El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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martes, 18 de octubre de 2016

Protágoras

   Prácticamente contemporáneos son tres filósofos de la Grecia clásica muy desigualmente conocidos y considerados hoy en día: Demócrito, del que apenas se conservan noticias y fragmentos de una obra colosal, Protágoras, el mayor en edad, considerado el primero de los llamados sofistas y, cómo no,  Sócrates. La lista de obras de Demócrito el atomista es impresionante, pero se han perdido. Se lo tiene por un gran enciclopedista, temido (y silenciado) por Platón y aunque incluido en el grupo de los presocráticos, nació sólo un año antes que Sócrates (según Diógenes Laercio), falleciendo bastante después de él y pasados los cien años. Por su parte, de Protágoras se dice que fue alumno de Demócrito. Sea o no cierta la anécdota de su mutuo conocimiento, merece conocerse tal y como la recoge Aulo Gelio en sus Noches Áticas:
  Se pregunta cuál fue el motivo de que Protágoras se dedicara a la filosofía y cuáles fueron sus primeros pasos. (...)
  Él transportaba desde el campo vecino hasta la ciudad de Abdera, de la que era originario, muchos troncos de leña atados con una cuerda pequeña. Entonces Demócrito, paisano suyo, un hombre venerable a los ojos de todo el mundo por sus virtudes y su filosofía, encontrándose casualmente con él al salir de la ciudad, vio que caminaba fácilmente con aquella carga tan pesada y de difícil transporte; se le acerca, observa con atención el ensamblaje y la colocación de los troncos hecha con gran maña y pericia y le pide que descanse un rato.
  Cuando Protágoras hizo lo que se le había pedido y Demócrito se percató de que aquel montón de troncos, casi un cilindro, atado con una cuerda pequeña, estaba equilibrado por una proporción casi geométrica, le preguntó quién había dispuesto los troncos de aquel modo. Como Protágoras le contestase que había sido él, deseó ardientemente que lo desatara y los volviera a poner de nuevo del mismo modo.
  Sin embargo, después de desatarlos y colocarlos de modo semejante, Demócrito, admirado de la maña y el ingenio de un hombre sin instrucción, le dijo: "Querido muchacho, puesto que tienes un talento natural para hacer las cosas bien, hay cosas mejores y más importantes que puedes hacer conmigo". Y al punto se lo llevó, lo mantuvo a su lado, le pagó un salario, le enseñó filosofía e hizo que fuera lo que después llegó a ser.
Aulo Gelio, Noches Áticas, V, 3.

Salvator Rosa: Demócrito y Protágoras (1663/4)

   Aulo Gelio abunda en la idea de un Protágoras poco de fiar y hábil en los litigios. En efecto, también lo hace Diógenes Laercio, al afirmar que "engendró la raza de los disputadores erísticos"; aunque al mismo tiempo lo reconoce como "el primero que suscitó el modo de dialogar que llamamos socrático" (Diógenes Laercio, IX, 52 y 53). No sería difícil imaginarse a los dos, Sócrates y Protágoras, discutiendo y contrastando argumentos por las plazas de Atenas, y si hace falta un apoyo para la imaginación, podemos recurrir al diálogo platónico a él dedicado, que ofrece una imagen amable del venerable sofista. Por otro lado, sabemos que Protágoras hubo de abandonar Atenas y marchar al destierro por el inicio de su escrito Acerca de los dioses (requisado y quemado en el ágora), donde planteaba desde el inicio que de ellos nada podemos saber, por la oscuridad del tema y porque la vida humana es demasiado corta..., sincera manifestación de agnosticismo que por entonces no se distinguía del simple ateísmo. El propio Sócrates vivirá una situación muy parecida, cuando lo acusaron de ateísmo dada su obediencia al demonio de la filosofía, si bien solventará la encrucijada de un modo antitético, ganándose el eterno respeto de la humanidad, mientras que su colega, tan próximo a él como nos podamos imaginar, ha quedado reducido al tópico de embaucador que enseña a volver fuerte el argumento debil y a debilitar al fuerte, sin darnos cuenta de que en tal estrategia puede reconocerse también un inicio de ironía (incluso socrática) y de análisis de la argumentación más acá de implicaciones éticas. Por otra parte, sabemos que, en el terreno político, Protágoras no defendía el engaño sino la persuasión que conduce a la felicidad ciudadana, pues estar convencido de que las leyes que nos rigen y asumimos son las mejores posibles es siempre deseable para cualquiera.
   Volviendo al campo de la argumentación, se cuenta que una vez fue vencido. Lo relata también Aulo Gelio (V, 10), al cual remitimos. Es la famosa anécdota en que Protágoras lleva a juicio a su alumno Evatlo con el que habría acordado que le pagaría sus clases de derecho cuando ganase algún juicio, pero que no ejercía y por tanto no le abonaba la deuda. La paradoja planteada en el pleito del maestro al alumno, dado que los dos se pertrechan con buenos argumentos para su causa, dejó perplejos a los jueces, que postergaron la sentencia sine die. Quién sabe si el propio Protágoras no propició la situación para demostrar, en su línea, que para todo hay al menos dos puntos de vista, y que para cada problema se puede (y se deben) sopesar los argumentos opuestos.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El cine francés y la filosofía


   La reciente película de Mia Hansen-Love, "El porvenir" (L'Avenir, 2016) destaca aún más la buena relación del cine francés con la filosofía, la Philo, como la llaman popular y amablemente. Es una relación respetuosa y en absoluto complaciente, hasta el punto que cuando decimos de una película que es "muy francesa" nos podemos referir a esa libertad para expresar las propias opiniones, ese gusto por el diálogo y las sobremesas, la conversación con amigos y la originalidad personal, ya que en el carácter francés parecen establecidos como dignos valores el auto-estudio à la Montaigne, la reflexión metódica cartesiana y el amor propio rousseauniano.
   Por otra parte, en ninguna otra filmografía del mundo (siendo la española el polo opuesto) encuentran los filósofos, pensadores, o simples profesores, más espacio, mayor presencia. ¿En qué película encontraríamos a un tipo divagando interminablemente acerca de Pascal mientras una guapa mujer desnuda le escucha desde la cama? Pues en una de Eric Rohmer, el mismo director que en uno de sus Cuentos de las Cuatro Estaciones otorga el papel principal a una joven profesora de instituto que nos explica los "juicios sintéticos a priori" en mitad de una cena. Tal vez sea Rohmer ese tipo de director al que apuntan las flechas del arquetipo francés en el cine. 



   También François Truffaut, que ha tenido la osadía de filmar la memoria de Jean Itard sobre el pequeño salvaje de l'Aveyron (L'enfant sauvage, 1970), o de llevar al cine uno de los relatos más filosóficos de Henry James ("El altar de los muertos") en "La habitación verde" (1978), parece dejarse llevar por este río de cine naturalmente escorado a la reflexión y el pensamiento, algo incomprensible para su vecino hispánico (con algunas excepciones, es verdad).



   Hay bastantes directores franceses representantes del cine de autor que o bien dan voz a la filosofía o se embarcan en películas filosóficas: Jean-Luc Godard en "Alphaville" (1965) o Robert Bresson en "Au Hasard Balthazar" (1966) nos dan ejemplos de cine filosófico; el canadiense Denys Arcand en prácticamente toda su filmografía da la palabra a los intelectuales; en el documental "Ce n'est qu'un debut", de Jean-Pierre Pozzi y Pierre Barougier (2010) se defiende llevar la filosofía a los primeros cursos de la enseñanza, hasta Infantil, y en una reciente de Lucas Delvaux (Pas son genre, 2014) nos encontraremos a un profe de filosofía esforzándose por mantener la relación con una chica peluquera (por cierto, una respetuosa tragicomedia, muy digna). 


   Pues bien, en este contexto de mutua comprensión y estímulo entre Cine y Filosofía, el film de Mia Hansen-Love retrata a una mujer de una pieza, profesora de instituto, rondando los sesenta, encarnada a la perfección por Isabelle Huppert, que ve cómo todos los apoyos y también todos los deberes que rodean su vida comienzan a caer cuando su marido la deja, su madre da muestras de perder definitivamente la cabeza, los hijos empiezan a llevar su vida fuera de la casa familiar, la editorial para la que trabaja prescinde de sus colaboraciones... Y ella, sin embargo, se va adaptando, viendo la otra cara de la situación, la libertad que de pronto empieza a disfrutar. No hay vida infeliz para quien ama los buenos libros, vive en una bonita ciudad, mantiene unas buenas relaciones con algunas personas escogidas y sobre todo reconoce que tal vez lo mejor de la vida son las ilusiones, como nos advierte la profesora con una estupenda cita de La Nueva Eloísa, y es que mientras se tienen ilusiones se está a la espera, expectante y a salvo de la decepción.