La transmisión del libro es azarosa. Como anota Ivan Morris, su primer traductor al inglés, el manuscrito que servirá de base a la primera edición no se compone hasta 500 años después de la muerte de su autora, y la versión impresa ha de esperar al s. XVII. Encima, hay varias compilaciones diferentes, hasta el punto de que en la actualidad se distinguen fuentes “mezcladas” y otras “ordenadas”, según los estudiosos que las hayan preparado. La edición desordenada de El Libro de la Almohada es la que responde a la intención inicial y final de la autora: la confusión es su estructura. El encanto del libro es la heterogeneidad, el trenzado de anotaciones muy diferentes sin simetría ni orden. Al margen de los valores puramente lingüísticos y poéticos, reconocidos por los eruditos y lectores japoneses (y occidentales), esta ausencia de estructura supone un apoyo inesperado para el calor que desprenden sus descripciones de la naturaleza y sus pequeños relatos.
Bibliografía:
- Sei Shônagon: El Libro de la Almohada. Bs. As.: Adriana Hidalgo editora, 2001. Traducción y prólogo de Amalia Sato.
- Sei Shonagon: El libro de la almohada. Madrid: Alianza, 2004. Selección y traducción de María Kodama y Jorge Luis Borges.
- Ivan Morris: “Las Notas de la Almohada, de Sei Shônagon”, Quimera, 19 (mayo, 1982), pp. 39-40.
- Elias Canetti: “Diálogo con el interlocutor cruel”, en La conciencia de las palabras. Madrid: FCE, 1982, pp. 71-99.
Sei Shônagon (ca. 968 - 1000/1025) |
FRAGMENTOS
Es bastante tarde y una dama está esperando a un visitante esa noche. Como oye finalmente un golpeteo furtivo, envía a su criada a abrir el portón y espera excitada. Pero el nombre anunciado por la criada es el de alguien por quien no tiene el menor interés. De todas las cosas deprimentes, ésta es de lejos la peor.
Un hombre sin ningún encanto especial discute sobre toda suerte de temas al azar, como si lo supiera todo.
El décimo día del Segundo Mes, con el sol brillando en un cielo claro y pacífico, Su Majestad el Emperador estaba tocando la flauta bajo el alero en la parte occidental de la galería. Estaba asistido por un excelente flautista, Takatô, el ayudante más antiguo del Gobernador General. Ejecutaban la melodía Takasago al unísono, y Takatô le explicaba varios asuntos sobre la flauta a Su Majestad. Calificar la escena como “algo espléndido” resultaría insuficiente. Yo estaba sentada detrás de las cortinas de bambú con otras mujeres y, al observar todo esto, sentí como si nunca en mi vida hubiera sido infeliz.
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