El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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domingo, 23 de junio de 2019

El tiempo de la protesta


   Sinéad O’Connor tenía que haber interpretado "I Believe in You", una canción de la penosa etapa religiosa de Bob Dylan, en el concierto homenaje por sus 30 años de carrera en el Madison Square Garden de Nueva York. Volaba el año 1992, y unos días antes la cantante irlandesa había aparecido en un programa de televisión como invitada musical, montando un buen pollo al cantar a capella la canción "War" de Bob Marley, en la que sustituía algunas palabras a fin de denunciar el abuso a menores por parte de la Iglesia católica. No olvidemos que se trata de una cantante irlandesa, y que en ese tiempo el escándalo no dejaba de crecer ante la pasividad de la jerarquía eclesiástica. Cuando terminó de cantar, mostró ante las cámaras una foto de Juan Pablo II y la rompió.
   Dos semanas después, cuando subió al escenario para homenajear a un Dylan que acababa de cumplir cincuenta años, el público rompió a abuchear a la cantante y ésta no quiso ni comenzar su tema. Volvió a gritar a capella la canción de Bob Marley y se retiró llorando y sin que cesaran los insultos "de los bastardos", como le había dicho al oído Kris Kristofferson. No sabemos qué pasó entre bambalinas; pero Dylan no hizo nada por calmar los ánimos, y sólo apareció al final del concierto como estaba programado, tan hosco y malhumorado como siempre, tal vez algo más. La cantante insultó a mucha gente, incluso al propio Dylan, en esos momentos ya más cerca de Juan Pablo II que de Bob Marley. Cabe suponer que el joven abucheado en Londres por haber cambiado la guitarra acústica por la eléctrica, el inventor del folk-rock, por un lado podría sentirse próximo a la veinteañera vilipendiada por una multitud puritana (en un concierto de homenaje a Bob Dylan, toda una paradoja); pero, por otro lado, Dylan se ha ido haciendo un puritano también. En 1997 llegará a tocar ante 300.000 jóvenes en Bolonia, invitado por el Papa, quien, allí presente, interpreta a su manera el mensaje de "Blowin' in the Wind" parafraseando su letra: "¿Cuántos caminos hay? Hay uno solo: ¡Cristo! ¡Cristo es el camino que el hombre ha de recorrer antes de ser llamado hombre!"
   Al final del concierto de 1992, la cantante irlandesa reapareció con cara de pocos amigos. Se puso a fumar delante del único micrófono que quedaba para un buen número de artistas invitados. No coreaba, no cantaba, apenas intentó unos contrapuntos en "Knockin' On Heaven's Door": su carrera en Estados Unidos parecía acabada. Al año siguiente, Juan Pablo II reconoce los abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia americana y ofrece toda su colaboración para perseguir a los culpables.

jueves, 11 de agosto de 2016

La muerte de Chamfort

   Siempre que leemos sobre Nicolas Chamfort (1741-1794) hemos de revivir las circunstancias de su terrible muerte. Por ejemplo, en el texto de Albert Camus redactado en 1944 como prólogo para las Maximes et Anecdotes. Además de una discusión de sus posiciones, un elogio, una precisa situación de su obra en el contexto estilístico, moral e histórico del autor, Camus defiende la afinidad entre las anécdotas referidas por Chamfort y las novelas de Stendhal o el propio Camus. Hacia el final, describe la terrible muerte del "gruñón" moralista-inmoralista, el indignado con su época, el hedonista jacobino que abrazó a la revolución hasta que la revolución impuso el Terror y dejó de considerarlo fiable, terminando por encarcelarlo en el año 1793. Sólo estuvo un par de días; pero hubo de dejarle una viva impresión. Una vez fuera, es sometido a arresto domiciliario vigilado. Se le comunica poco después que debe volver a la cárcel, y a Chamfort no se le ocurre otra cosa que matarse por su propia mano. La descripción de Camus en este punto no ahorra detalles al horror: "Se dispara un tiro que le rompe la nariz y vacía su ojo derecho. Todavía con vida, vuelve a la carga, se degüella con una navaja de afeitar y se corta las carnes. Bañado en sangre, hurga en su pecho con el arma y, en fin, tras abrirse las corvas y las muñecas  se desploma en medio de un charco de sangre cuya aparición por debajo de una puerta acaba por dar la alarma". El prólogo detiene ahí el relato, pero debemos añadir que no tuvo éxito y, curado de urgencia, agonizó durante varios meses antes de expirar.
   La muerte de Chamfort es una metáfora del Terror revolucionario, y anticipa otras purgas realizadas en el siglo XX por partidos que igualmente creyeron encarnar la llama de la verdad, y acabaron quemando las carnes no sólo de los enemigos sino de los porteadores, de los propios camaradas.
  Con la mayor sagacidad, Antoine de Rivarol (1753-1801) ironizaba sobre esa elevación a la superioridad moral que acaba sentenciando "Sé mi hermano o te mato", y que Chamfort sufrió literalmente en sus propias carnes.






















"El mundo físico semeja a la obra de un ser poderoso y bueno, que fue obligado a abandonar en manos de un ser maléfico la ejecución de una parte de su plan. Pero el mundo moral diríase el producto de las veleidades de un demonio que se hubiera vuelto loco."

miércoles, 6 de julio de 2016

Cecil Taylor

La señora Vanderbilt, por otro lado, participaba de una famosa anécdota, que citaban casi todos los libros de  psicología escritos en los últimos años. En cierta ocasión había querido  amenizar  una  cena  con  música  de  violín.  Preguntó quién era el mejor violinista del mundo: ¿qué menos podía pagar, ella? Fritz Kreisler, le dijeron. Lo llamó por teléfono. No doy conciertos privados, dijo él: mis honorarios son demasiado  altos.  Eso  no  es  problema,  respondió  la  señora: ¿cuánto? Diez mil dólares. De acuerdo, lo espero esta noche. Pero hay un detalle más, señor Kreisler: usted cenará en la cocina con la servidumbre, y no deberá alternar con mis invitados.  En  ese  caso,  dijo  él,  mis  honorarios  son  otros. Ningún  problema;  ¿cuánto?  Dos  mil  dólares,  respondió  el violinista.

César Aira: "Cecil Taylor" (fragmento), en Juan Forn (ed.): Buenos Aires. Barcelona: Anagrama, 1999, págs. 141-142


jueves, 9 de julio de 2015

La fábula de los erizos

Un grupo de erizos se apiñaba en un frío día de invierno para evitar congelarse calentándose mutuamente. Sin embargo, pronto comenzaron a sentir unos las púas de los otros, lo cual les hizo volver a alejarse. Cuando la necesidad de calentarse los llevó a acercarse otra vez, se repitió aquel segundo mal; de modo que anduvieron de acá para allá entre ambos sufrimientos hasta que encontraron una distancia mediana en la que pudieran resistir mejor. - Así la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas cualidades repugnantes y defectos insoportables los vuelve a apartar a unos de otros. La distancia intermedia que al final encuentran y en la cual es posible que se mantengan juntos es la cortesía y las buenas costumbres. En Inglaterra a quien no se mantiene a esa distancia se le grita: keep your distance! - Debido a ella la necesidad de calentarse mutuamente no se satisface por completo, pero a cambio no se siente el pinchazo de las púas. - No obstante, el que posea mucho calor interior propio hará mejor en mantenerse lejos de la sociedad para no causar ni sufrir ninguna molestia.

Arthur Schopenhauer: Parerga y Paralipómena II. Madrid: Trotta, 2014, p. 665 [Trad. Pilar López de Santamaría -levemente modificada-] 






miércoles, 10 de diciembre de 2014

La colilla de un cigarrilo

La colilla de un cigarrillo a medio fumar apalastada en el lavabo de un aseo es como una película del retrato moral de un hombre. Ahí está vulgar, prepotente, estúpido, falto de generosidad, que en el coito no piensa más que en sí mismo, lleno de dinero que arrambla o estafa, indiferente a las desgracias de los demás, destructor de animales y plantas, cazador, lector de periódicos deportivos, ávido, pesadísimo en todo, ruidoso, vocinglero, innoblemente práctico, comedor de carnes rojas, salador, bebedor de café, vestido con trajes caros, perfumado, respetuoso de la potencia, adorador de los coches. Ha ido allí a mear y ha dejado su fotografía; el nombre no importa.


Guido Ceronetti: El silencio de un cuerpo. Barcelona: Acantilado, 2006, pág. 68.

Guido Ceronetti (1927)

viernes, 4 de julio de 2014

Under the Skin


    Jonathan Glazer es un director inglés poco prolífico, ha dirigido aparte de algunos vídeos musicales sólo tres largos: Sexy Beast (2000), Birth (Renacimiento, 2004) y Under the Skin (2013). La primera es la más reconocida, pero no la mejor, la segunda es la menos valorada y tal vez la más interesante; pero la más filosófica es la tercera, la que protagoniza Scarlett Johansson, y que se ha hecho famosa porque sale desnuda en largas escenas de autoestudio. No es un simple reclamo, la actriz se pone en la piel de una extraterrestre con caparazón de aspecto femenino, de ahí el título, y en la película se nos cuentan las consecuencias de esta incorporación, pues llegará a comprender corporalmente (aunque sólo sea de manera parcial) al ser humano. Ella pertenece a un equipo de varios aliens camuflados cuyo objetivo es recolectar piel humana, no se dice nada del motivo (aunque en las sinopsis se alude a uno de tipo gastronómico, tan válido como cualquier otro); el alien que encarna la famosa actriz conduce una furgoneta y seduce con frialdad y una técnica previamente aprendida a hombres que son conducidos a diversos enclaves donde acaban siendo sacrificados. No hay ninguna escena de terror extremo, los seducidos entran en una especie de trance y se hunden en un tanque acuoso donde se separa la piel del resto del cuerpo, aparentemente sin demasiado sufrimiento.


   La película transcurre en pueblos de Escocia, por lugares sombríos, húmedos, tan cerrados como su habla. La extraterrestre no es más inquietante que la mayoría de sus víctimas, a las que estudia desde su vehículo y selecciona como algunos cazadores a sus presas: hombres-machos y solitarios. Se trata de un proceso cinegético, enseguida establecemos el paralelismo con nuestro trato a los animales y en especial la actitud por la que consideramos que la caza es un deporte o un proceso de control de las especies animales más "dañinas". Como conejos encandilados por un faro, los machos solitarios caen en la red de la bella cazadora, tan distante con nosotros como nosotros lo somos con los ciervos y los elefantes. Pero un día seduce a un muchacho-elefante con neurofibromatosis y lo deja escapar de su encierro. Aquí empieza el proceso de empatía con las víctimas, y su consecuente deriva de cazadora a presa, tanto de los humanos como de sus propios compañeros. 
 

   Tras el primer signo de piedad por parte de la alienígena, se nos muestra a través de su aprendizaje la cara oculta y desde luego principal del ser humano, nuestra tendencia a ayudar a los otros y solidarizarnos con los perseguidos, y sobre todo nuestra capacidad para sentir antes de pensar. Una breve historia de pasión erótica dará paso a un final en que las especies se hermanan de nuevo por su lado más oscuro, el de los cazadores y asesinos.

UNDER THE SKIN
2013
Dir.: Jonathan Glazer
 

* * * * * *

Admitamos que las cosas que nos aparecen, tanto a Dios como a nosotros, tal y como aparecen ante Dios y ante nosotros, sean las mismas para él y para nosotros. Es preciso que haya una unidad de comprensión posible entre Dios y nosotros, tal y como, entre diferentes hombres, sólo una relación de comprensión ofrece la posibilidad de reconocer que las cosas que uno ve y las que el otro ve son las mismas. Pero cómo sería posible una idenficación tal que el espíritu absoluto supuesto vea las cosas justamente a través de apariciones sensibles, intercambiadas entre nosotros dentro de una comprensión recíproca, o al menos unilateral, de la misma manera que nuestros fenómenos podemos intercambiarlos entre nosotros, que somos hombres (…). Naturalmente, el espíritu absoluto tendría que tener un cuerpo, a fin de tener una comprensión recíproca con nosotros; del mismo modo, tendría él también una dependencia con respecto a los órganos de los sentidos.
Edmund Husserl (1952): Ideen II, § 18 g


viernes, 28 de febrero de 2014

Dos historias (algo) escatológicas

   Un ingenio persa colocó el paraíso, habitación de la primera pareja, en el cielo; un jardín lleno de árboles frutales que tenían la virtud de que sus frutos, una vez asimilados por el hombre, no dejaban residuo alguno porque se evaporaba misteriosamente: sólo había un árbol, en medio del jardín, cuyo fruto, muy atractivo, no tenía esa virtud. Nuestros primeros padres comieron de ese árbol, a pesar de la prohibición; así que no hubo más remedio, para que no ensuciaran el cielo, que un ángel les enseñara, allá a lo lejos, la tierra, con las palabras: “He ahí el común de todo el universo”, y los condujo allí para que hicieran su necesidad, volviendo después al cielo. De ese producto salió el género humano.

Immanuel Kant (1794): “El fin de todas las cosas”, nota 2

Immanuel Kant (1724-1804)


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   Me despertaba por las mañanas y me cabreaba tener que levantarme. Me cabreaba tener que lavarme la cara e ir al servicio, me cabreaba vestirme, me cabreaba tener que meditar. No tiene importancia. La rabia sale; pero es rabia vieja. No tiene que ver con hoy. Está en algún lugar de nuestras vidas. En el zen cuentan una historia: si tienes un trocito de mierda en la nariz, la hueles vayas donde vayas. "Qué peste... Esto apesta, cocinar apesta, todo apesta. Todo está mal". Entonces, lo que dicen es: "Lávate la cara".
Edward Espe Brown

HOW TO COOK YOUR LIFE (2007)
Dir.: Doris Dörrie


miércoles, 5 de febrero de 2014

El demonio de Sócrates, según Descartes

Me atrevo a decir que la alegría interior alberga una fuerza secreta que llega a favorecer la fortuna (...). Tengo infinidad de experiencias al respecto y la autoridad de Sócrates para confirmar esta opinión. Las experiencias consisten en haberme dado cuenta de que a menudo las cosas hechas con el corazón contento y sin oposición interna suelen acabar felizmente (....), y eso que se conoce como el demonio de Sócrates no es sin duda más que la costumbre que él tenía de seguir sus inclinaciones internas, con la convicción de que acabaría bien todo aquello que se propusiera con un sentimiento de alegría, y que, al contrario, las cosas acabarían mal si se dejaba llevar por la tristeza. Sin embargo, es cierto que parece superstición creerlo tanto como dicen que hacía él, ya que según informa Platón ni salía de casa cuando su demonio se lo desaconsejaba. En lo que toca a las acciones importantes de la vida, cuando las encontramos tan dudosas que la prudencia no logra indicarnos qué hacer, me parece muy razonable seguir el consejo de este demonio, y útil estar persuadido de que las cosas que emprendemos sin oposición alguna, con esa libertad que suele acompañar a la alegría, nos irán siempre bien.

René Descartes: Lettre à Élisabeth (1646), en OEuvres Philosophiques. Tome III (1643-1650). París: Garnier, 1973, págs. 679-680.

Princesa Élisabeth de Bohemia, corresponsal de Descartes

martes, 31 de diciembre de 2013

Feliz Año 2014

Epicuro de Samos (341- 270 a C)


"La salud del cuerpo o la tranquilidad del alma, ése es el objetivo de una vida feliz" [Carta a Meneceo]

Quinto Horacio Flaco (65 - 8 a C)


"Vendrás a visitarme cuando tengas ganas de reírte; a mí que estoy gordo y tengo bien cuidado el pellejo, como puerco que soy de la piara de Epicuro" [Epístolas I, 4]

viernes, 16 de agosto de 2013

La banalidad del mal

Un joven estudiante de mi Instituto Latinoamericano de la Universidad Libre de Berlín se acercó para hablarme de sí mismo, esperando de mí una palabra. Desde siempre, me dijo, él nunca había tenido una relación afectuosa con sus padres. Sólo su abuelo había llegado a convertirse para él en un paradigma afectivo: con él jugó en el campo, él estuvo a su lado en los momentos de incertidumbre de la niñez y la adolescencia, sólo él le contaba una historia antes de dormirse. Unos días antes, su abuelo había muerto y él lo había acompañado -solo- al cementerio. Al volver a casa comenzó a ordenar las cosas y papeles del abuelo. Entre ellos encontró el diario y leyó con horror que su abuelo había sido miembro de las SS, que había participado en el asesinato de niños judíos y, lo que era ciertamente peor, que había muerto con la convicción de haber actuado bien.

Víctor Farías: "Prólogo" a Heidegger y el nazismo. Barcelona: Muchnik, 1989

La película de Costa Gavras plantea una trama parecida

viernes, 9 de agosto de 2013

Hannah Arendt

 
   Al ver Hannah Arendt, la película de Margarethe von Trotta, uno comprende por qué su valor e importancia crecen en razón proporcional a como decrece (al menos, para quien esto escribe) el de su amante, Martin Heidegger. Es una pena que la competente directora no haya explotado más el filón que sólo apunta en unas breves escenas, sobre todo porque el actor que encarna al filósofo parece su doble. Verlo dando una clase con una jovencísima Arendt embelesada en su asiento de madera es uno de los momentos álgidos de la película. Pero en el aspecto personal, Heidegger se ha revelado en su correspondencia amorosa y en sus actos con una mezcla de inteligencia, mentiras y manipulación. Sin embargo, permanecieron fieles ("e infieles", aclara Hannah Arendt) a su historia durante toda su vida, como si no hubiera otro remedio. Se ha escrito mucho sobre ellos, podrían encarnar eso que conocemos gracias a Stendhal y a Erich Fromm como amor-pasión o amor pasional.
   La película se centra en el episodio de la captura y posterior juicio a Eichmann en Israel, a inicios de los sesenta, y así conoceremos también al tercer marido de Arendt (el verdadero amor de su vida), Heinrich Blücher, a su amiga americana, la novelista Mary McCarthy y al círculo de judíos alemanes exiliados en América. Siguiendo los pasos de Arendt cuando va a Jerusalén a fin de cubrir para The New Yorker el proceso a Eichmann tenemos la oportunidad de ver, perfectamente integrados en el filme, escenas documentales del verdadero juicio. Es lo más impactante de toda la película. El resto del metraje se dedica a explorar la tormenta intelectual que supuso la difusión en sus artículos de unas reflexiones en aquel entonces consideradas reaccionarias, y hoy motivo de debate en toda discusión sobre el nazismo y el holocausto: la primera idea es que el mal no es radical en el ser humano, a diferencia de lo que defendió Kant, sino que ha de relacionarse con la libertad, así, cuando la influencia del ambiente es muy grande, como en el caso de criminales como Eichmann, la justificación de que uno simplemente obedece órdenes sólo puede ser fruto de la debilidad (es decir, "banalidad") del pensamiento, de la incapacidad para actuar libremente y con arreglo a un criterio propio. La segunda idea polémica era que los círculos judíos con capacidad para organizar una oposición al exterminio carecieron de valentía y aunque no se los pueda considerar cómplices de los crímenes sí fueron también responsables en parte de la masacre. El concepto de "banalidad del mal" no se comprendió en su momento, ya que parecía una justificación de los matarifes, una exculpación por supuesta enajenación mental o cumplimiento ciego del deber; pero fue sobre todo la segunda tesis la que despertó el desprecio de los judíos de Israel y de los exiliados, ya que se interpretó como un intento de acusar a las víctimas. 
   Hannah Arendt produjo algunas de las obras más interesantes del siglo XX en el campo de la Filosofía y la Política; pero esta película logra que nos interesemos también por su personalidad.

 

Referencias:
Hannah Arendt: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen, 1999.
Alois Prinz: La filosofía como profesión o el amor al mundo. La vida de Hannah Arendt. Barcelona: Herder, 2001.
Elzbieta Ettinger: Hannah Arendt y Martin Heidegger: Barcelona: Tusquets, 1996.

martes, 9 de julio de 2013

Éxito social

   El criado me dio el abrigo y el sombrero y, borracho de satisfacción, salí a la calle, donde ya se había hecho de noche. "Una tarde deliciosa", pensé, "con una gente de lo más simpática. Les impresionaron mis comentarios sobre finanzas y filosofía, y cómo se rieron cuando imité el chillido de un cerdo",
   Pero poco después musitaba "Dios, es horrible, me quiero morir".

Logan Pearsall Smith: Todas las trivialidades. Oviedo: Trabe, 2010, pág. 53.

martes, 18 de junio de 2013

Buenos-malos y malos-buenos

   El encuentro con su hermana Agathe supone toda una revolución para el hombre sin cualidades. Su primer cambio importante es de orden moral. En los meses anteriores, los que ha dedicado a buscar un sentido para su vida en diversos órdenes, tanto personales como sociales, ha postulado la necesidad de un "secretariado de la precisión" para la dirección del alma, tomando como referente la exactitud matemática a la que ha dedicado su doctorado; pero ahora, tras la muerte de su padre y a raíz de hondas conversaciones con Agathe, comienza a sentir que esa precisión en los asuntos vitales es una utopía tan abstracta y tan falsa como la comunión espiritual a la que aspiran Diotima y Arnheim. La actitud del platónico Arnheim, cuya participación en la Acción Paralela oculta intereses puramente comerciales, revela una bondad como mínimo dudosa, una bondad de mala manera, o una bondad con resultados despreciables; sin embargo, Agathe, que no duda en falsificar el testamento de su padre para perjudicar a su marido, al que piensa abandonar en cuanto pueda, actúa ciertamente mal, como reconoce su hermano, pero con una justificación si no legal al menos vital, dados quienes son uno y otra, y dadas las leyes del momento.
   Al margen de los malos-malos, una especie humana ciertamente escasa, tanto como la de los buenos-buenos, Ulrich cree reconocer dos tipos mayoritarios, el de los "buenos-malos" (buenos de mala manera) y el de los "malos-buenos" (malos de bien). Los primeros viven en un entorno de conceptos gastados y sin vida (como árboles muertos en los que se posan pájaros rellenos de paja, dice Musil); los segundos pueden actuar mal pero aspiran al bien y sienten la vitalidad de los problemas morales
   Es una vez más la contraposición entre una actitud platónica y otra de tipo nietzscheana. La elección ha de establecerse entre una vida protocolaria y ya hecha que intenta enfundar al sujeto en un traje previamente confeccionado, a riesgo de anestesiarlo en el mejor de los casos, o asfixiarlo en el peor; y otra que no oculta sus contradicciones, pero que aspira a la pureza con aquella parte de su ser aún incorrupta.
[ Vid. HsA, II, cap. 18 ] 

sábado, 15 de junio de 2013

Fábula china

Un mandarín pasó años a la orilla de un río pescando con un alfiler recto en lugar de un gancho. Corrió la voz acerca de este extraño comportamiento hasta que llegó a oídos del emperador, que acudió a verlo. ¿Qué pretendía pescar con semejante anzuelo?, le preguntó el emperador. ¿Qué pescaba? La respuesta fue serena: "A vos, mi emperador."

James Salter: Quemar los días. Barcelona: Salamandra, 2010, pág. 293


domingo, 9 de junio de 2013

La buena educación


Mis padres siempre me educaron con disciplina. Eran muy rigurosos con cosas como el comportamiento en la mesa —«No hables con la boca llena,» «Siéntate recto»—, o con la importancia de ser educados con los demás: decir «buenos días» o «buenas tardes» al encontrarse con otras personas, dar la mano a todo el mundo. Mi padre y mi madre y, para el caso, también mi tío Toni, siempre me han dicho que, al margen del tenis, su principal objetivo era educarme para que fuese una «buena persona». Mi madre dice que si no lo fuera, si me comportase como un niñato malcriado, me seguría queriendo, pero se sentiría muy incómoda viajando por medio mundo para verme jugar. Desde muy pequeño me inculcaron la idea de que hay que tratar con respeto a todo el mundo. Cada vez que nuestro equipo de fútbol perdía un encuentro, mi padre quería que me acercara a los jugadores del equipo rival y los felicitara. Que dijera a cada uno cosas como «Bien hecho, campeón. Muy bien jugado». A mí no me hacía gracia. Me sentía fatal cuando perdíamos y en mi cara debía de leerse que no decía aquellas palabras con sinceridad. Pero sabía que tendría problemas si no hacía lo que me indicaba mi padre y en consecuencia obedecía. Acabé por acostumbrarme y ahora me sale con naturalidad el elogiar a un oponente si me ha derrotado, incluso aunque yo haya ganado, si se lo merece.

Rafael Nadal / John Carlin: Rafa. Mi historia. Barcelona: Urano, 2011, págs. 54-55.

martes, 21 de mayo de 2013

Sócrates reflexiona sobre la muerte

   La muerte es una de estas dos cosas: o bien el que está muerto no es nada ni tiene sensación de nada, o bien, según se dice, la muerte es precisamente una transformación, un cambio de morada para el alma de este lugar de aquí a otro lugar. Si es una ausencia de sensación y un sueño, como cuando se duerme sin soñar, la muerte sería una ganancia maravillosa.(...) Si, en efecto, la muerte es algo así, digo que es una ganancia, pues la totalidad del tiempo no resulta ser más que una sola noche. Si, por otra parte, la muerte es como emigrar de aquí a otro lugar y es verdad, como se dice, que allí están todos los que han muerto, ¿qué bien habría mayor que éste? (...) Además, ¿cuánto daría alguno de vosotros por estar junto a Orfeo, Museo, Hesíodo y Homero? Yo estoy dispuesto a morir muchas veces, si esto es verdad, y sería un entretenimiento maravilloso (...). Por otras razones son los de allí más felices que los de aquí, especialmente porque ya el resto del tiempo son inmortales, si es verdad lo que se dice.
    Es preciso que (...) estéis llenos de esperanza con respecto a la muerte y tengáis en el ánimo esta sola verdad, que no existe mal alguno para el hombre bueno, ni cuando vive ni después de muerto, y que los dioses no se desentienden de sus dificultades.


[ Platón: Apología de Sócrates, 40c - 41d ]

Charles-Alphonse Dufresnoy (1611-1668): La muerte de Sócrates (Florencia, Uffizi)

lunes, 20 de mayo de 2013

El Dasein

   Inscripción funeraria romana, no como enigma para las generaciones futuras, sino como manifestación de la más segura comunidad con ellas, algo que no requiere ningún desciframiento:

N F F N S N C

   En todo caso habría que poner el dicho al alcance de los que entienden su sentido pero no el lenguaje:

NON FUI; FUI; NON SUM; NON CURO

No era, fui, ya no soy, ninguna preocupación.


[Hans Blumenberg: Conceptos en historias. Madrid: Síntesis, 2003, pág. 85]

Epitafio epicúreo