El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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jueves, 29 de agosto de 2019

Monsieur Teste, el libro



   Es uno de esos libros que se pueden visitar por cualquier página y siempre nos dice algo. El título, por ejemplo, habría que llevarlo mas a tester que a tête, más al ensayo y las experiencias que a la cabeza y al intelecto. Así, la traducción libre sería "Señor Ensayo" o, como diría Musil, "Monsieur le Vivisecteur" (entendido al modo de Nietzsche como un "Herr Genealogist"). Tendríamos que relacionarlo, por tanto, con el Señor de la Montaña y sus Essais, que no sólo ensayan y catan, sino que comprueban y retuercen, como los de Bacon y tantos otros ensayistas ingleses, y tal vez Galileo sopesaba todo esto, incluido el posterior interés de Valéry por la física, cuando puso como título a su libro de 1623 El Ensayador y hablaba allí metafóricamente de la naturaleza como un libro escrito en lenguaje matemático. Portentosa imagen la de la naturaleza y el libro, no tarda en reaparecer en Descartes cuando habla del “libro del mundo” en su Discurso o Ensayo previo a sus tratados de 1637. Sobre Descartes también se explaya Valéry en varios textos a los que habría que volver después de los circunloquios de su Ensayador; y naturalmente, habría que terminar en Blumenberg y su tremenda exposición sobre La legibilidad del mundo. Un libro lleva a otros diez si es bueno, y a toda una biblioteca si es de los imprescindibles; aunque en algún momento tendremos que volver a la actitud ingenua y creer ingenuamente que un libro es solo un libro. 
 
 

domingo, 23 de junio de 2019

El tiempo de la protesta


   Sinéad O’Connor tenía que haber interpretado "I Believe in You", una canción de la penosa etapa religiosa de Bob Dylan, en el concierto homenaje por sus 30 años de carrera en el Madison Square Garden de Nueva York. Volaba el año 1992, y unos días antes la cantante irlandesa había aparecido en un programa de televisión como invitada musical, montando un buen pollo al cantar a capella la canción "War" de Bob Marley, en la que sustituía algunas palabras a fin de denunciar el abuso a menores por parte de la Iglesia católica. No olvidemos que se trata de una cantante irlandesa, y que en ese tiempo el escándalo no dejaba de crecer ante la pasividad de la jerarquía eclesiástica. Cuando terminó de cantar, mostró ante las cámaras una foto de Juan Pablo II y la rompió.
   Dos semanas después, cuando subió al escenario para homenajear a un Dylan que acababa de cumplir cincuenta años, el público rompió a abuchear a la cantante y ésta no quiso ni comenzar su tema. Volvió a gritar a capella la canción de Bob Marley y se retiró llorando y sin que cesaran los insultos "de los bastardos", como le había dicho al oído Kris Kristofferson. No sabemos qué pasó entre bambalinas; pero Dylan no hizo nada por calmar los ánimos, y sólo apareció al final del concierto como estaba programado, tan hosco y malhumorado como siempre, tal vez algo más. La cantante insultó a mucha gente, incluso al propio Dylan, en esos momentos ya más cerca de Juan Pablo II que de Bob Marley. Cabe suponer que el joven abucheado en Londres por haber cambiado la guitarra acústica por la eléctrica, el inventor del folk-rock, por un lado podría sentirse próximo a la veinteañera vilipendiada por una multitud puritana (en un concierto de homenaje a Bob Dylan, toda una paradoja); pero, por otro lado, Dylan se ha ido haciendo un puritano también. En 1997 llegará a tocar ante 300.000 jóvenes en Bolonia, invitado por el Papa, quien, allí presente, interpreta a su manera el mensaje de "Blowin' in the Wind" parafraseando su letra: "¿Cuántos caminos hay? Hay uno solo: ¡Cristo! ¡Cristo es el camino que el hombre ha de recorrer antes de ser llamado hombre!"
   Al final del concierto de 1992, la cantante irlandesa reapareció con cara de pocos amigos. Se puso a fumar delante del único micrófono que quedaba para un buen número de artistas invitados. No coreaba, no cantaba, apenas intentó unos contrapuntos en "Knockin' On Heaven's Door": su carrera en Estados Unidos parecía acabada. Al año siguiente, Juan Pablo II reconoce los abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia americana y ofrece toda su colaboración para perseguir a los culpables.

martes, 11 de junio de 2019

Dos son las montañas


Dos son las montañas
luminosas y claras:

la montaña de los animales y
la montaña de los dioses.

Pero entre ellas yace en penumbra
el valle de los hombres.

Si alguna vez mira uno hacia arriba,
lo sobrecoge, vislumbradora,
una nostalgia inextinguible,
a él, que sabe que no sabe,
de quienes no saben que no saben,
y de quienes saben que saben.

PAUL KLEE

sábado, 1 de junio de 2019

Los sueños de Descartes

Adrien Baillet: La Vie de Monsieur Descartes (1691)

   En el proceso de duda metódica descrito en su Discurso del Método (1637) y especialmente en la primera de las Meditaciones Metafísicas (1641), Descartes plantea la duda de que el mundo que tomamos por real sea sólo un sueño. Nos hace ver que a veces tenemos sueños con tal viveza que nos convencen de la realidad de sus contenidos con la misma fuerza que, despierto, tomamos por real lo que nos rodea. A veces no sabemos si soñamos o estamos despiertos. Descartes lo sabía bien. Los sueños tenían para él, desde muy joven, un fuerte poder de sugestión, como queda demostrado en el relato de los que tuvo en la noche del 10 al 11 de noviembre de 1619, y que describe como culminaciones de "la invención admirable", es decir, de su método. De hecho, ese día se supone que ha encontrado la formulación explícita de un procedimiento que ya venía usando en la resolución de problemas de tipo científico desde su adolescencia, aunque de manera oscura. Habría desentrañado las famosas reglas del método.
   Las circunstancias del hallazgo son muy conocidas: estando acampado en los alrededores de Ulm, y pernoctando en una habitación templada con el calor de una estufa, pasó una fructífera jornada sumido en cavilaciones acerca de "los fundamentos de una ciencia admirable" (en palabras del propio Descartes). Una vez acostado tuvo los tres sueños que Adrien Baillet resume en la primera biografía del filósofo, quien pudo consultar el cuaderno con la rúbrica Olympiques, hoy desaparecido, donde los dejó Descartes por escrito. El relato de Baillet se condisera fidedigno, tanto en lo que respecta a los sucesos de cada uno de los sueños como a la interpretación que el propio Descartes habría aventurado para cada uno de ellos.
   Primer sueño:  Acosado por unos fantasmas que lo espantan, se encuentra caminando dificultosamente por la calle. Ha de apoyarse sobre su costado izquierdo, ya que el derecho lo nota muy débil. Avergonzado de marchar de esta manera, se esfuerza por enderezarse, pero una especie de torbellino ventoso lo hace girar sobre sí varias veces y cree que va a caer en cualquier momento. Ve entonces un colegio abierto y se propone entrar en él con la intención de ir a la capilla a rezar. Un desconocido pasa y él intenta volver sobre sus pasos para saludarlo, pero es rechazado por el viento que lo empuja hacia el colegio, en cuyo patio otra persona lo llama por su nombre y le pregunta si quiere buscar al señor N., que tiene algo para darle. Descartes supone que se trata de un melón, traído de un país extranjero. Se sorprende de que todos están erguidos y firmes, mientras que él apenas puede mantenerse en pie. 
   En este momento, Descartes se despierta y una hora después siente un dolor que atribuye, como el sueño, a un "genio maligno". Después de un intervalo de dos horas, vuelve a dormirse.
   Segundo sueño: Oye un ruido agudo y violento que toma por un trueno. Espantado, abre los ojos y ve chispas de fuego dispersas por el cuarto. Razonando que en otras ocasiones se había despertado en mitad de la noche con los ojos chispeantes y ciegos, logra calmarse abriendo y cerrando los ojos hasta disipar su espanto. Se vuelve a dormir.
   Tercer sueño: Sobre una mesa se halla un libro, pero no sabe quién lo ha puesto allí. Lo abre y comprueba que es un Diccionario. Se siente deslumbrado ante la posibilidad de que le sea útil. Otro libro cercano resulta ser una antología de poemas titulado Corpus poetarum, lo abre y cae sobre los versos Quod vitae sectabor iter? / ¿Qué camino seguiré en la vida? (Ausonio). Una persona desconocida le presenta una obra en verso calificándola de excelente: empieza por Est et Non / Sí y No. Descartes reconoce otro de los idilios de Ausonio y se dipone a mostrárselo en el libro que dice conocer perfectamente. El hombre le pregunta de dónde ha tomado el libro, y Descartes confiesa no poder decírselo. Alude al otro libro, el Diccionario, que después de desaparecer vuelve a estar presente, pero ya no intacto. Encuentra las poesías de Ausonio, pero no la que está buscando y le ofrece al desconocido mostrarle la composición que vio al principio. Mientras la busca repara en unos pequeños retratos grabados en el libro, que no recuerda de la edición que posee de la antología. De inmediato, libros y desconocidos desaparecen. Sin despertar, ya que el propio Descartes duda si lo vivido es sueño o visión, decide la interpretación de este sueño de esta manera: el Diccionario sería el conjunto de las ciencias reunidas; el Corpus poetarum la filosofía y la sabiduría unidas, ya que reconoce en los poetas sentencias más graves y sensatas de las que se hallan en los escritos de los filósofos. Atribuye esta maravilla al entusiasmo y la fuerza imaginativa propia de los poetas, que hace surgir las semillas de sabiduría propias del espíritu de todos los seres humanos como las chispas de fuego saltan del sílex, algo que por su parte la razón no logra en los filósofos. Pone como ejemplo la sabiduría del poema que comienza con el interrogante sobre el género de vida que debemos elegir.
   Una vez despierto, Descartes prosigue la interpretación del tercer sueño. En la pieza que arranca con "El Sí y el No de Pitágoras", como titula Ausonio, descubre la verdad y falsedad en los conocimientos humanos y las ciencias. Se persuade de que es el propio Espíritu de Verdad quien quiere abrirle los tesoros de las ciencias a través de los sueños de esa noche. Sólo le resta por explicar los pequeños retratos, y los asocia con la visita el día anterior de un pintor italiano.
   El tercer sueño es apacible y agradable, y anuncia su propio porvenir. Los dos primeros son advertencias sobre su vida pasada. El melón que aparece en el primero, por ejemplo, lo liga a los encantos de la soledad; pero una soledad ligada a preocupaciones puramente humanas; el viento que lo empuja lo relaciona con el Genio Maligno que trata de llevarlo por la fuerza a un lugar al que tenía la intención de ir voluntariamente. El horror del segundo sueño estaría relacionado con los remordimientos por sus pecados y la luz con la señal del Espíritu de Verdad que desciende sobre él para poseerlo. Añade finalmente, según el relato de Baillet, que a pesar de tratarse de una fecha festiva no había bebido vino en los últimos meses, y que "el Genio, que hizo surgir en él el entusiasmo por el cual sentía el cerebro caliente desde días atrás, le había predicho esos sueños antes de meterse en la cama".

*

René Descartes: "Olympiques", en OEuvres Philosophiques 1 (1618-1637). Edición de F. Alquié. París: Garnier, 1963 (reed. 1976). pp. 52-63.


viernes, 3 de mayo de 2019

Ciencia Ficción profundamente filosófica



Tan contundente como siempre, en uno de sus artículos ("Sortir du XXe siècle", del año 2000) dice Michel Houellebecq que "la literatura más brilante e inventiva" del siglo XX es de ciencia ficción. Añade también que dentro de ésta hay una producción de novelas y cuentos profundamente filosófica y profundamente poética. Los nombres que aduce son moderadamente conocidos por los aficionados: Clifford D. Simak y su impresionante Ciudad, de 1952; R. A. Lafferty con un relato no traducido al castellano, "The World as Will and Wallpaper", de 1973 y Llegada a Easterwine (1971) novela que se ofrecía como la primera autobiografía de una máquina pensante o inteligencia artificial; y, ya sin obras concretas, nombra a Ballard, Disch, Kornbluth, Spinrad, Sturgeon y Vonnegut. 
   La ciencia ficción es literatura de género, y los géneros (el terror, las policiacas, el western, la fantasía...) tienen su propio público, que a menudo sólo lee este tipo de libros. Pero hay tantas maravillas incluidas en los conjuntos estancos de los géneros que sólo cabe agradecer el artículo de Houellebecq, tan hiperbólico además: debe de haber suscitado mucha curiosidad entre los lectores de literatura digamos "normal", si es que la de Houellebecq puede considerarse como tal.
   Pues bien, además de valorar la literatura de género de la ciencia ficción, Houellebecq confirma según decíamos que incluye obras profundamente filosóficas y profundamente poéticas. Ante este reclamo ya es imposible seguir ignorándolas. No alude, y bien podría haberlo hecho, a Lem, Bradbury, Orwell, Clarke, Asimov y otros nombres reconocidos tanto por su estilo como por su altura de ideas. Prefiere señalarnos autores menos evidentes. De todos ellos habría mucho que hablar e investigar; pero vamos a detenernos unos instantes en una novela corta (género maldito dentro de otro género maldito) de uno de los menos renombrados autores de arriba: Jinetes de la antorcha (1972) de Norman Spinrad. 
   El argumento parte de una Tierra definitivamente destruida, y de una flota de naves terrestre que surca el amplio espacio en busca de un nuevo hogar. Con el paso de los siglos, las naves o antorchas se han ido reparando y hasta incrementado gracias a una tecnología que permite recoger materia y transformarla. Además, las antorchas se propulsan con hidrógeno estelar, luego son prácticamente eternas. La vida en el centro de la Migración va perdiendo el contacto con el planeta originario. Los humanos pueden vivir cualquier tipo de vida a través de una compleja tecnología que combina la realidad virtual con el pensamiento: la representación crea la realidad, el pensamiento es la experiencia. Artistas como Jofe D'mahl produce "sensos" u obras capaces de enriquecer la experiencia de los demás. Periódicamente, naves rastreadoras pilotadas por "sorbevacíos" horadan el inmenso espacio negro en busca de un planeta habitable, a solas, sin las posibilidades hedonistas del núcleo central de antorchas. Cada noticia de un nuevo planeta que podría ser el ansiado nuevo hogar es recibida con alborozo por la población de la migración; pero ninguno termina confirmado, sólo se encuentran astros estériles, de piedra y arena, con atmósfera irrespirable y temperaturas insoportables. Aun así los "sorbevacíos" muestran una pasión en su tarea que despierta la curiosidad de un artista de las experiencias posibles como es D'mahl, y por ello se embarca en una antorcha para conocer el secreto, nunca revelado, de estos pilotos. Lo que descubre es doble: en primer lugar que su particular experiencia privilegiada (su "llamada") es la terrorífica inmersión a solas en el vacío cósmico durante periodos de uno o dos días, una suerte de experiencia budista que los transforma e ilumina. En segundo lugar le confiesan que, son conscientes de que sus viajes son inútiles: no hay vida ni planetas habitables. Antes de llegar a ellos ya saben el resultado, y aun así creen, al modo de Unamuno, que su tarea es dotar de ilusiones a sus congéneres.
   Spinrad plantea una gran variedad de inquisiciones filosóficas: la metáfora del naufragio exitoso de la Humanidad, reparando sus propias naves y perfeccionando su mundo gracias al reciclaje podría haberla imaginado el poético Hans Blumenberg; la equiparación de pensamiento y realidad que caracteriza al egoico D'mahl es tan extrema como la de Parménides y tan obvia como la de Descartes, Hegel y Husserl. Ahora bien, la compleja e inmediata red de interconexiones con las máquinas y con los demás a través de la realidad virtual no logra resolver el problema del otro como radical alter ego ni el del agotamiento de los recursos propios por muy imaginativos que éstos sean, con el tedio consiguiente, y por eso D'mahl reconoce que para producir sensos u obras nuevas tiene que ayudarse en parte de experiencias inéditas. Lo que descubre al sumergirse en el vacío es muy existencialista: la fuente del Ser no es el pensamiento ("la conciencia es lo importante", afirma en tono husserliano) sino la Nada ("una burbuja de sensación dentro de una nada que no conocía sensaciones ni se conocía a sí misma"). Ahora bien, este camino es paradójico: la Nada es (¿es?) en sí misma ausencia de respuestas, simple estremecimiento de angustia en un vacío que no es nada. Esta experiencia logra rehabilitar la conciencia fundamental del ego cartesiano: "la réalité c'est moi", concluye D'mahl. ¿Vuelta al principio? Sí, pero es una vuelta enriquecida con rasgos de mandala: a salvo de la teología, de la añoranza del Paraíso y por supuesto de castigos y traumas infantiles. "Abandonaremos las cosas de la infancia: dioses y demonios, soles y planetas, culpas y lamentaciones." Es como si la nada en el centro de la conciencia nos susurrara como afirman los pilotos que no somos libres en realidad o, como cree Sartre, que somos esencialmente libres y por tanto repletos de posibilidades, nada más y nada menos.

Primera imagen real de un agujero negro (2019)
 

jueves, 24 de enero de 2019

Lo Que Hay

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Julio Casares: Diccionario Ideológico de la Lengua Española. Barcelona: Gustavo Gili, 2ª ed (14ª tirada), 1987, pp. xxxiv-xxxv.

domingo, 27 de mayo de 2018

Platón: Mito de la Caverna

   Una vez más, llegamos al Mito de la Caverna, dispuestos a hacer algo de espeología filosófica. Entramos en el terrreno de las metáforas primigenias, y en concreto una a la que Hans Blumenberg ha dedicado uno de sus más voluminosos trabajos: Salidas de caverna (1989). No se puede dejar de lado en este relato filosófico, el más famoso de la antigüedad, el peso del tópico tanto en sentido positivo (el lugar común llega a serlo porque de una forma u otra expresa una cierta verdad), como negativo (el tópico suele tergiversar una verdad más profunda). Entre ambas aguas, la de lo consabido y la interpretación actualizada, salimos al encuentro de esos prisioneros "con las piernas y el cuello encadenados" de modo que no pueden girar la cabeza, obligados por tanto a mirar siempre de frente a una pared en la que se proyectan unas sombras que, junto con todo lo que rodea el entorno de la caverna, constituyen su mundo (es el llamado "mundo sensible" platónico). Esas sombras son la porción más baja de contacto con la realidad, ya que son copias o reproducciones de otros seres y objetos no visibles directamente por los prisioneros, como son: en primer lugar los compañeros de cautiverio, a los que ya decíamos no cabe mirar directamente, y en segundo lugar una serie de porteadores que llevan en parlanchina procesión objetos tallados de seres naturales o fabricados (copias de otros hombres, animales, árboles o utensilios). De todo ello, los prisioneros sólo tienen experiencia a través de las sombras proyectadas en el fondo de la caverna, gracias a un fuego que llamea detrás de la pared a la que están atados y que los separa del camino por el que pasan los porteadores. 
   Esta extraña introducción es rápidamente llevada al nivel de la analogía cuando Platón advierte que ellos, los prisioneros, "son como nosotros". Entramos así en el terreno de la alegoría, en concreto a través de signos que no sólo sustituyen sin más a otros objetos (los llamados signos arbritrarios, según Gilbert Durand), sino que mantienen una semejanza con lo que sustituyen, aunque su significado simbólico permanezca irremediablemente ligado al terreno de la interpretación y el conocimiento indirecto.
   En principio, la caverna sustituye al mundo de la experiencia, los prisioneros parecen simbolizar a los seres humanos y sus creencias cotidianas (nuestras almas atadas al cuerpo, si se quiere ser más platónico), las sombras a las simples opiniones basadas en prejuicios sin contrastar, los objetos construidos a las captaciones directas de los entes, aún sin explicación racional; por fin, los porteadores serían los maestros que enseñan una cosa u otra sin buscar la verdad sino la utilidad: los sofistas, desde luego, pero también esos políticos que inflaman a la asamblea con argumentos sentimentales, o los abogados que convencen al jurado con su oratoria estudiada. Pues bien, esos objetos fabricados que igual representan a un ser vivo que a una herramienta son como los objetos que percibimos directamente a nuestro alrededor, por tanto son comparativamente más reales y verdaderos que las simples representaciones cambiantes (o simple elucubraciones) que se relacionan con las sombras en movimiento del fondo; pero no por ello dejan de ser apariencias, en el terreno de la realidad, o simples opiniones en el terreno del conocimiento, aunque podrían estar acertadas. En efecto, opiniones verdaderas aparecen a menudo en la política y en la vida cotidiana; pero si no somos conscientes de que lo son, son semejantes a esas preguntas que acertamos por casualidad en un examen tipo test. No dejamos de estar aquí en el terreno de las simples creencias, no hay saber que se sabe verdadero, ni ciencia con arreglo a un método.
   Veamos ahora, dice Platón, qué le pasaría a uno de los prisioneros en "el caso de una liberación de sus cadenas", es decir, de una "curación de su ignorancia". Magnífica metáfora para la adquisición de conocimientos o para el tema general de todo el mito, que se advierte desde el principio es el de "la educación" de nuestra naturaleza. El remedio para la ignorancia es literalmente una liberación de las metafóricas cadenas que nos atan a los prejuicios. Sugiere Platón que esa liberación se realiza con ayuda, ya que el prisionero es desatado y forzado a examinar el interior de la caverna. Introduce así la figura del educador, el filósofo o el gobernante que se ocupa de los que precisan formación, pero no de un modo invasivo, sino como una especie de acompañante que ayuda mayéuticamente a alcanzar el saber mediante argumentos que conducen a unas conclusiones que parecen surgir del propio entendimiento. El prisionero observa el extraño panorama del interior de la caverna, pero no llegará a entenderlo bien en un primer momento, y se verá en dificultades para responder a las preguntas acerca de relaciones, semejanzas o participaciones con lo que tomaba por real. La metáfora más brillante en este momento es la de la luz (por ahora, la del fuego), que ciega los ojos del que está acostumbrado a pensar siguiendo la senda del azar y la adivinación. Con ese dolor en los ojos asociaremos las resistencias a la enseñanza, las molestias e irritaciones que son indisociables del estudio y la educación.
   El prisionero será arrastrado hasta el exterior de la caverna, y de ese modo llegará a entender que hay otro mundo, el llamado "mundo inteligible" o "mundo de las formas" platónicas. Aunque Platón se sirve de la patencia de la naturaleza bien iluminada por el sol, pretende hacernos "ver" que este mundo ya no es sensible sino intelectual, y mucho más luminoso (por tanto, más verdadero) que cualquier paisaje al mediodía. Lo que aquí aparece ya no se capta con la vista, sino con la inteligencia. Eso sí, de nuevo hay que proceder con orden, con método, y comprender primero lo más elemental hasta llegar al saber último. Primero hay que recorrer el camino que conduce a las formas, a las ideas (esto es, entre otras cosas, a los conceptos o las esencias-definiciones de lo real); ese camino está compuesto de formulaciones u objetos matemáticos que, como seres intermedios entre lo sensible y las propias ideas (matemáticas o de otro tipo), sirven de preludio a la comprensión dialéctica. En fin, es tema debatido el de las "sombras" y "reflejos" matemáticos en Platón; pero siguiendo a Aristóteles parece que estos objetos son todavía múltiples, mientras que las ideas son únicas (Metafísica, 987b), tal y como hay muchos triángulos pero una sola idea de triángulo. Los objetos que en el exterior se pueden ver ahora representan a las ideas o formas tanto de seres naturales como artificiales, con lo que sugiere Platón la estratificación y jerarquía del conocimiento dialéctico (el terreno de la Lógica, en primer lugar, seguido del de las diversas ciencias, ya sean naturales o técnicas). Por fin, cuando cae la noche aparecen otras luces por encima de los objetos ahora en la sombra: son los astros, las estrellas y la luna, manifestaciones brillantes de un saber más digno y más difícil de lograr, el de la Ética y la Estética, y cómo no, el de la Política. ¿Cómo no sería más digna de consideración la investigación de la Justicia que la de los tipos de minerales? Platón es un aristócrata del saber, el cual considera sometido a una escala de gradaciones; para él las llamadas hoy Ciencias Sociales están por encima de las Ciencias Naturales, aunque para avanzar en las Letras se precise de una sólida formación lógico-matemática.
   Por último, cuando llegue el nuevo día, el Sol que representa la Idea de Bien nos descubrirá la penetrante armonía subyacente a todo lo existente, de la mano de la ciencia dialéctica. El docto evadido de la caverna, convertido en sabio filósofo, se acuerda entonces "de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus entonces compañeros de cautiverio", y aunque ahora lo que menos echa de menos es precisamente ese juego de adivinaciones en que consiste el mundo de las simples opiniones, se ve obligado a retornar abajo para intentar "desatarlos y conducirlos a la luz"; lo que podría acarrearle las mismas consecuencias que al buen Sócrates.
   El final del mito es éste, el de la poderosa imagen del filósofo asesinado a manos de una turba ignorante e incapaz de comprender su deseo de conducirlos a una vida más digna. La continuación, en el orden de la filosofía platónica, es el Símil de la Línea, que sin embargo aparece expuesto en la República con anterioridad (VI, 509d-511e) a este inmortal Mito de la Caverna (VII, 514a-517a).


sábado, 5 de mayo de 2018

Posverdades de la filosofía griega

   Son conocidas y muy lamentables las vicisitudes por las que han tenido que cruzar los textos filosóficos griegos hasta llegar a nosotros, las dificultades para la supervivencia de los textos escritos y obviamente de los orales. Igual que no se conservan pinturas del periodo clásico, los libros originales se han ido perdiendo, a menudo por ser obras únicas, otras veces porque aun siendo copiadas y recopiadas no han sobrevivido al paso de los siglos y a los materiales en que se grabaron las palabras. Cuánto no daríamos por tener como el Fausto de Valéry las Obras Completas de Heráclito en nuestras bibliotecas, o las publicadas por Aristóteles, o los setenta libros de Epicuro... Tenemos que conformarnos a menudo con referencias en compendios incompletos, provenientes de fuentes contradictorias, o de estudios muy posteriores a los siglos en que los pensamientos eran leídos y discutidos de primera mano.
  Esa masa de información directa e indirecta, fragmentaria y enigmática, es el placer y el tormento del hermenéuta y del filólogo. De ella surgen a veces, como epítomes en una frase, ciertos lugares comunes que hasta el menos interesado en estos temas llega a conocer y a dar por válidos, atribuyéndolos de manera indudable a algún autor más o menos complejo, pero que ahora, y gracias a estas frases resumidas, queda a disposición general para su uso en conversaciones y erudiciones de salón (o de chat). Son las posverdades de la época clásica.
  Con la ayuda de la mejor Historia de la Filosofía Griega publicada hasta el momento, la de W. K. C. Guthrie, así como de los textos conservados, se puede seguir la pista a algunos de estos tópicos recurrentes, descubriendo de dónde proceden, para situarlos en su justa posición histórica. Veamos tres ejemplos famosos:

1. "Todo fluye", sentencia atribuida unánimemente al filósofo conocido como el Oscuro, Heráclito, sólo es recogida por Simplicio, y según Guthrie es poco probable que sea original. Sin embargo, la que suele darse como su continuación, "Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río", sí podría resumir con una imagen poderosa el flujo cambiante de la realidad que caracteriza al filósofo del devenir. Esta metáfora del río sí encuentra confirmación en fuentes fiables como Platón, Aristóteles o Plutarco.

2. "Sólo sé que no sé nada", la irónica reflexión atribuida desde la noche de los tiempos a Sócrates, no aparece tal cual en ninguna fuente. La frase así expresada por lo demás es problemática desde el punto de vista lógico, puesto que no es posible saber que no se sabe (nada) sin incurrir en una contradicción en los términos, ya que al mismo tiempo que se dice no saber, se está afirmando que se sabe algo, esto es: que no se sabe. Aun reconociendo que así expresada-resumida, la idea tiene una carga de sentido paradójico y contundente que la convierten en un feliz hallazgo, en honor a la verdad histórica haríamos bien en remitir a las fuentes reales: la más fiable se halla en la Apología de Sócrates, 23, cuando aludiendo a la seguridad del dios (Apolo) al reconocerlo como sabio, interpreta Sócrates que según éste "la sabiduría humana es digan de poco o de nada" y por tanto que "Es el más sabio el que, de entre vosotros, hombres, conoce, como Sócrates, que en verdad es digno de nada respecto a la sabiduría". También en Teeteto, 150 c-d hay unas bonitas reflexiones (ahora ya platónicas) sobre el paralelismo con las comadronas y la imposibilidad de engendrar ideas por sí mismo, que recuerda al tópico aquí comentado. Pero la expresión más cercana a la fórmula la remite el erudito Grote a Arístides, alumno socrático, cuando al parecer aseguraba que "Todos los que lo conocieron coinciden en que Sócrates dijo que no sabía nada"; pero ni siquiera en esta referencia indirecta y no literal se dice exactamente lo que el tópico afirma.

3. "Amigo de Platón pero más amigo de la verdad" es un tópico medieval atribuido a Aristóteles (Amicus quidem Plato sed magis amica veritas); pero que no se corresponde con ningún pasaje exacto de su obra, sólo se le parece uno de Ética a Nicómaco, 1096a, con un tono más suave: "Se trata de salvar la verdad, especialmente siendo filósofos; pues, siendo ambas cosas queridas [la amistad y la verdad], es justo preferir la verdad". Esta cita procede de una refutación de la idea de Bien platónica, y lo curioso es que alude sin citarla a una exhortación del propio Sócrates en el Fedón, 91c: "Os cuidaréis poco de Sócrates y mucho más de la verdad", y en República, 595c dice lo propio Platón con respecto, esta vez, a Homero: "No se debe honrar más a un hombre que a la verdad".

Fuentes:
W. K. C. Guthrie: Historia de la Filosofía Griega. 6 vols. Madrid: Gredos, 1984-1993, págs. 423-424 (nota 96) y 460-463 [Vol. 1]; 387 (n. 38) y 421 [Vol. 3] ; 39-40 (n. 18) [Vol. 6].
Obras de Platón y Aristóteles en las ediciones de Gredos.
 
W. K. C. Guthrie (1906-1981)

jueves, 29 de marzo de 2018

Al señor J. J. Rousseau

30 de agosto [1755]
Muy señor mío:
He recibido vuestro reciente libro* contra el género humano; os quedo muy agradecido. Gustaréis a los hombres, a quienes decís sus verdades, pero no los corregiréis. No es posible pintar con colores más sombríos los horrores de la sociedad humana, de la que nuestra ignorancia y nuestra debilidad esperan tantos consuelos. Nunca se había dedicado tanto talento a reducirnos al estado animal; leyendo vuestra obra entran deseos de andar a cuatro patas. Sin embargo, como hace más de sesenta años que he perdido esta costumbre, me doy cuenta de que por desgracia me es imposible volver a adoptarla, y dejo estos andares naturales a los que son más dignos de ellos que vos y que yo. Tampoco puedo embarcarme para ir en busca de los salvajes del Canadá; en primer lugar porque las dolencias que me abruman me retienen al lado del mejor médico de Europa, y sé que no encontraría los mismo cuidados entre los missouris; y en segundo lugar porque la guerra hace estragos en aquellas tierras, y los ejemplos de nuestras naciones han convertido a los salvajes en casi tan malvados como nosotros. Me conformo con ser un salvaje tranquilo, en la soledad que he elegido cerca de vuestra patria, en la que vos debiérais estar.

Voltaire: Obras. Barcelona: Vergara, 1968, págs. 854-855 [Trad. Carlos Pujol]
  __________
* Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) acababa de enviar a Voltaire su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombre (1755).
 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Predice mi futuro: El Estudio Dunedin

  
   Se conoce como Proyecto o Estudio Dunedin uno de los experimentos más ambiciosos, si no el que más, en la historia de la Psicología. Consiste, puesto que aún se está realizando, en el estudio de por vida de los niños nacidos en el año 1972 en la ciudad neozelandesa de Dunedin, un total de 1037 niños y niñas, que han sido entrevistados y seguidos a lo largo de los últimos 45 años por un amplio equipo de investigadores, liderado en la actualidad por el profesor Richard Poulton. Se ha logrado mantener el contacto con casi la totalidad de los sujetos, a fin de determinar la influencia tanto del ambiente como de la herencia en los rasgos principales de la psicología: la personalidad, la violencia, las enfermedades mentales, etc.
   Las conclusiones del estudio se han contrastado y replicado en otros ambientes, lo que ha podido dar por universales algunas de ellas, por ejemplo con respecto a la violencia y su relación con los trastornos mentales y el temperamento. 
   Otro de los resultados es el refrendo de un experimento anterior. Se confirma que el rasgo más influyente en el desarrollo positivo de los sujetos se puede detectar ya en la tierna infancia, y no es la inteligencia ni algún rasgo físico, sino una actitud personal ante la vida: la capacidad para controlar nuestro comportamiento. En este caso, se siguió el conocido test del malvavisco para incidir en que la resistencia a la frustración y la capacidad para dosficarnos las recompensas es la clave de una vida lograda.
  También es muy interesante la división de la pesonalidad en cinco tipos, como se describe en el primero de los cuatro interesantes documentales realizados acerca de este experimento y que se enlazan a continuación: