El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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martes, 26 de febrero de 2013

Proyecto Nim

 
En los años 70 del pasado siglo, el profesor Herbert Terrace, de la Universidad de Columbia, planeó la realización de un trabajo de investigación sobre la capacidad de los chimpancés para adquirir habilidades humanas. Nace así el "Proyecto Nim". La idea principal es criar a un chimpancé recién nacido y enseñarle el lenguaje de signos para poder comunicarse con los seres humanos.
 
 
 
Durante unos años, Nim convive con una familia un tanto hippie que, según llega a quejarse el profesor Terrace, malcría al chimpancé y no aplica un método científico al experimento. Se ve obligado entonces a quitarles al chimpancé, que acaba de entrar en la pubertad, como antes lo hizo de su madre biológica, y lo traslada a una gran residencia donde Nim empieza a ser educado metódicamente por varios cuidadores que le enseñan el lenguaje de signos y otras habilidades indispensables para la vida en común, como el uso del servicio.
 
 
Al poco tiempo empiezan los problemas, no sólo porque Nim rechaza las agotadoras sesiones de estudio, sino porque sus enfados suelen ir acompañados de golpes y mordiscos (aunque luego se arrepienta), que pueden llegar a hacer mucho daño a los que lo cuidan. Hay que tener en cuenta que el chimpancé adulto es unas cinco veces más fuerte que el ser humano. Después de cortarle la cara de un bocado a una instructora del lenguaje de signos, y dado que el experimento no terminaba de dar los frutos que se esperaba, el director del estudio decide entregarlo a un zoo, donde pasará sus próximos años en estado de cautividad.
Hay que destacar en este punto la habilidad del director del documental para crear un clima narrativo a base de entrevistas e imágenes de época, ya que la desolación de todos los implicados y el sentimiento de culpa y fracaso por no haber previsto el curso que iban a tomar los acontecimientos resulta muy patético.
 
Pero lo peor estaba por llegar, y Nim entra en un lote de chimpancés vendidos a un laboratorio que ensaya en simios vacunas contra la hepatitis, como paso previo a su comercialización.
 
 
Por fortuna, uno de sus antiguos cuidadores en el zoo interpondrá una querella contra el laboratorio, para la cual llega a plantearse que el propio chimpancé se defienda ante la corte con su lenguaje de signos. Hubiera bastado la traducción de su malestar expresado por signos detrás de la jaula de barrotes, una vez ante la sala del juzgado, para que cualquier juez les hubiera dado la razón, argumenta el sagaz abogado que llevó su caso.
 
Se lo traslada finalmente a una finca de reposo para animales maltratados. Nim es allí el único chimpancé y de nuevo es enjaulado y obligado a vivir solo. No puede estar suelto, no puede ser llevado a su hábitat natural, no puede estar con quienes lo han cuidado previamente. Al final de su vida encontrará compañía en otros chimpancés liberados, que compartirán su celda y su suerte. Morirá con sólo 26 años.

PROJECT NIM 
2011
Dirigida por James Marsh

 

lunes, 18 de febrero de 2013

Virtudes éticas


   Todos queremos ser felices, pero la felicidad no es un estado, sino una actividad ("la actividad de un alma buena"), por eso no se puede decir "ahora sí", "ahora no", mientras no nos acerquemos al final de la vida:
No hay felicidad ni en un solo día, ni para los niños, ni para ningún periodo de la vida; por eso, es correcta la afirmación de Solón de que no se debe llamar feliz a un hombre mientras vive, sino sólo cuando ya ha alcanzado su fin, ya que nada incompleto es feliz, al no ser un todo.
Ética Eudemia, 1219b
   La actividad racional es la más propia del hombre, y seríamos necios o estúpidos si nos alejamos de ella, por eso no puede llamarse feliz a quien no piensa ni se plantea nada y especialmente quien no piensa acerca de la vida. Pero no basta con la razón, Aristóteles no acepta sin más el intelectualismo moral platónico-socrático. La vida buena que es la vida plena o excelente y por tanto la que nos pone en el buen camino o destino (eu-daímon) de una vida feliz requiere así mismo de un cierto carácter, porque no basta sólo saber y comprender, también hay que actuar, y en la acción necesitamos del concurso del entendimiento, la ciencia, la técnica, la sabiduría y especialmente la prudencia (virtudes dianoéticas o intelectuales) que nos indica, en el variado mar de las acciones humanas, qué hábito del carácter debemos aplicar en cada caso concreto, por tanto necesitamos también estar habituados a hacer las cosas de cierta manera. Aquí no cabe hacer ciencia teórica basada en la necesidad (lo que no puede ser de otra manera), sino que nos introducimos en el terreno práctico de lo contingente, lo que unas veces es de una manera y otras de otra. La Ética se enfrenta a muy diversas situaciones que no son sometibles a una regla fija. Aun así, se pueden dar unas indicaciones, sabiendo que tratamos de cosas individuales y que, en última instancia, "el criterio reside en la percepción" (Ética Nicomáquea, 1109b).
   Las virtudes éticas son hábitos por los cuales nos acostumbramos a elegir en cierto sentido, son términos medios relativos tanto a la situación como a nosotros, y se sitúan entre dos extremos perniciosos, uno por exceso y otro por defecto. Ese término medio no puede prescribirse de un modo exacto, dependerá de las circunstancias y de cómo somos o venimos siendo y de cómo queremos ser. Si aunamos en una tabla la clasificación de las virtudes éticas de los libros III y IV de Ética Nicomáquea y la incluida en Ética Eudemia (1221a), tendríamos un "Cuadro de las Virtudes Éticas" aristotélicas como el que sigue en PDF.

domingo, 10 de febrero de 2013

El hombre que plantaba árboles

En 1953 el escritor francés Jean Giono (1895-1970) publicó la que al final ha resultado ser su obra más conocida internacionalmente, un relato de intención ecologista titulado El hombre que plantaba árboles  Se narra en él la historia de un pastor solitario que logra reforestar una gran porción de la Provenza amenazada por la desertización. Elzéard Bouffier es, hay que destacarlo, un personaje inventado; pero ha servido de inspiración para la acción directa de numerosas personas y organizaciones. Su autor permitió a menudo la reproducción libre de derechos de la historia, en consonancia con el fin que se busca en ella expresamente, la reforestación del planeta. Leído hoy sigue siendo uno de esos raros libros en que el arte y las buenas intenciones se unen dando lugar a una obra redonda.


En 1987 el animador canadiense Frédérick Back realizó un cortometraje que llevaba el texto a imágenes y ganó el Oscar en su categoría al año siguiente. Es tan impresionante en su género como el  relato en el suyo. Se lo puede ver aquí debajo doblado al castellano:

sábado, 9 de febrero de 2013

El Perro que deseaba ser un ser humano

   En la casa de un rico mercader de la ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de máquinas, vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto.
   Al cabo de varios años y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el hecho de que no mordía, movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente a la luna. 

Augusto Monterroso: "El Perro que deseaba ser un ser humano", en La Oveja negra y demás fábulas. Barcelona: Anagrama, 1991, pág. 71.


Desde Aristóteles se ha propuesto que en la personalidad humana hay rasgos primarios ("primera naturaleza") que nos acompañan desde el nacimiento y son difícilmente modificables. se trata del temperamento, al que se sumaría una "segunda naturaleza" más moldeable, llamada carácter. La formación del carácter es posible mediante la práctica y el desarrollo de los hábitos, pero resulta muy poco influenciable por la enseñanaza teórica, mientras que el temperamento es inmune a toda enseñanza y se constituye como el fondo más propio e ineludible del sujeto.

domingo, 3 de febrero de 2013

Paradojas de la personalidad

No hay nada que pueda impresionarme tan desfavorablemente como el que alguien trate de impresionarme favorablemente. Los simpáticos me caen siempre antipáticos; los antipáticos me resultan, ciertamente, incómodos en tanto dura la conversación, pero cuando ésta se acaba se han ganado mi aprecio y simpatía. Ese viajero que dice "Buenas noches", al entrar en el compartimiento del vagón; que apenas alza los ojos, sin interés alguno, a la comparecencia de viajeros nuevos, que no vuelve a despegar los labios hasta llegar a su estación, para decir: "Que tengan ustedes buen viaje", suscita en mí la convicción –probablemente tan arbitraria como injusta– de que en un choque o un descarrilamiento se portaría del modo más heroico y más socorredor, mientras que el dicharachero, que no ha parado en todo el viaje de hablar y de reír, de entablar relación con todo cristo, y no digamos si –¡horror!– hasta contando chistes por añadidura, me impone, en cambio, la más absoluta certidumbre de que no podría dar, en igual trance, sino el más bochornoso espectáculo de histeria y cobardía. La simpatía es un arcaísmo de quienes creen, quieren creer o necesitan fingir que hay todavía un medio, un ámbito de vida pública, en el que los hombres pueden allegarse en algún grado, de manera directa y espontánea, los unos a los otros. La antipatía es resistencia y repugnancia a simular y escenificar -abyectamente- un mundo que no existe.

Rafael Sánchez Ferlosio: Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993). Barcelona: Destinolibro, 2001, págs. 15-16.

Rafael Sánchez Ferlosio