El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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domingo, 27 de mayo de 2018

Platón: Mito de la Caverna

   Una vez más, llegamos al Mito de la Caverna, dispuestos a hacer algo de espeología filosófica. Entramos en el terrreno de las metáforas primigenias, y en concreto una a la que Hans Blumenberg ha dedicado uno de sus más voluminosos trabajos: Salidas de caverna (1989). No se puede dejar de lado en este relato filosófico, el más famoso de la antigüedad, el peso del tópico tanto en sentido positivo (el lugar común llega a serlo porque de una forma u otra expresa una cierta verdad), como negativo (el tópico suele tergiversar una verdad más profunda). Entre ambas aguas, la de lo consabido y la interpretación actualizada, salimos al encuentro de esos prisioneros "con las piernas y el cuello encadenados" de modo que no pueden girar la cabeza, obligados por tanto a mirar siempre de frente a una pared en la que se proyectan unas sombras que, junto con todo lo que rodea el entorno de la caverna, constituyen su mundo (es el llamado "mundo sensible" platónico). Esas sombras son la porción más baja de contacto con la realidad, ya que son copias o reproducciones de otros seres y objetos no visibles directamente por los prisioneros, como son: en primer lugar los compañeros de cautiverio, a los que ya decíamos no cabe mirar directamente, y en segundo lugar una serie de porteadores que llevan en parlanchina procesión objetos tallados de seres naturales o fabricados (copias de otros hombres, animales, árboles o utensilios). De todo ello, los prisioneros sólo tienen experiencia a través de las sombras proyectadas en el fondo de la caverna, gracias a un fuego que llamea detrás de la pared a la que están atados y que los separa del camino por el que pasan los porteadores. 
   Esta extraña introducción es rápidamente llevada al nivel de la analogía cuando Platón advierte que ellos, los prisioneros, "son como nosotros". Entramos así en el terreno de la alegoría, en concreto a través de signos que no sólo sustituyen sin más a otros objetos (los llamados signos arbritrarios, según Gilbert Durand), sino que mantienen una semejanza con lo que sustituyen, aunque su significado simbólico permanezca irremediablemente ligado al terreno de la interpretación y el conocimiento indirecto.
   En principio, la caverna sustituye al mundo de la experiencia, los prisioneros parecen simbolizar a los seres humanos y sus creencias cotidianas (nuestras almas atadas al cuerpo, si se quiere ser más platónico), las sombras a las simples opiniones basadas en prejuicios sin contrastar, los objetos construidos a las captaciones directas de los entes, aún sin explicación racional; por fin, los porteadores serían los maestros que enseñan una cosa u otra sin buscar la verdad sino la utilidad: los sofistas, desde luego, pero también esos políticos que inflaman a la asamblea con argumentos sentimentales, o los abogados que convencen al jurado con su oratoria estudiada. Pues bien, esos objetos fabricados que igual representan a un ser vivo que a una herramienta son como los objetos que percibimos directamente a nuestro alrededor, por tanto son comparativamente más reales y verdaderos que las simples representaciones cambiantes (o simple elucubraciones) que se relacionan con las sombras en movimiento del fondo; pero no por ello dejan de ser apariencias, en el terreno de la realidad, o simples opiniones en el terreno del conocimiento, aunque podrían estar acertadas. En efecto, opiniones verdaderas aparecen a menudo en la política y en la vida cotidiana; pero si no somos conscientes de que lo son, son semejantes a esas preguntas que acertamos por casualidad en un examen tipo test. No dejamos de estar aquí en el terreno de las simples creencias, no hay saber que se sabe verdadero, ni ciencia con arreglo a un método.
   Veamos ahora, dice Platón, qué le pasaría a uno de los prisioneros en "el caso de una liberación de sus cadenas", es decir, de una "curación de su ignorancia". Magnífica metáfora para la adquisición de conocimientos o para el tema general de todo el mito, que se advierte desde el principio es el de "la educación" de nuestra naturaleza. El remedio para la ignorancia es literalmente una liberación de las metafóricas cadenas que nos atan a los prejuicios. Sugiere Platón que esa liberación se realiza con ayuda, ya que el prisionero es desatado y forzado a examinar el interior de la caverna. Introduce así la figura del educador, el filósofo o el gobernante que se ocupa de los que precisan formación, pero no de un modo invasivo, sino como una especie de acompañante que ayuda mayéuticamente a alcanzar el saber mediante argumentos que conducen a unas conclusiones que parecen surgir del propio entendimiento. El prisionero observa el extraño panorama del interior de la caverna, pero no llegará a entenderlo bien en un primer momento, y se verá en dificultades para responder a las preguntas acerca de relaciones, semejanzas o participaciones con lo que tomaba por real. La metáfora más brillante en este momento es la de la luz (por ahora, la del fuego), que ciega los ojos del que está acostumbrado a pensar siguiendo la senda del azar y la adivinación. Con ese dolor en los ojos asociaremos las resistencias a la enseñanza, las molestias e irritaciones que son indisociables del estudio y la educación.
   El prisionero será arrastrado hasta el exterior de la caverna, y de ese modo llegará a entender que hay otro mundo, el llamado "mundo inteligible" o "mundo de las formas" platónicas. Aunque Platón se sirve de la patencia de la naturaleza bien iluminada por el sol, pretende hacernos "ver" que este mundo ya no es sensible sino intelectual, y mucho más luminoso (por tanto, más verdadero) que cualquier paisaje al mediodía. Lo que aquí aparece ya no se capta con la vista, sino con la inteligencia. Eso sí, de nuevo hay que proceder con orden, con método, y comprender primero lo más elemental hasta llegar al saber último. Primero hay que recorrer el camino que conduce a las formas, a las ideas (esto es, entre otras cosas, a los conceptos o las esencias-definiciones de lo real); ese camino está compuesto de formulaciones u objetos matemáticos que, como seres intermedios entre lo sensible y las propias ideas (matemáticas o de otro tipo), sirven de preludio a la comprensión dialéctica. En fin, es tema debatido el de las "sombras" y "reflejos" matemáticos en Platón; pero siguiendo a Aristóteles parece que estos objetos son todavía múltiples, mientras que las ideas son únicas (Metafísica, 987b), tal y como hay muchos triángulos pero una sola idea de triángulo. Los objetos que en el exterior se pueden ver ahora representan a las ideas o formas tanto de seres naturales como artificiales, con lo que sugiere Platón la estratificación y jerarquía del conocimiento dialéctico (el terreno de la Lógica, en primer lugar, seguido del de las diversas ciencias, ya sean naturales o técnicas). Por fin, cuando cae la noche aparecen otras luces por encima de los objetos ahora en la sombra: son los astros, las estrellas y la luna, manifestaciones brillantes de un saber más digno y más difícil de lograr, el de la Ética y la Estética, y cómo no, el de la Política. ¿Cómo no sería más digna de consideración la investigación de la Justicia que la de los tipos de minerales? Platón es un aristócrata del saber, el cual considera sometido a una escala de gradaciones; para él las llamadas hoy Ciencias Sociales están por encima de las Ciencias Naturales, aunque para avanzar en las Letras se precise de una sólida formación lógico-matemática.
   Por último, cuando llegue el nuevo día, el Sol que representa la Idea de Bien nos descubrirá la penetrante armonía subyacente a todo lo existente, de la mano de la ciencia dialéctica. El docto evadido de la caverna, convertido en sabio filósofo, se acuerda entonces "de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus entonces compañeros de cautiverio", y aunque ahora lo que menos echa de menos es precisamente ese juego de adivinaciones en que consiste el mundo de las simples opiniones, se ve obligado a retornar abajo para intentar "desatarlos y conducirlos a la luz"; lo que podría acarrearle las mismas consecuencias que al buen Sócrates.
   El final del mito es éste, el de la poderosa imagen del filósofo asesinado a manos de una turba ignorante e incapaz de comprender su deseo de conducirlos a una vida más digna. La continuación, en el orden de la filosofía platónica, es el Símil de la Línea, que sin embargo aparece expuesto en la República con anterioridad (VI, 509d-511e) a este inmortal Mito de la Caverna (VII, 514a-517a).


sábado, 5 de mayo de 2018

Posverdades de la filosofía griega

   Son conocidas y muy lamentables las vicisitudes por las que han tenido que cruzar los textos filosóficos griegos hasta llegar a nosotros, las dificultades para la supervivencia de los textos escritos y obviamente de los orales. Igual que no se conservan pinturas del periodo clásico, los libros originales se han ido perdiendo, a menudo por ser obras únicas, otras veces porque aun siendo copiadas y recopiadas no han sobrevivido al paso de los siglos y a los materiales en que se grabaron las palabras. Cuánto no daríamos por tener como el Fausto de Valéry las Obras Completas de Heráclito en nuestras bibliotecas, o las publicadas por Aristóteles, o los setenta libros de Epicuro... Tenemos que conformarnos a menudo con referencias en compendios incompletos, provenientes de fuentes contradictorias, o de estudios muy posteriores a los siglos en que los pensamientos eran leídos y discutidos de primera mano.
  Esa masa de información directa e indirecta, fragmentaria y enigmática, es el placer y el tormento del hermenéuta y del filólogo. De ella surgen a veces, como epítomes en una frase, ciertos lugares comunes que hasta el menos interesado en estos temas llega a conocer y a dar por válidos, atribuyéndolos de manera indudable a algún autor más o menos complejo, pero que ahora, y gracias a estas frases resumidas, queda a disposición general para su uso en conversaciones y erudiciones de salón (o de chat). Son las posverdades de la época clásica.
  Con la ayuda de la mejor Historia de la Filosofía Griega publicada hasta el momento, la de W. K. C. Guthrie, así como de los textos conservados, se puede seguir la pista a algunos de estos tópicos recurrentes, descubriendo de dónde proceden, para situarlos en su justa posición histórica. Veamos tres ejemplos famosos:

1. "Todo fluye", sentencia atribuida unánimemente al filósofo conocido como el Oscuro, Heráclito, sólo es recogida por Simplicio, y según Guthrie es poco probable que sea original. Sin embargo, la que suele darse como su continuación, "Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río", sí podría resumir con una imagen poderosa el flujo cambiante de la realidad que caracteriza al filósofo del devenir. Esta metáfora del río sí encuentra confirmación en fuentes fiables como Platón, Aristóteles o Plutarco.

2. "Sólo sé que no sé nada", la irónica reflexión atribuida desde la noche de los tiempos a Sócrates, no aparece tal cual en ninguna fuente. La frase así expresada por lo demás es problemática desde el punto de vista lógico, puesto que no es posible saber que no se sabe (nada) sin incurrir en una contradicción en los términos, ya que al mismo tiempo que se dice no saber, se está afirmando que se sabe algo, esto es: que no se sabe. Aun reconociendo que así expresada-resumida, la idea tiene una carga de sentido paradójico y contundente que la convierten en un feliz hallazgo, en honor a la verdad histórica haríamos bien en remitir a las fuentes reales: la más fiable se halla en la Apología de Sócrates, 23, cuando aludiendo a la seguridad del dios (Apolo) al reconocerlo como sabio, interpreta Sócrates que según éste "la sabiduría humana es digan de poco o de nada" y por tanto que "Es el más sabio el que, de entre vosotros, hombres, conoce, como Sócrates, que en verdad es digno de nada respecto a la sabiduría". También en Teeteto, 150 c-d hay unas bonitas reflexiones (ahora ya platónicas) sobre el paralelismo con las comadronas y la imposibilidad de engendrar ideas por sí mismo, que recuerda al tópico aquí comentado. Pero la expresión más cercana a la fórmula la remite el erudito Grote a Arístides, alumno socrático, cuando al parecer aseguraba que "Todos los que lo conocieron coinciden en que Sócrates dijo que no sabía nada"; pero ni siquiera en esta referencia indirecta y no literal se dice exactamente lo que el tópico afirma.

3. "Amigo de Platón pero más amigo de la verdad" es un tópico medieval atribuido a Aristóteles (Amicus quidem Plato sed magis amica veritas); pero que no se corresponde con ningún pasaje exacto de su obra, sólo se le parece uno de Ética a Nicómaco, 1096a, con un tono más suave: "Se trata de salvar la verdad, especialmente siendo filósofos; pues, siendo ambas cosas queridas [la amistad y la verdad], es justo preferir la verdad". Esta cita procede de una refutación de la idea de Bien platónica, y lo curioso es que alude sin citarla a una exhortación del propio Sócrates en el Fedón, 91c: "Os cuidaréis poco de Sócrates y mucho más de la verdad", y en República, 595c dice lo propio Platón con respecto, esta vez, a Homero: "No se debe honrar más a un hombre que a la verdad".

Fuentes:
W. K. C. Guthrie: Historia de la Filosofía Griega. 6 vols. Madrid: Gredos, 1984-1993, págs. 423-424 (nota 96) y 460-463 [Vol. 1]; 387 (n. 38) y 421 [Vol. 3] ; 39-40 (n. 18) [Vol. 6].
Obras de Platón y Aristóteles en las ediciones de Gredos.
 
W. K. C. Guthrie (1906-1981)

jueves, 29 de marzo de 2018

Al señor J. J. Rousseau

30 de agosto [1755]
Muy señor mío:
He recibido vuestro reciente libro* contra el género humano; os quedo muy agradecido. Gustaréis a los hombres, a quienes decís sus verdades, pero no los corregiréis. No es posible pintar con colores más sombríos los horrores de la sociedad humana, de la que nuestra ignorancia y nuestra debilidad esperan tantos consuelos. Nunca se había dedicado tanto talento a reducirnos al estado animal; leyendo vuestra obra entran deseos de andar a cuatro patas. Sin embargo, como hace más de sesenta años que he perdido esta costumbre, me doy cuenta de que por desgracia me es imposible volver a adoptarla, y dejo estos andares naturales a los que son más dignos de ellos que vos y que yo. Tampoco puedo embarcarme para ir en busca de los salvajes del Canadá; en primer lugar porque las dolencias que me abruman me retienen al lado del mejor médico de Europa, y sé que no encontraría los mismo cuidados entre los missouris; y en segundo lugar porque la guerra hace estragos en aquellas tierras, y los ejemplos de nuestras naciones han convertido a los salvajes en casi tan malvados como nosotros. Me conformo con ser un salvaje tranquilo, en la soledad que he elegido cerca de vuestra patria, en la que vos debiérais estar.

Voltaire: Obras. Barcelona: Vergara, 1968, págs. 854-855 [Trad. Carlos Pujol]
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* Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) acababa de enviar a Voltaire su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombre (1755).
 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Predice mi futuro: El Estudio Dunedin

  
   Se conoce como Proyecto o Estudio Dunedin uno de los experimentos más ambiciosos, si no el que más, en la historia de la Psicología. Consiste, puesto que aún se está realizando, en el estudio de por vida de los niños nacidos en el año 1972 en la ciudad neozelandesa de Dunedin, un total de 1037 niños y niñas, que han sido entrevistados y seguidos a lo largo de los últimos 45 años por un amplio equipo de investigadores, liderado en la actualidad por el profesor Richard Poulton. Se ha logrado mantener el contacto con casi la totalidad de los sujetos, a fin de determinar la influencia tanto del ambiente como de la herencia en los rasgos principales de la psicología: la personalidad, la violencia, las enfermedades mentales, etc.
   Las conclusiones del estudio se han contrastado y replicado en otros ambientes, lo que ha podido dar por universales algunas de ellas, por ejemplo con respecto a la violencia y su relación con los trastornos mentales y el temperamento. 
   Otro de los resultados es el refrendo de un experimento anterior. Se confirma que el rasgo más influyente en el desarrollo positivo de los sujetos se puede detectar ya en la tierna infancia, y no es la inteligencia ni algún rasgo físico, sino una actitud personal ante la vida: la capacidad para controlar nuestro comportamiento. En este caso, se siguió el conocido test del malvavisco para incidir en que la resistencia a la frustración y la capacidad para dosficarnos las recompensas es la clave de una vida lograda.
  También es muy interesante la división de la pesonalidad en cinco tipos, como se describe en el primero de los cuatro interesantes documentales realizados acerca de este experimento y que se enlazan a continuación:









domingo, 17 de septiembre de 2017

Optimismo y pesimismo

   En el universo existe un planeta en el que todas las personas nacerán por segunda vez. Tendrán entonces plena conciencia de la vida que llevaron en la tierra, de todas las experiencias que allí adquirieron.
   Y existe quizás otro planeta en el que todos naceremos por tercera vez, con las experiencias de las dos vidas anteriores.
   Y quizás existan más y más planetas en lo que la humanidad nazca cada vez con un grado más (con una vida más) de madurez.
   Esta es la versión de Tomás del eterno retorno.
   Claro que nosotros, aquí, en la tierra (en el planeta número uno, en el planeta de la inexperiencia), sólo podemos imaginar muy confusamente lo que le ocurrirá al hombre en los siguientes planetas. ¿Sería más sabio? ¿Es acaso la madurez algo que pueda ser alcanzado por el hombre? ¿Puede lograrla mediante la repetición?
   Sólo en la perspectiva de esta utopía pueden emplearse con plena justificación los conceptos de pesimismo y optimismo: optimista es aquel que cree que en el planeta número cinco la historia de la humanidad será ya menos sangrienta. Pesimista es aquel que no lo cree.

Milan Kundera: La insoportable levedad del ser, V, 17


jueves, 14 de septiembre de 2017

Las sombras de la noche

[ Toda criatura humana está destinada a constituir un profundo secreto y misterio para todas las otras. Es una consideración solemne que, cuando llego a una gran ciudad de noche, cada una de esas casas arracimadas lóbregamente encierra su propio secreto; que cada habitación en cada una de ellas encierra su propio secreto; que cada corazón palpitante en los centenares de millares de pechos que allí se esconden, es, en algunas de sus figuraciones, un secreto para el corazón más próximo, el que dormita y late a su lado. Y hay en todo ello algo atribuible al espanto ], algo de común con la muerte. No podré volver más las hojas de ese libro amado que esperaba leer hasta el fin; no sondearé más con la mirada esa agua profunda donde a la luz de los relámpagos vislumbré un tesoro. Estaba escrito que el libro se cerraría para siempre tan pronto como hubiera descifrado la primera hoja; estaba escrito que el agua en la que hundía mis ávidas miradas se cubriría con un hielo eterno en el momento en que la luz se reflejara en su superficie, y que me quedaría en la orilla, ignorando las riquezas que contenía. [ Mi amigo ha muerto, mi vecino ha muerto, mi amor, la niña de mi corazón, ha muerto: es la inexorable consolidación y perpetuación del secreto que siempre hubo en ellos ], como hay uno en mí que me llevaré a la tumba. [ En cualquiera de los cementerios de esta ciudad por la que paso, ¿hay durmiente para mí más inescrutable que sus atareados habitantes, en su individualidad más íntima, o de lo que lo soy yo para ellos? ]

Charles Dickens: Historia de dos ciudades, cap. 3.

Traducciones de: Javier Marías (Berta Isla. Madrid. Alfaguara, 2017, págs. 540-541 y 543 [entre corchetes]) + A. de la Pedraza (Madrid: Alba Editorial, 1999, pág. 24).

domingo, 23 de abril de 2017

Elogio de Montaigne

   


   Durante años, Michel de Montaigne (Burdeos, 1533-1592) ha sido, incluso en su país, un literato para los filósofos y un filósofo para los literatos, de esta manera nadie tenía que leerlo. Con el tiempo, ha terminado interesando a todo el mundo, lo reivindican los filósofos, lo alaban los críticos literarios, porque al fin y al cabo se trata de un filósofo con un gran estilo literario, ahí es nada.
   Montaigne es el primer gran biógrafo de sí mismo ("Me estudio a mí mismo más que cualquier otro asunto. Ésta es mi metafísica, ésta es mi física", III, XIII), y referencia obligada para comprender a Rousseau, a Proust, a Pla y en general a todos los cultivadores de la llamada literatura del yo.
   Montaigne da nombre a un género: el ensayo. No es que no existiera antes de él, es que nadie lo había cultivado de un modo tan particular. Sus predecesores son variados e interesantísimos: Platón, Plutarco, Séneca, Macrobio, Valerio Máximo o Aulo Gelio, a todos los reconoce como auténticos maestros, y todos practican esa mezcolanza tan propia del ensayo, que da lugar en nuestro siglo de oro a las misceláneas, y cuya influencia llega hasta los libros heterogéneos tan actuales; pero ya antes, en Inglaterra, nos conduce desde Francis Bacon, Samuel Johnson, Charles Lamb, William Hazlitt, Matthew Arnold y tantos otros hasta Robert Louis Stevenson, Oscar Wilde o Virginia Woolf. Todos están en deuda con el primero de los ensayistas.
   Montaigne es el primer pensador importante en lengua francesa, ya que abandona el latín como lengua de cultura para intentar acceder a un público más amplio, algo que después continuarán tras su estela Descartes o Pascal.
   Montaigne es un gran filósofo. Y no precisamente un "escéptico" como se ha dicho tantas veces, lo que ocurre es que ve el mismo problema desde distintos puntos de vista, y en el curso del tiempo puede defender ideas diversas dependiendo de sus lecturas y sus vivencias, eso no es escepticismo, es atención a las diferencias y los matices, y el reconocimiento de que no siempre pensamos lo mismo ni del mismo modo. Para Montaigne, todo se mezcla con todo, es imposible establecer verdades talladas en piedra, más bien hemos de buscarlas y hasta inventarlas, empezando por nosotros mismos, por ello es tan preciso estudiarnos, y ayudarnos para ello de los que se han estudiado antes a sí mismos.
   Montaigne es un maestro de sabiduría, a veces estoico y a veces epicureo, no cesa de citar a Séneca, pero defiende el placer porque está en nuestra naturaleza. Montaigne consuela como ningún otro autor, porque no intenta doblegar la realidad, sino comprenderla y pactar con ella.
   Por último, Montaigne es una referencia para Quevedo, Nietzsche, Flaubert, Azorín, Zweig y tantos otros que lo han leído y admirado. Tantas cabezas, tan elevadas y distintas, no pueden ir mal encaminadas.



   En España, y después de muchos siglos con ediciones mediocres o incompletas, contamos en la actualidad con al menos dos ediciones excelentes de la totalidad de los Ensayos, una de ellas bilingüe, además de con varias selecciones meritorias y hasta un buen número de monografías sobre el autor. Podría decirse que es incluso un éxito de ventas, no sabemos si también será leído, pero al menos ya está en las bibliotecas y en las librerías, entre libros, como el propio autor deseó vivir siempre, en la famosa torre de su castillo de Burdeos.



[23 de abril de 2017. Día del Libro] 

domingo, 19 de marzo de 2017

Coetzee y Platón


   Para el que según una parte importante de la crítica literaria es el mejor novelista en activo, J. M. Coetzee, Platón es un viejo referente. Le hizo un guiño indirecto en su novela-ensayo Elizabeth Costello al criticar la idea de que cualquier cosa, incluso los más horrendos crímenes, tienen cabida en una obra de ficción. Ese moralismo estético remite a la República, donde se expulsaba (más bien se invitaba a no entrar) a los pintores y se conminaba a los poetas a no dar falsas imágenes de los dioses como seres volubles y caprichosos, es decir, a no servir como vehículo de ideas falsas o engañosas. ¿Es lícito representar fielmente en una obra de ficción sucesos degradantes, horrendos, en el límite de lo soportable? No sabemos si la postura de Costello es exactamente la de Coetzee, pero en todo caso gracias a ambos comparece de nuevo una pregunta que no debería nunca abandonar los debates estéticos.
   La República a la que pertenece la ciudad de Novilla es imaginaria, en ella se habla español, y es el lugar de acogida, humanitaria pero fría, de todos aquellos que tras un viaje en barco a través del océano deciden dejar sus recuerdos atrás para iniciar una nueva vida. Con cierto automatismo, los ciudadanos cumplen de buen grado sus tareas, van al trabajo, cobran sus sueldos básicos, practican el vegetarianismo y desprecian la técnica. Han acallado la voz del cuerpo, los estibadores estudian filosofía y discuten en asambleas improvisadas todo tipo de cuestiones, siempre con la mejor voluntad. Hay mucha resistencia a cambiar las costumbres, como si las hubieran fijado largas discusiones encaminadas al bien general. 
   A esta ciudad llegan un "viejo" de unos cuarenta y cinco años y un niño de cinco buscando como todos una nueva vida pero también a la madre del niño, que perdieron de vista al embarcar. El hombre, llamado Simón, se ha hecho cargo del niño durante la travesía, y lo quiere tanto como si fuera su hijo; aun así lo entrega a una mujer ociosa llamada Inés, guiado por la intuición de que ella es su verdadera madre, idea que la gélida y virginal mujer hace suya con un coraje extraordinario y visceral. A partir de ahí formarán un trío extraño que gira alrededor del caprichoso, carismático niño Jesús, de nombre David por asignación (tras el viaje han perdido sus recuerdos concretos). El niño tiene el poder de arrastrar a todo el que trata con él, empezando por el padrino y su madre autoinducida, pero también otros niños y adultos, dispuestos a abandonar en muchos casos su vida corriente para seguirlo en su iluminada e infantil lucha contra un poder (sobre todo el escolar) que coarta su dislocada pero sugestiva visión del mundo. Su modelo en esta cruzada, con el que aprende a leer, es nada menos que Don Quijote.
   El simbolismo parece demasiado explícito: Platón y Jesús. La razón y la irracionalidad. El orden político y la religión... Pero Coetzee no es alegórico. Las alusiones son equívocas, en ese mundo ordenado pero decadente de Novilla circulan también el mal y el desinterés, se regula hasta la pasión sexual y se permiten desigualdades absurdas. El niño Jesús-David es un tiranuelo que exige la sumisión absoluta, practica la piedad hacia los seres más desvalidos y reparte un amor total aunque inconstante. Sus padres adoptivos se lo toman muy en serio, el viejo Simón le explica con pelos y señales la realidad del mundo, como si hablase con un adulto, y el niño acepta o rechaza no se sabe si con una sabiduría superior o desde la pura demencia. ¿Pero qué es la realidad? Un fruto de la memoria. Los recuerdos no se borran totalmente, la memoria inventa o se autoconvence de una fantasía mil veces repetida. Lo que interpretamos se mezcla con lo que vemos, lo que presentimos con lo que sabemos, y la realidad se vuelve cada vez más ambigua.
   Como novela, La infancia de Jesús despierta todo tipo de sensaciones estéticas y reflexiones filosóficas, no puede dejar indiferentes. A capítulos para enmarcar suceden conversaciones que uno tacharía de arriba abajo. "Desconcertante", dijo Guelbenzu en su crítica, quitándole no pocos lectores. No, no es desconcertante, sino impactante.