El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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martes, 11 de junio de 2019

Dos son las montañas


Dos son las montañas
luminosas y claras:

la montaña de los animales y
la montaña de los dioses.

Pero entre ellas yace en penumbra
el valle de los hombres.

Si alguna vez mira uno hacia arriba,
lo sobrecoge, vislumbradora,
una nostalgia inextinguible,
a él, que sabe que no sabe,
de quienes no saben que no saben,
y de quienes saben que saben.

PAUL KLEE

viernes, 8 de julio de 2016

Solo de piano

Ya que la vida del hombre no es sino una acción a distancia,
Un poco de espuma que brilla en el interior de un vaso;
Ya que los árboles no son sino muebles que se agitan:
No son sino sillas y mesas en movimiento perpetuo;
Ya que nosotros mismos no somos más que seres
(Como el dios mismo no es otra cosa que dios);
Ya que no hablamos para ser escuchados
Sino para que los demás hablen
Y el eco es anterior a las voces que lo producen;
Ya que ni siquiera tenemos el consuelo de un caos
En el jardín que bosteza y que se llena de aire,
Un rompecabezas que es preciso resolver antes de morir
Para poder resucitar después tranquilamente
Cuando se ha usado en exceso de la mujer;
Ya que también existe un cielo en el infierno,
Dejad que yo también haga algunas cosas: 

Yo quiero hacer un ruido con los pies
Y quiero que mi alma encuentre su cuerpo.

Nicanor Parra (1914)


"Solo de piano", en Poemas y antipoemas (1954). Madrid: Cátedra, 1995, pág. 88

sábado, 3 de mayo de 2014

El viento se levanta

Le vent se lève!... Il faut tenter de vivre!
L'air immense ouvre et referme mon livre,
La vague en poudre ose jaillir des rocs!
Envolez-vous, pages tout éblouies!
Rompez, vagues! Rompez d'eaux réjouies
Ce toit tranquille où picoraient des focs!


El viento vuelve, intentemos vivir.
Abre y cierra mi libro el aire inmenso,
Con las rocas se atreve la ola en polvo.
Volad, volad, páginas deslumbradas.
Olas, romped gozosas el tranquilo
Techo donde los foques picotean.

[ Paul Valéry: El Cementerio Marino. Madrid: Alianza, 1981, pp. 64-65. Trad. Jorge Guillén ]




EL VIENTO SE LEVANTA (2013)

sábado, 29 de marzo de 2014

Himno y Oración a la Vida


HIMNO A LA VIDA
 
Te amo, vida enigmática,
Como se ama a un amigo,
Ya me des alegría o dolor,
Ya me des dicha o sufrimiento.

Te amo con toda tu crueldad,
Y si tuvieras que destrozarme,
De tus brazos me desprendería
Como del pecho de un amigo.

¡Con todas mis fuerzas te abrazo!
Que tus llamas me devoren,
Y en las brasas de la lucha
Sondee aún tu misterio.

¡Ser, pensar por milenios!
Cobíjame en tus brazos,
Y si no puedes darme la dicha,
Concédeme el sufrimiento. 

[ Lou Andreas-Salomé ]

Luíza Gustávovna Salomé (1861-1937)

El poema de Lou von Salome, ofrecido como regalo de despedida en 1882 a su amigo Friedrich Nietzsche, fue la inspiración de un Lied del filósofo titulado Gebet an das Leben (Oración a la Vida)



Referencias:
Lou Andreas-Salomé: Nietzsche. Madrid: 1978, págs. 23-24.
F. Nietzsche, L. v. Salomé, P. Ree: Documentos de un encuentro. Barcelona: Laertes, 1982, pág. 302.

viernes, 4 de enero de 2013

Recomendaciones a mi hijo varón que está por nacer

Primero, hijo, la camisa por dentro.
Habla poco,
y si hablas de ti, decirlo todo escuetamente,
como cuando lo mejor que escribió tu padre.
Mucho respeto a tu madre,
y alzarle la voz lo menos posible.
Un beso a tu padre cuando llega del trabajo:
nada de apretón de manos.
No matar, no ir a la guerra,
tener siempre un par de pesos guardados en el banco,
y jamás hijo mío y jamás,
hipotecar la casa.
Ten tu buró, pon tus cosas en la gaveta,
no renuncies al tabaco.
Si tienes hijos, ni adviertas ni impongas.
El día de la muerte abre por fin tu libro,
coloca la cabeza bajo el tajo,
no te quites.

José Kozer (1973)

José Kozer (La Habana, 1940)

domingo, 4 de noviembre de 2012

Ahora, ¿adónde?

Ahora, ¿adónde? El torpe pie
quisiera llevarme a Alemania.
Mas la razón, prudente, mueve
la cabeza, como diciendo:
Es cierto que acabó la guerra,
pero quedan cortes marciales,
y dicen que escribiste antaño
cosas que te hacen fusilable.
Eso es verdad, poco agradable
sería verme fusilado.
No soy un héroe, me faltan
los patéticos ademanes.
Me gustaría ir a Inglaterra,
de no haber humos de carbón,
¡y los ingleses!... Ya su olor
me produce espasmos y vómitos.
A veces tengo la ocurrencia
de embarcarme hacia Norteamérica,
gran cuadra de la libertad
con sus brutos igualitarios.
Pero me da miedo un país
de gentes que mascan tabaco,
que, sin rey, juegan a los bolos,
y sin escupidera, escupen.
Rusia, ese imperio tan hermoso,
posiblemente me agradase,
pero en invierno no podría
soportar allí los azotes.
Con tristeza miro a lo alto,
donde hacen guiños miles de astros;
sin embargo, mi propia estrella
no la diviso en parte alguna.
En el áureo laberinto
del cielo se perdió tal vez,
como yo mismo me he perdido
en la terrena agitación.

Heinrich Heine [Trad. Feliú Formosa], en Francisco Rico (ed.): Mil años de poesía europea. Barcelona: Backlist, 2009, pp. 580-583.

Heinrich Heine, dibujo de Charles Gleyre

domingo, 21 de octubre de 2012

El Prometeo de Goethe

Ilustración de Bernard Picart


PROMETEO

Cubre tu cielo, Zeus,
con un velo de nubes,
y, semejante al joven que descabeza abrojos,
huélgate con los robles y las alturas.
Déjame a mí esta tierra,
la cabaña que tú no has construido
y el calor del hogar que tanto envidias.

Nada conozco bajo el sol tan pobre
como vosotros, dioses.
Nutrís, mezquinos, vuestra majestad
con las ofrendas de los sacrificios
y con el vaho de las preces.
En la indigencia viviríais
de no existir los niños y esos necios
mendigos que no pierden la esperanza.

Cuando era niño y nada sabía,
levantaba mis ojos extraviados
al sol, como si arriba hubiese oídos
para escuchar mis quejas,
y un corazón, afín al mío,
que sintiera piedad de quien le implora.

¿Quién me ayudó en mi pugna
contra los insolentes Titanes?
¿Quién de la muerte me salvó,
y de la esclavitud?
¿No fuiste tú, tú solo,
sagrado y fervoroso corazón,
quien todo lo cumpliste?
Y, sin embargo, ardiendo
en tu bondad y juventud, iluso,
agradecías tu salud a aquel
que, allá arriba, dormita...

¿Honrarte yo? ¿Por qué?
¿Aliviaste tú alguna vez
los dolores del afligido?
¿Enjugaste las lágrimas del angustiado?
¿No me han forjado a mí como hombre
el tiempo omnipotente
y la eterna fortuna,
que son mis dueños y también los tuyos?

¿Acaso imaginaste
que iba yo a aborrecer mi vida
y a retirarme al yermo
porque no todos mis floridos
ensueños dieran fruto?

Aquí estoy, dando forma
a una raza según mi propia imagen,
a unos hombres que, iguales a mí, sufran
y se alegren, conozcan los placeres y el llanto,
y, sobre todo, a ti no se sometan,
como yo.

J. W. Goethe (1774). Trad. L. A. de Cuenca


Johann Wolfgang Goethe (1749-1832)

La oda "Prometeo" de Goethe pertenece a una tragedia de juventud inacabada, de la que se conservan dos actos y este poema.
En 1978, Luis Alberto de Cuenca publicó Museo en la editorial Bosch. Es una miscelánea de fragmentos en la estela del Libro del Cielo y el Infierno de Borges y Bioy, y también incluye algún delicioso pastiche apócrifo. De la Epopeya de Gilgamesh a los poemas Dada, y agrupados en capítulos simbólico-alegóricos como si se tratase de un museo, como advierte su título, visitamos algunos hermosos momentos de la historia de la literatura y la cultura, a menudo en forma de esbozos fragmentarios, como en una galería de exposiciones. Inexplicablemente, esta antología nunca se ha reeditado, a pesar de incluir cumbres como este Prometeo, con una traducción en la que escuchamos la voz que será de Rilke.

Prometeo, de Richard Cosway


Recorrido:

El Prometeo original de Hesiodo (siglo VIII a. C.)
El Prometeo filosófico de Platón (inicios del siglo IV a. C.)
El Prometeo romántico de Goethe (1774)
El Prometeo metafórico de Kafka (1919)

jueves, 16 de agosto de 2012

Heine: El Retorno, LVIII

LVIII

¡Qué fragmentarios el mundo y la vida!
He de consultar a un profesor alemán
   que sepa recomponer la existencia,
haciendo de ella un sistema racional.
Con su gorro de noche y su bata andrajosa
tapará las grietas del universo.

[ El Retorno (1823-1824) ]


LVIII

Zu fragmentarisch ist der Welt und Leben!
Ich will mich zum deutschen Professor begeben,
   Der weiss das Leben zusammen zu setzen,
Und er macht ein verständlich System daraus;
Mit seinem Nachtmützen und Schlafrockfetzen
Stopft er die Lücken des Weltenbaus.

[ Die Heimkehr, 1923-1924 ]


Heinrich Heine: Gedichte - Auswahl / Antología poética. Edición bilingüe. Madrid: Ediciones de la Torre, 1995, págs. 92-93. Traducción de Berit Balzer.

sábado, 30 de junio de 2012

El enigma de lo infinitesimal

Los has visto al anochecer, caminando por la orilla, los has visto de pie en los portales, asomados a las ventanas o a horcajadas sobre el borde lentamente movedizo de una sombra. Amantes de lo intermedio, no están ni aquí ni allí, ni adentro ni afuera. Pobres almas, las mueve el afán de experimentar lo imposible. Incluso de noche yacen en la cama con un ojo cerrado y otro abierto, esperando atrapar el último segundo de la vigilia y el primero del sueño, habitar esa tierra de nadie, ese hermoso lugar, contemplar, como sólo un dios pudiera, la luminosa conjunción de la nada y el todo.

Mark Strand: Casi invisible. Madrid: Visor, 2012, pág. 55. Trad. Julio Trujillo

Mark Strand (1934)

martes, 5 de junio de 2012

Epitafios de Imanuel Ehrenhardt y William Jones



IMANUEL EHRENHARDT

Comencé con las lecciones de Sir William Hamilton.
Pasé luego a estudiar a Dugald Stewart;
y, después, a John Locke sobre el Entendimiento,
y luego a Descartes, Fichte y Schelling,
Kant y Schopenhauer...
Los libros me los prestaba el viejo Juez Somers.
Los leí todos con exaltada atencíón,
en la esperanza de que me estuviera reservado a mí
el agarrar del rabo al último secreto
y sacarlo de su agujero.
Mi alma se elevó a diez mil kilómetros,
pero sólo conseguí ver la luna un poco más grande.
Luego volví a caer, ¡y qué contento me sentí con la tierra!
Fue gracias al alma de William Jones,
que me mostró una carta de John Muir*.


* * *

WILLIAM JONES

De vez en cuando, una extraña hierba desconocida para mí
que me exigía buscarle un nombre en mis libros;
de vez en cuando, una carta de Yeomans.
En las conchas de mejillones recogidas en la orilla,
a veces una perla brillante como la ruda en la pradera;
y luego una carta de Tyndall, desde Inglaterra,
con el matasellos de recibida en Spoon River.
Yo, amante de la naturaleza y amado por mi amor a ella,
sostenía tales conversaciones a distancia con los grandes
que la conocían mejor que yo.
Pero no es que nosotros seamos más pequeños o más grandes,
al hacerla a ella lo más grande, nos premia
con placeres más intensos.


Edgar Lee Masters: Antología de Spoon River (edición de Jesús López Pacheco). Madrid: Cátedra, 1993, págs. 290 y 293.

Edgar Lee Masters (1869-1950)

[* John Muir: naturalista estadounidense al que se debe la política conservacionista que ha dado lugar a los parques nacionales]

jueves, 26 de enero de 2012

2 poemas morales

No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a mí y a ti, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números Babilónicos.
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea éste el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos cantiles.
No seas loca, filtra tus vinos
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el dia de hoy. Captúralo.
No fíes del incierto mañana.

[Horacio. Odas, XI. Trad. Luis A. de Cuenca]


Quinto Horacio Flaco (65 a. C. - 8 d. C.)


Las cosas que hacen la vida más feliz,
gratísimo Marcial, son éstas:
una fortuna no producida por el trabajo, sino heredada,
un campo no ingrato, un fuego perenne;
nunca un pleito, rara vez la toga, el espíritu sereno;
fuerzas de hombre libre, un cuerpo sano;
una sencillez prudente, unos amigos de la misma condición;
convites fáciles, una mesa sin artificio,
una noche no ebria, pero libre de preocupaciones,
un lecho no triste y sin embargo púdico;
un sueño que haga fugaces las tinieblas,
querer ser lo que eres y no preferir nada más,
no temer el último día ni desearlo.

[Marcial, Epigramas. Libro X, XLVII. Trad. María Ohannesian]

Marco Valerio Marcial (40 - 104 d. C.)