El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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jueves, 10 de noviembre de 2016

Platón y el Mito del carro alado

  

    Algunas de las más bellas páginas de la Historia de la Filosofía se las debemos al divino Platón. De hecho, podemos considerarlo el filósofo con un estilo más imperecedero. Tal vez sea por su inclinación primera al teatro, o por haber filosofado en un tiempo de libertad, cuando los géneros y los estilos aún estaban en formación. No obstante, ese virtuosismo literario, que alcanza la cima en sus mitos, tiene hoy una contrapartida frecuente: las falsas representaciones y la vulgarización.
   Cuando se buscan interpretaciones simbólicas del mito del carro (o yunta, o tronco) alado, y su estructura tripartita que conforma el alma humana, no es raro encontrar metáforas supuestamente pedagógicas que nos hablan de un auriga o conductor (para representar el alma inteligible), de un caballo blanco y bueno (alma irascible) y otro negro y rebelde (alma concupiscible). En algunos lugares (especialmente, páginas de internet y libros de texto) incluso se les otorga un lugar concreto en el carro: el caballo negro a la izquierda, el otro a la derecha, o al revés, lo cual roza el esperpento, pues por mucho que se lea el famoso mito del Fedro, no se hallará referencia alguna ni al color ni a la situación de los caballos. No se debe concluir por tanto ningún tipo de racismo ni mucho menos una anacrónica ideología política en el mito. De hecho, dice Platón literalmente que uno de los caballos es "bueno y hermoso" y el otro todo lo contrario. Cuando explica algo más, relaciona la fuerza próxima a lo divino con la cercanía a la bondad, la sabiduría y la belleza, y lo que se aleja de ella con todo lo contrario; pero nada de colores ni situaciones. Por otro lado, si el caballo rebelde está "entreverado de maldad" (como el hermoso lo estará de bondad), no está condenado a ella, pues en caso contrario el sentido del mito tendería al determinismo, y no al camino de perfección que con toda claridad trata de defender Platón a través de su complejo sistema de reencarnaciones y paideia.
   Los ciclos de diez mil años para las reencarnaciones masivas, los mil años que debe esperar cada alma después y antes de cada reencarnación, las tres reencarnaciones sucesivas en filósofos antes de la liberación del ciclo por otros siete mil... Todo eso, aun siendo curioso, es pura anécdota al lado de la tendencia principal del mito, que es una vez más de orden moral.
   Es sabido que Sócrates defendió la relación entre sabiduría y bondad, por lo que la virtud dependería de la sabiduría práctica (y por ello lo consideramos el primer gran teórico de la ética). Al mismo tiempo, solemos repetir el correctivo aristotélico (Ética a Nicómaco, VII) en cuanto crítica definitiva al intelectualismo moral ("intelectualismo eudemonista" lo llama Windelband), asumiendo que la sabiduría no incita por sí sola a la virtud si no se ve acompañada de hábitos prácticos y en suma de una buena y formada voluntad. Pues bien, ¿qué otra cosa defiende Platón con la estructura tripartita de virtudes (prudencia, fuerza, moderación) ligadas al alma humana? El intelectualismo moral en cuanto identificación de conocimiento racional y bondad moral es dudoso que fuera abrazado por Sócrates; pero desde luego ni se aproxima a la teoría ética de Platón, plenamente consciente ya, como lo será Aristóteles, de que el saber racional sin el concurso de los nobles apetitos (por definición no-racionales, es decir, irracionales) no puede ser en exclusiva el fundamento de ética alguna. Por último, la idea de justicia platónica, que comparece también en el mito como armonía del alma, tiene una doble cara, individual y social, y conecta, como es sabido, Ética y Política.
   Curiosamente, el famoso mito del Fedro, que articula una vez más los dos mundos supuestamente antagónicos, nos enseña, en contra del tópico, y en conexión con las páginas correlativas del Banquete, que la sensibilidad es el primer peldaño para el bien y la belleza, aunque para Platón este peldaño no sea el único ni el principal.