El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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lunes, 30 de septiembre de 2013

La paradoja de Zenón

 

   La famosa paradoja de Zenón de Elea (ca. 490-430 a. C.) sobre la carrera entre Aquiles y la tortuga es  todo un clásico dentro de la problemática filosófico-matemática del infinito. Fue enunciada con la intención de demostrar que la información que recibimos por los sentidos es errónea, ya que si bien creemos que el movimiento es real porque lo vemos, un análisis racional demostraría, mediante reducción al absurdo, que no lo es.
   Sean de hecho dos corredores en una pista: Aquiles y una tortuga. Aquiles, el héroe griego, deja una ligera ventaja a la tortuga, y ambos salen hacia la meta al mismo tiempo. Pues bien, nunca alcanzará Aquiles a la tortuga, afirma Zenón, pues aunque vaya acercándose cada vez más a ella, la tortuga nunca deja por su parte de avanzar, y aunque a un paso más lento, siempre mantendrá una cierta distancia con respecto al heroico corredor. Para alcanzarla, Aquiles tendría que llegar antes a un punto intermedio entre él y la tortuga, y antes aún a uno intermedio entre ese punto y el que ocupa, en fin, la sucesión de puntos es infinita, y Aquiles se pierde recorriendo una infinitud de puntos que no le llevan a ningún sitio. Esta paradoja incluye otra conocida como “del estadio”, según la cual no se puede recorrer ningún tramo del estadio, ni el estadio completo, porque para llegar a cualquier sitio partiendo de otro hay que recorrer previamente una infinitud de lugares intermedios. O la paradoja, también de Zenón, de la flecha, que nunca llegará a su objetivo en la diana por el mismo motivo: la imposibilidad lógica de recorrer todos los infinitos puntos intermedios entre el punto de salida y la diana en un tiempo finito.

   Augusto Monterroso en su cuento “Aquiles y la Tortuga” ha dado una graciosa versión de la paradoja:
Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta. En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones. En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.
   Ya más en serio, tenemos aquí implícito el problema de los números irracionales, descubiertos por la escuela de pensadores conocida como “Pitágoras” (a Pitágoras de Samos, que vivió realmente en el siglo VI a. C., se le atribuyen en realidad descubrimientos de todos los “pitagóricos” posteriores), cuando tuvieron que representar la hipotenusa de un triángulo rectángulo con dos catetos que medían 1, ya que la raíz cuadrada de 2 da lugar a un número de infinitos decimales. En el caso de la paradoja de Aquiles y la tortuga, el problema obliga a establecer una relación entre Espacio (E) y Tiempo (T), así como la posibilidad de  determinar sus medidas con números, donde caben dos posibilidades: a) si se postula que ambos, T y E, son infinitamente divisibles, Zenón parece que tendría razón al suponer que nos perdemos en un continuo sin salida. b) si se acepta que el T disponible es finito (compuesto de momentos finitos) sería imposible recorrer puntos infinitos en el espacio, porque "no nos daría tiempo", y de nuevo gana Zenón.
   Bertrand Russell se enfrenta al problema con las armas de la matemática contemporánea, recoge la aporía y admite el mismo carácter matemático para E y T, defendiendo que el de Elea no lleva razón precisamente porque E y T son infinitos. La explicación ha de remitirse a la matemática y al mismo tiempo al sentido común, pues un número infinito de instantes no supone en la práctica un tiempo infinitamente dilatado y, como sabemos por experiencia, en un tiempo infinitamente divisible se recorren espacios infinitamente divisibles. Reconoce Russell una dificultad, la del infinito, que impide distinguir tamaños entre colecciones infinitas. La unión de los números pares (infinitos) con la de los impares (infinitos) no es mayor que cada colección de ellos por separado. Se trata de una “rareza” (elude Russell llamarla “paradoja”) que arrastra el concepto de infinito, pues en teoría obliga a aceptar que hay un todo con partes que a su vez poseen el mismo número de  componentes que el todo del que forman parte. Para ilustrarla, relata la Paradoja de Tristram Shandy, que ya conocemos.
   En el caso de la paradoja de Aquiles y la tortuga advirtamos simplemente que si se representan las colecciones infinitas de puntos en el espacio como líneas, tan infinita (en cuanto a sus componentes) es la que va de Aquiles a la Tortuga como la que lo liga imaginariamente al sol. Ahora bien, Aquiles recorrerá antes la primera que la segunda, lo que no impide que en ambos casos haya recorrido un número infinito de puntos que corresponden a segmentos expresables con un número finito que indica su largo en forma de número, y éste sí es mayor o menor. Zenón postula que una totalidad concreta compuesta de un número infinito de partes ha de ser infinita; pero lo cierto es que esas totalidades se expresan en un número que hace referencia a su vez a una medida. La fuente de la confusión viene del intento imaginario por “recorrer” uno a uno los momentos o los puntos de totalidades que no pueden de hecho reducirse a una sucesión concreta de números, si bien se podría suponer y expresar con el número Aleph, el cual indica la  cardinalidad del conjunto de números enteros, y no puede modificarse, no crece ni disminuye al sumarle otros números ni al multiplicarlo por otros números; sin embargo, el matemático Cantor supuso y probó que hay números mayores que Aleph, los llamó transfinitos. He aquí de nuevo el supuesto de los grados de magnitud para campos infinitos. Así se explicaría matemáticamente, y en gran parte se “desencanta”, el mito.


martes, 17 de septiembre de 2013

Qué es la filosofía

La filosofía, según entenderé la palabra, es algo intermedio entre la teología y la ciencia. Como la teología, consiste en especulaciones sobre temas de los cuales, hasta aquí, ha sido inalcanzable un conocimiento definido; pero como la ciencia, apela a la razón humana más que a la autoridad, ya sea la de la tradición o la de la revelación. Todo conocimiento definido -así lo afirmaría yo- pertenece a la ciencia; todo dogma acerca de lo que sobrepasa el conocimiento definido pertenece a la teología. Pero entre la teología y la ciencia hay una tierra de nadie, expuesta al ataque por ambos lados; esta tierra de nadie es la filosofía. Casi todas las cuestiones de mayor interés para los espíritus especulativos son tales que la ciencia no puede responder, y las confiadas respuestas de los teólogos ya no parecen tan convincentes como en siglos anteriores. ¿Está dividido el mundo en mente y en materia, y, si es así, qué es la mente y qué es la materia? ¿Se halla la mente sujeta a la materia, o está dotada de facultades independientes? ¿Tiene el universo alguna unidad o propósito? ¿Hay realmente leyes de la naturaleza, o creemos en ellas solo por nuestro innato amor al orden? ¿Es el hombre lo que le parece al astrónomo, una minúscula masa de carbono impuso y de agua, que se arrastra impotente en un pequeño e insignificante planeta? ¿O es lo que se le antoja a Hamlet? ¿Es quizá ambas cosas a la vez? ¿Hay una norma de vida que es noble y otra que es baja, o todas las líneas de conducta son meramente fútiles? Si hay un modo de vida que es noble, ¿en qué consiste y como lo conseguiremos? ¿Debe el bien ser eterno para que merezca ser valorado, o es digno de que se lo busque incluso si el universo se mueve inexorablemente hacia la muerte? ¿Existe algo como la sabiduría, o lo que parece tal es simplemente el refinamiento último de la locura? A semejantes preguntas no puede encontrarse ninguna contestación en el laboratorio. Las teologías han declarado darles respuesta, todas demasiado precisas; mas su misma precisión es la causa de que las mentes modernas las miren con suspicacia. El estudiar estas cuestiones, si no el contestarlas, es la tarea de la filosofía.


Bertrand Russell: Historia de la Filosofía. Madrid: Aguilar, 1973, pág. 17.

 
Bertrand Russell (1872-1970)

sábado, 31 de agosto de 2013

Teju Cole: Estupidiario norteamericano



AFRICA. Un país pobre pero feliz. Emergente.

ATEÍSMO. Culto desquiciado de fanáticos violentos.

HIJOS. Justificación de la política. Decir siempre "nuestros hijos". Los que no tienen hijos no tienen interés por mejorar la sociedad.

CRISTIANISMO. Paz en la tierra.

HUEVOS. Decir "No puedes hacer tortillas sin romper huevos" cuando sale el tema de la guerra.

EVOLUCIÓN. Sólo una teoría.

FEMINISMO. Algo maravilloso, en teoría.

PESCADO. Un vegetal.

ILÍADA. Aclarar que se prefiere la Odisea.

INTERNET. Una pérdida de tiempo. Tener una larga conversación online con cualquiera que no esté de acuerdo.

ISLAM. Religión de paz.

NIETZSCHE. Decir “Nietzsche dice que Dios ha muerto”, pero si alguien se adelanta decir "Dios dice que Nietzsche ha muerto".

ODISEA. Aclarar que se prefiere la Ilíada.

PROUST. Nadie lo lee en la actualidad. Tú lo relees, preferentemente en las vacaciones de verano.

RACISMO. Término obsoleto. Significado desconocido.

INTELIGENTE. Cualquier ensayo que confirma tus prejuicios.

TELEVISIÓN. Ha mejorado mucho. Mejor que las novelas. Si alguien menciona "The Wire", decir "Los Soprano", o viceversa.

VALORES. “Hemos de hacer lo que sea preciso para preservar nuestros valores". Dijo antes de destruirlos.

VIRGINIDAD. Una obsesión en Irán y en la industria del aceite de oliva. Puede perderse, como una cartera.

ŽIŽEK. Comentar que tiene cualidades, pero...

* * * * *

Inspirándose en la compilación de lugares comunes, tópicos o "ideas recibidas" ("idées reçues") de Flaubert, el escritor nigeriano-americano Teju Cole ha compuesto y publicado, primero en Twitter, y luego en The New Yorker su propio diccionario de ideas que impiden el pensamiento o que evitan tener que pensar, a las que por ello mismo llama In Place of Thought. Esta selección recoge sólo algunos de esos tópicos del no-pensamiento norteamericano, especialmente relacionados con la moral y la filosofía.

@tejucole

viernes, 16 de agosto de 2013

La banalidad del mal

Un joven estudiante de mi Instituto Latinoamericano de la Universidad Libre de Berlín se acercó para hablarme de sí mismo, esperando de mí una palabra. Desde siempre, me dijo, él nunca había tenido una relación afectuosa con sus padres. Sólo su abuelo había llegado a convertirse para él en un paradigma afectivo: con él jugó en el campo, él estuvo a su lado en los momentos de incertidumbre de la niñez y la adolescencia, sólo él le contaba una historia antes de dormirse. Unos días antes, su abuelo había muerto y él lo había acompañado -solo- al cementerio. Al volver a casa comenzó a ordenar las cosas y papeles del abuelo. Entre ellos encontró el diario y leyó con horror que su abuelo había sido miembro de las SS, que había participado en el asesinato de niños judíos y, lo que era ciertamente peor, que había muerto con la convicción de haber actuado bien.

Víctor Farías: "Prólogo" a Heidegger y el nazismo. Barcelona: Muchnik, 1989

La película de Costa Gavras plantea una trama parecida

lunes, 12 de agosto de 2013

La respuesta

   Dwar Ev soldó ceremoniosamente la última conexión con oro. Los ojos de una docena de cámaras de televisión le contemplaban y el subéter transmitió al universo una docena de imágenes sobre Io que estaba haciendo.
   Se enderezó e hizo una seña a Dwar Reyn, acercándose después a un interruptor que completaría el contacto cuando lo accionara. El interruptor conectaría, inmediatamente, todo aquel monstruo de máquinas computadoras con todos los planetas habitados del universo -noventa y seis mil millones de planetas- en el supercircuito que los conectaría a todos con una supercalculadora, una máquina cibernética que combinaría todos los conocimientos de todas las galaxias.
    Dwar Reyn habló brevemente a los miles de millones de espectadores y oyentes. Después, tras un momento de silencio, dijo:
   - Ahora, Dwar Ev.
   Dwar Ev accionó el interruptor. Se produjo un impresionante zumbido, la onda de energía procedente de noventa y seis mil millones de planetas. Las luces se encendieron y apagaron a lo largo de los muchos kilómetros de longitud de los paneles.
   Dwar Ev retrocedió un paso y lanzó un profundo suspiro.
   - El honor de formular la primera pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.
   - Gracias -repuso Dwar Reyn-. Será una pregunta que ninguna máquina cibernética ha podido contestar por sí sola.
   Se volvió de cara a la máquina.
   - ¿Existe Dios?
   La impresionante voz contestó sin vacilar, sin el chasquido de un solo relé.
   - Sí, ahora existe un Dios.
   Un súbito temor se reflejó en la cara de Dwar Ev. Dio un salto para agarrar el interruptor.
   Un rayo procedente del cielo despejado le abatió y produjo un cortocircuito que inutilizó el interruptor.

Fredric Brown:  "La respuesta" (1954) en  El ratón estelar y otros relatos. Barcelona: Bruguera,1978, págs. 143-144.



Fredric Brown (1906-1972)

viernes, 9 de agosto de 2013

Hannah Arendt

 
   Al ver Hannah Arendt, la película de Margarethe von Trotta, uno comprende por qué su valor e importancia crecen en razón proporcional a como decrece (al menos, para quien esto escribe) el de su amante, Martin Heidegger. Es una pena que la competente directora no haya explotado más el filón que sólo apunta en unas breves escenas, sobre todo porque el actor que encarna al filósofo parece su doble. Verlo dando una clase con una jovencísima Arendt embelesada en su asiento de madera es uno de los momentos álgidos de la película. Pero en el aspecto personal, Heidegger se ha revelado en su correspondencia amorosa y en sus actos con una mezcla de inteligencia, mentiras y manipulación. Sin embargo, permanecieron fieles ("e infieles", aclara Hannah Arendt) a su historia durante toda su vida, como si no hubiera otro remedio. Se ha escrito mucho sobre ellos, podrían encarnar eso que conocemos gracias a Stendhal y a Erich Fromm como amor-pasión o amor pasional.
   La película se centra en el episodio de la captura y posterior juicio a Eichmann en Israel, a inicios de los sesenta, y así conoceremos también al tercer marido de Arendt (el verdadero amor de su vida), Heinrich Blücher, a su amiga americana, la novelista Mary McCarthy y al círculo de judíos alemanes exiliados en América. Siguiendo los pasos de Arendt cuando va a Jerusalén a fin de cubrir para The New Yorker el proceso a Eichmann tenemos la oportunidad de ver, perfectamente integrados en el filme, escenas documentales del verdadero juicio. Es lo más impactante de toda la película. El resto del metraje se dedica a explorar la tormenta intelectual que supuso la difusión en sus artículos de unas reflexiones en aquel entonces consideradas reaccionarias, y hoy motivo de debate en toda discusión sobre el nazismo y el holocausto: la primera idea es que el mal no es radical en el ser humano, a diferencia de lo que defendió Kant, sino que ha de relacionarse con la libertad, así, cuando la influencia del ambiente es muy grande, como en el caso de criminales como Eichmann, la justificación de que uno simplemente obedece órdenes sólo puede ser fruto de la debilidad (es decir, "banalidad") del pensamiento, de la incapacidad para actuar libremente y con arreglo a un criterio propio. La segunda idea polémica era que los círculos judíos con capacidad para organizar una oposición al exterminio carecieron de valentía y aunque no se los pueda considerar cómplices de los crímenes sí fueron también responsables en parte de la masacre. El concepto de "banalidad del mal" no se comprendió en su momento, ya que parecía una justificación de los matarifes, una exculpación por supuesta enajenación mental o cumplimiento ciego del deber; pero fue sobre todo la segunda tesis la que despertó el desprecio de los judíos de Israel y de los exiliados, ya que se interpretó como un intento de acusar a las víctimas. 
   Hannah Arendt produjo algunas de las obras más interesantes del siglo XX en el campo de la Filosofía y la Política; pero esta película logra que nos interesemos también por su personalidad.

 

Referencias:
Hannah Arendt: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen, 1999.
Alois Prinz: La filosofía como profesión o el amor al mundo. La vida de Hannah Arendt. Barcelona: Herder, 2001.
Elzbieta Ettinger: Hannah Arendt y Martin Heidegger: Barcelona: Tusquets, 1996.

martes, 6 de agosto de 2013

Amistad de estrellas

Eramos amigos, y nos hemos vuelto extraños. Pero es bien que así sea, y no queremos callar ni escondernos cual si tuviéramos de qué avergonzarnos. Somos dos navíos, cada uno de los cuales tiene ruta y rumbo diferente; podemos tal vez cruzarnos y celebrar juntos una fiesta como ya lo hicimos. Estaban los navíos tan tranquilos en el mismo puerto, bañados por el mismo sol, que cualquiera creería que habían llegado a su destino y que tenían un destino común. Mas luego la fuerza omnipotente de nuestra misión nos separó, empujándonos por mares distintos, bajo otros rayos de sol, y acaso no volveremos a encontrarnos o quizás sí; pero no nos conoceremos, porque nos habrán transformado otros mares y otros soles. Una ley superior a nosotros quiso que fuésemos extraños el uno al otro, y por eso nos debemos respeto y por eso quedará más santificado todavía el recuerdo de nuestra amistad pasada. Existe probablemente una enorme curva invisible, una ruta estelar, donde nuestros senderos y nuestros destinos están inscritos como cortas etapas: elevémonos por cima de este pensamiento. Pero nuestra vida es demasiado corta y nuestra vista sobrado flaca para que podamos ser más que amigos en el sentido de aquella elevada posibilidad. Por eso queremos creer en nuestra amistad de estrellas, aun en el caso de que fuésemos enemigos en la tierra.
Friedrich Nietzsche: La Gaya Ciencia [1882]. Olañeta: Palma de Mallorca, 1984, págs. 145-146 (§ 279)

 [ Traducción modificada, ya que en el original no se especifica el género de los amigos. Con todo, mantenemos la clásica versión de Pedro González Blanco, por su belleza estilística. En este fragmento, Nietzsche se refiere a su amistad con Richard Wagner, de hecho fue recogido en un esbozo de su obra Nietzsche contra Wagner (1889), aunque no lo mantuvo en la redacción definitiva. ]