaratorias y con las ilustraciones de John Tenniel. El trabajo consiste en un breve resumen del argumento en el que se enmarca la transcripción y explicación de los juegos de palabras más significativos que aparecen en el texto, se puede añadir una valoración final del libro, pero el grueso del trabajo es de carácter lógico-lingüístico.

Lewis Carroll: Alicia en el país de las maravillas. Madrid: Alianza Ed., 1970

La aflicción del mercader

La aflicción de un mercader que, volviendo de las Indias a Europa con toda su fortuna en mercancías, se vio obligado a echarlo todo por la borda, durante una tempestad, y se apenó de tal suerte que en la misma noche encaneció su peluca

Immanuel Kant (1790): Crítica del Juicio, § 54, 303



En todo lo que deba excitar una risa viva y agitada tiene que haber algún absurdo (...). La risa es una emoción que nace de la súbita transformación de una ansiosa espera en nada. [ Immanuel Kant ]

jueves, 14 de junio de 2012

Paradoja nipona

 - ¿Qué significa hai?
- ¿Hai?
- Sí, hai. Quiero decir, ¿qué significa?
- Significa "sí".
- ¿"Sí"?
- Pero no "sí" como lo usáis vosotros. Quiere decir "estoy escuchando", "vamos"... "Sí". Hai es "¿qué?". Hai es "no sé". Puedes estar sólo pensando... Y a veces significa "no"; porque nadie dice "no". Sólo hai, que significa "sí".
- ¿Aunque signifique "no"?
- ¡Hai!

miércoles, 13 de junio de 2012

Kundera sobre el amor

Toda relación amorosa se basa en una serie de convenios que, sin escribirlos, los amantes establecen imprudentemente durante las primeras semanas de amor. Están todavía como en sueños, pero al mismo tiempo redactan como abogados implacables las cláusulas detalladas del contrato. ¡Oh, amantes, sed cautelosos durante esos primeros días! ¡Si le lleváis el desayuno a la cama os veréis obligados a hacerlo siempre, a menos que queráis ser acusados de desamor y traición! [ pág. 61 ].

* * *

Uno de los remedios usuales contra la propia miseria es el amor. Porque aquel que es amado de un modo absoluto no puede ser miserable. Todos sus defectos son redimidos por la mirada mágica del amor (...). Lo absoluto del amor es en realidad el deseo de una identidad absoluta [ pág. 177 ].

* * *

Lo que le interesaba a Tamina eran sus preguntas. No el contenido, sino el simple hecho de que le preguntase. ¡Dios mío, cuánto tiempo hace que nadie le pregunta nada! ¡Parece toda una eternidad! Solamente su marido le preguntaba sin cesar, porque el amor es un preguntar constante. Sí, no conozco ninguna definición mejor del amor [ pág. 233 ].

* * *

El sexo no es amor, es sólo un territorio del que el amor se apodera [ pág. 262].

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La mujer a la que Jan quiso tanto tenía razón cuando le dijo que lo que la mantenía con vida era tan solo el hilo de una tela de araña. Basta con tan poco, el leve soplo de una brisa, las cosas cambian un poquito de sitio y aquello por lo cual el hombre había estado dispuesto hasta hace un momento a dar su vida, aparece de pronto como un contrasentido sin contenido alguno [ pág. 312 ].


Milan Kundera: El libro de la risa y el olvido. Barcelona: Seix Barral, 1987.

sábado, 9 de junio de 2012

Los mejores aforismos


Lo que no quieras que te hagan a ti, no lo hagas a los demás. (Confucio)

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La vida es corta; el arte largo; la ocasión fugitiva; la experiencia falaz, y la decisión difícil. (Hipócrates)

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Nada es suficiente para el hombre para quien lo suficiente es poco. (Epicuro)

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El hombre no puede tener todo lo que desea; pero sí puede no desear lo que no tiene. (Séneca)

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La necesidad nos ahorra el problema de escoger. (Vauvenargues)

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Un hombre debería tragarse un sapo cada mañana para tener la certeza de que el día no le deparará nada más repugnante. (Chamfort)

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Si existe un hombre atormentado por la infausta ambición de poner todo un libro en una página, toda una página en una frase, y esta frase en una palabra, ése soy yo. (Joubert)

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El patriotismo es el ultimo refugio de los sinvergüenzas. (Samuel Johnson)

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Mientras el corazón conserve el deseo, la mente conservará la ilusión. (F. R. de Chateaubriand)

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Es imposible llevar la antorcha de la verdad a través de una multitud sin chamuscar la barba de alguien. (Lichtenberg)

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La esperanza es confundir el deseo de algo con su probabilidad. (Arthur Schopenhauer)

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Amarse a uno mismo es el comienzo de un idilio que dura toda la vida. (Oscar Wilde)

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Diviértete, ya que no puedes cambiar nada de ninguna manera. (Jenny Holzer)


James Geary: El mundo en una frase. Una breve historia del aforismo. Barcelona: Ceac, 2007.

viernes, 8 de junio de 2012

Canetti: Apuntes 1973-1984

Y si no hicieras nada más que escribir tu vida, toda tu vida, al menos la habrías creado.

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Musil aún estará ahí, cuando se bostece sobre Thomas Mann.

* * *

No puedes estar con los hombres. No puedes estar sin los hombres. ¿Cómo has de estar?

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Dos clases de hombres: los reacios a la confesión y los confesantes apasionados.

* * *

Uno podría pasarse toda la vida reflexionando sobre sí mismo, y no darse cuenta de que no lo merece.

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No me gusta nada Borges. No choca con piedra. La reblandece.

* * *

Soy incapaz de resolver, debo unificar. No sé siquiera resolver palabras, aún menos una vida.


Elias Canetti: Apuntes 1973-1984. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2000.


jueves, 7 de junio de 2012

El mundo de la vida

   En 1963 publica Hans Blumenberg el texto “Mundo de la vida y tecnificación bajo los aspectos de la fenomenología”. En él caracteriza como principal hallazgo de la fenomenología husserliana la idea de intencionalidad. La descripción que ofrece Blumenberg es modélica: el carácter intencional de la conciencia implica “el hecho de que nuestra conciencia sólo consiste en que algo se le haya dado, eso es lo que hace que ella sea, justamente, consciente de algo”. La conciencia no es que “tenga” objetos, sino que “tiende a” ellos, y esta intención pretende por su propia naturaleza llegar a ser plena. El problema es que en la vida cotidiana se interrumpe continuamente esa pretensión de alcanzar plenamente sus objetos, de modo que hemos de contentarnos “con fragmentos de intuición, con indicar y nombrar, con la fórmula y el signo”; pero en todo caso los fines, la intención última de la conciencia, ya están planteados, y con ellos el horizonte de una historia y de un mundo para la realización de sus prestaciones. Esta referencia de la intencionalidad al polo inagotable del objeto implicará que el trabajo de la fenomenología esté ligado a una constante advertencia sobre la infinitud de su tarea. Ahora bien, como no se le escapa a Blumenberg, “el páthos de la idea de infinidad encubre una contradicción: la exigencia de una evidencia absoluta y de una fundamentación y un análisis radical de la génesis de sentido se autodescalifica”. De hecho, la inconsecuencia es constante en la obra de Husserl, ya que un trabajo infinitamente postergado, y sin embargo radicalmente fundado, resulta a la postre contradictorio.
   Blumenberg se interesa por el “mundo de la vida” entendido como mundo de la cotidianidad, familiar y concreto. Se trata en este caso del mundo sobreentendido, el de la rutina, el de la existencia concreta. Es propio de este Lebenswelt, dice Blumenberg, una clara inconsciencia de sí, pues quien habita en este mundo de la vida no se pregunta por el mundo de la vida, de hecho es un lugar de refugio, para el que no existe la pregunta por el sentido. De esta manera, Blumenberg matiza el carácter de la conciencia intencional e indica el marco de una fenomenología no idealista, pues deja de perseguir la revelación  absoluta y se gira hacia el entorno cotidiano del medio-saber y la extrañeza.

Hans Blumenberg

martes, 5 de junio de 2012

Epitafios de Imanuel Ehrenhardt y William Jones



IMANUEL EHRENHARDT

Comencé con las lecciones de Sir William Hamilton.
Pasé luego a estudiar a Dugald Stewart;
y, después, a John Locke sobre el Entendimiento,
y luego a Descartes, Fichte y Schelling,
Kant y Schopenhauer...
Los libros me los prestaba el viejo Juez Somers.
Los leí todos con exaltada atencíón,
en la esperanza de que me estuviera reservado a mí
el agarrar del rabo al último secreto
y sacarlo de su agujero.
Mi alma se elevó a diez mil kilómetros,
pero sólo conseguí ver la luna un poco más grande.
Luego volví a caer, ¡y qué contento me sentí con la tierra!
Fue gracias al alma de William Jones,
que me mostró una carta de John Muir*.


* * *

WILLIAM JONES

De vez en cuando, una extraña hierba desconocida para mí
que me exigía buscarle un nombre en mis libros;
de vez en cuando, una carta de Yeomans.
En las conchas de mejillones recogidas en la orilla,
a veces una perla brillante como la ruda en la pradera;
y luego una carta de Tyndall, desde Inglaterra,
con el matasellos de recibida en Spoon River.
Yo, amante de la naturaleza y amado por mi amor a ella,
sostenía tales conversaciones a distancia con los grandes
que la conocían mejor que yo.
Pero no es que nosotros seamos más pequeños o más grandes,
al hacerla a ella lo más grande, nos premia
con placeres más intensos.


Edgar Lee Masters: Antología de Spoon River (edición de Jesús López Pacheco). Madrid: Cátedra, 1993, págs. 290 y 293.

Edgar Lee Masters (1869-1950)

[* John Muir: naturalista estadounidense al que se debe la política conservacionista que ha dado lugar a los parques nacionales]

sábado, 2 de junio de 2012

Paseos (filosóficos) por la ciudad


Rousseau herborisant
   Antes del siglo XIX, los paseos filosóficos se encaminaron al campo, especialmente en el XVIII la naturaleza aparecía como un lugar de ensueño: el vestido de la Tierra despierta la meditación del filósofo (Rousseau) que a través de ella se interna en su propio interior y ajusta su pasado. Esta tradición no se rompe ni en el XIX (Thoreau, Hebbel) ni en el XX (Heidegger, Sebald); pero al pasar de las ensoñaciones del paseante solitario a las extrañezas del romántico nos vemos ante un cambio de escenario, abandonamos el campo y entramos en la ciudad.
E.T.A. Hoffmann
   E.T.A. Hoffmann escribe un cuento en 1822, el mismo año de su muerte, que bien puede servir de gozne: “La ventana esquinera de mi primo”, donde se recoge, apenas sin argumento, todo un “arte de ver” desde la habitación de un edificio que da a una feria y un teatro en Berlín. El arte de ver no es ya la pura contemplación de un paisaje, pues en la ciudad abundan los seres humanos, y el consuelo del voyeur es aquí fantasear sobre las vidas que transcurren al pie de su ventana. La masa humana es metáfora para Hoffmann de la vida siempre cambiante en la que “la variedad nunca es demasiado variada”. Protegido por la ventana y la altura, el narrador se muestra (aun estando enfermo de muerte) vivificado por el espectáculo. En esta misma estela, y de modo semiautobiogáfico, el gran paseante que fue Charles Dickens, capaz de recorrer decenas de kilómetros por su querido Londres, inicia la novela Almacén de antigüedades (1840-41) justificando los paseos urbanos con el objetivo de estudiar el tipo y el carácter de los transeúntes, algo que ya había puesto en práctica en sus inicios literarios, con los “esbozos” de Boz; y otro cuentista fantástico, Edgar Allan Poe, sitúa uno de sus más extraños cuentos en las calles de Londres, “El hombre de la multitud” (1840), en el que hallamos un narrador que ha superado una enfermedad y se encuentra en el estado anímico más opuesto al ennui: “El solo hecho de respirar era un goce”, afirma al inicio. La percepción de la masa por la avenida se integra en ese fervor por la vida renovada hasta que repara en un anciano singular que despierta su interés por la decrepitud de su semblante y su aspecto demoníaco. Lo sigue por las calles y se da cuenta de que ese hombre nunca abandona las zonas concurridas, calles comerciales o salidas del teatro, sin ningún objetivo especial más que verse rodeado por la masa, incapaz de estar solo: es el hombre de la multitud. Habrá que entender con esta expresión una simbólica patología, un nuevo demonio asociado a la vida en las ciudades.

Walter Benjamin
    Desde una perspectiva sociológica, Georg Simmel enlaza con el demonismo de Poe y reflexiona sobre “las grandes urbes y la vida del espíritu” en 1903, destacando la diferencia observable entre la estabilidad inconsciente de las impresiones en el campo, capaces por ello de despertar la sentimentalidad, frente a la multitud de impresiones urbanas que condicionan la vida anímica del sujeto y lo fuerzan a activar el entendimiento. Esta tendencia al entendimiento y al cálculo se concreta en la obsesión por la medida temporal y la actividad económica, lo que acaba enajenando al urbanita y despierta el rechazo de los grandes individualistas, pensemos en Nietzsche, en cuanto las grandes ciudades nos alejarían de las fuentes de la vida.
   Pero ya apuntábamos otra posibilidad para los paseos por la ciudad, la que sigue de cerca el desarrollo de las grandes urbes, el Londres que pasa de las luces de cera a las farolas de gas y a la luz eléctrica, o el París de los bulevares y grandes avenidas diseñadas por Haussmann. Aquí la referencia debe ser uno de los principales ensayos estéticos del XIX, “El pintor de la vida moderna” (1863), de Charles Baudelaire, que apoyado en las acuarelas de Constantin Guys y sus retratos de las costumbres urbanas, sirve como principal manifiesto de la modernidad estética. El pintor de la vida moderna es un flâneur, un paseante que está siempre en su casa cuando se halla fuera de ella, un yo que no se sacia de no-yo.  El giro es destacado por Baudelaire precisamente en relación con el siglo XVIII: lo bello ahora no se relaciona con la naturaleza y lo natural, sino con la ciudad y lo artificial. Esta belleza moderna es siempre de lo fugitivo y cambiante, aunque aspire a la eternidad, es fugitiva como los paisajes que transcurren al pasear por las calles y avenidas de la ciudad.
    En esta misma línea, Walter Benjamin se inspirará en Baudelaire para señalar
Baudelaire, por Nadar
algunos temas asociados a la nueva estética: la bohemia, los periódicos y folletines en los kioskos, la literatura de tipos, los paseantes, los pasajes urbanos con sus múltiples comercios, la masa, la velocidad, las mezclas y el fragmentarismo que explotará en su obra inacabada sobre el París de los pasajes. Aquí aparece un ensayismo de la ciudad no incompatible con la cultura, como si vida y cultura no pudieran ya considerarse por separado. Desde que observamos la ciudad con ojos filosóficos, los temas dignos de reflexión se amplían y se tornan más concretos. Nos dirigimos a las supercherías y el coleccionismo, a los adornos y la iluminación, a los trajes y la vida en los arrabales, las fotografías y los dibujos, los grabados y la venta ambulante. La perspectiva de Walter Benjamin es diferente a la de Simmel, porque admite la mirada no-económica y curiosa del flâneur, el paseante desocupado que, como el propio Benjamin, Franz Hessel o el cineasta Walther Ruttman, recorre una ciudad, en concreto Berlín, con actitud meditabunda y reflexiva, porque ha nacido allí, y por tanto mezcla sus recuerdos con el relato de la ciudad. El flâneur se vuelve filósofo, errabundo y soñador. Por eso lanza Benjamin un guiño a Rousseau aludiendo a los Paseos por Berlín de Hessel y dice que la ciudad ejerce “como recurso mnemotécnico del paseante solitario”. Ahora la urbe se abre como un paisaje, se solicita el amor a ella como antes se ha practicado el amor al campo. Surgen desde una nueva perspectiva los letreros luminosos, los enrejados, los kioskos, los buzones y los bronces, las terrazas y los cines… Nada escapa a la mirada del paseante, del sospechoso, del voyeur. Otros podrán estudiar, pero el paseante quiere aprender, no sólo multiplicar las impresiones, sino encontrar en ellas el suelo de la experiencia que les da el aura de lo
permanente… Lo bueno es que estos paseos filosóficos están al alcance de todos nosotros.


Fotograma de Berlín, Sinfonía de una ciudad (Walter Ruttman, 1927)

viernes, 1 de junio de 2012

El inquietante Robert Aickman (2)

     Si una impresión se repite al leer los cuentos de Aickman es que no hay futuro para el humano deseo de amar y ser amado. La muchacha que, en "Hand in Glove" (1979), se decide a romper con su novio termina encontrándolo en forma de pesadilla ligado a un paraje maldito y fantasmal, con una iglesia que alberga algo innombrable, un funeral y una guardiana de objetos perdidos que actúan como imanes que obligan a volver a sus dueñas para someterse a la única manera de arreglar un corazón destrozado: amar / ser amado; pero, si no, matar / ser matado.
   En uno de sus primeros relatos, “Ringing the Changes” (1955), un matrimonio con edades muy dispares, ella muy joven, él ya mayor, elige para su luna de miel un pueblo casi perdido en la costa. Desde que llegan están escuchando el tañido de las campanas, ensordecedor y opresivo. En el hotel están prácticamente solos. Salen en busca del mar y no lo encuentran, sólo perciben un olor nauseabundo. Regresan al hotel. Un inquilino, el comandante Shotcroft, advierte al marido de que el repicar de las campanas tiene como objetivo despabilar a los muertos, así que les aconseja marcharse. La joven esposa no parece molesta por el ruido, no quiere irse. Después de la cena suben a su habitación y empieza el alboroto, la gente grita que los muertos han despertado y una masa entra en el hotel bailando, destrozándolo todo a su paso. Suben hasta la habitación del matrimonio y el marido no puede impedir que se lleven a su esposa; más tarde la encuentra en los bajos del hotel, con el camisón desgarrado. Shotcroft le reprocha no haber sido más enérgico. A la mañana siguiente se marchan, completamente destruidos.
     El más famoso de sus cuentos es "The Swords" (1969). Un joven viajante de comercio asediado por el despertar del deseo recala en un pueblo en el que descubre una feria descabalada, y en ella un siniestro espectáculo: una atractiva joven se somete a una más que simbólica ceremonia por parte del público masculino: le clavan espadas en el cuerpo y luego se despiden con un beso. Nuestro adolescente huye; pero ya va marcado por la escena. Al día siguiente encuentra a la chica con su protector, y se le ofrece la posibilidad de un espectáculo privado. Será su iniciación sexual, tan terrible como pueda uno imaginarse. 

"La mano en el guante", en Edward L. Ferman y Anne Jordan (eds.): Horror 5. Barcelona: Martínez Roca, 1989, 254-277.
"Campanas y metamorfosis", en José A. Llorens (ed.): Narraciones terroríficas. Antología de cuentos de misterio. Séptima selección. Barcelona: Acervo, 1966, pp. 145-180.
 "Las espadas", en Hartwell, David G. (ed.): El Gran Libro del Terror. Barcelona: Martínez Roca, 1989, pp. 154-172