El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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sábado, 5 de mayo de 2018

Posverdades de la filosofía griega

   Son conocidas y muy lamentables las vicisitudes por las que han tenido que cruzar los textos filosóficos griegos hasta llegar a nosotros, las dificultades para la supervivencia de los textos escritos y obviamente de los orales. Igual que no se conservan pinturas del periodo clásico, los libros originales se han ido perdiendo, a menudo por ser obras únicas, otras veces porque aun siendo copiadas y recopiadas no han sobrevivido al paso de los siglos y a los materiales en que se grabaron las palabras. Cuánto no daríamos por tener como el Fausto de Valéry las Obras Completas de Heráclito en nuestras bibliotecas, o las publicadas por Aristóteles, o los setenta libros de Epicuro... Tenemos que conformarnos a menudo con referencias en compendios incompletos, provenientes de fuentes contradictorias, o de estudios muy posteriores a los siglos en que los pensamientos eran leídos y discutidos de primera mano.
  Esa masa de información directa e indirecta, fragmentaria y enigmática, es el placer y el tormento del hermenéuta y del filólogo. De ella surgen a veces, como epítomes en una frase, ciertos lugares comunes que hasta el menos interesado en estos temas llega a conocer y a dar por válidos, atribuyéndolos de manera indudable a algún autor más o menos complejo, pero que ahora, y gracias a estas frases resumidas, queda a disposición general para su uso en conversaciones y erudiciones de salón (o de chat). Son las posverdades de la época clásica.
  Con la ayuda de la mejor Historia de la Filosofía Griega publicada hasta el momento, la de W. K. C. Guthrie, así como de los textos conservados, se puede seguir la pista a algunos de estos tópicos recurrentes, descubriendo de dónde proceden, para situarlos en su justa posición histórica. Veamos tres ejemplos famosos:

1. "Todo fluye", sentencia atribuida unánimemente al filósofo conocido como el Oscuro, Heráclito, sólo es recogida por Simplicio, y según Guthrie es poco probable que sea original. Sin embargo, la que suele darse como su continuación, "Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río", sí podría resumir con una imagen poderosa el flujo cambiante de la realidad que caracteriza al filósofo del devenir. Esta metáfora del río sí encuentra confirmación en fuentes fiables como Platón, Aristóteles o Plutarco.

2. "Sólo sé que no sé nada", la irónica reflexión atribuida desde la noche de los tiempos a Sócrates, no aparece tal cual en ninguna fuente. La frase así expresada por lo demás es problemática desde el punto de vista lógico, puesto que no es posible saber que no se sabe (nada) sin incurrir en una contradicción en los términos, ya que al mismo tiempo que se dice no saber, se está afirmando que se sabe algo, esto es: que no se sabe. Aun reconociendo que así expresada-resumida, la idea tiene una carga de sentido paradójico y contundente que la convierten en un feliz hallazgo, en honor a la verdad histórica haríamos bien en remitir a las fuentes reales: la más fiable se halla en la Apología de Sócrates, 23, cuando aludiendo a la seguridad del dios (Apolo) al reconocerlo como sabio, interpreta Sócrates que según éste "la sabiduría humana es digan de poco o de nada" y por tanto que "Es el más sabio el que, de entre vosotros, hombres, conoce, como Sócrates, que en verdad es digno de nada respecto a la sabiduría". También en Teeteto, 150 c-d hay unas bonitas reflexiones (ahora ya platónicas) sobre el paralelismo con las comadronas y la imposibilidad de engendrar ideas por sí mismo, que recuerda al tópico aquí comentado. Pero la expresión más cercana a la fórmula la remite el erudito Grote a Arístides, alumno socrático, cuando al parecer aseguraba que "Todos los que lo conocieron coinciden en que Sócrates dijo que no sabía nada"; pero ni siquiera en esta referencia indirecta y no literal se dice exactamente lo que el tópico afirma.

3. "Amigo de Platón pero más amigo de la verdad" es un tópico medieval atribuido a Aristóteles (Amicus quidem Plato sed magis amica veritas); pero que no se corresponde con ningún pasaje exacto de su obra, sólo se le parece uno de Ética a Nicómaco, 1096a, con un tono más suave: "Se trata de salvar la verdad, especialmente siendo filósofos; pues, siendo ambas cosas queridas [la amistad y la verdad], es justo preferir la verdad". Esta cita procede de una refutación de la idea de Bien platónica, y lo curioso es que alude sin citarla a una exhortación del propio Sócrates en el Fedón, 91c: "Os cuidaréis poco de Sócrates y mucho más de la verdad", y en República, 595c dice lo propio Platón con respecto, esta vez, a Homero: "No se debe honrar más a un hombre que a la verdad".

Fuentes:
W. K. C. Guthrie: Historia de la Filosofía Griega. 6 vols. Madrid: Gredos, 1984-1993, págs. 423-424 (nota 96) y 460-463 [Vol. 1]; 387 (n. 38) y 421 [Vol. 3] ; 39-40 (n. 18) [Vol. 6].
Obras de Platón y Aristóteles en las ediciones de Gredos.
 
W. K. C. Guthrie (1906-1981)

jueves, 7 de agosto de 2014

La conciencia del árbol

Mientras pasaba por debajo del primer dosel de flores, ancho, alto y fresco, se me ocurrió preguntarme cuándo un árbol es más él mismo, cuándo siente que ha alcanzado más plenamente su verdadera esencia. Quiero decir si tiene capacidad de sentir -¿y quién sabe si somos nosotros las únicas criaturas con conciencia, o que no existen otro tipo de conciencias aparte de la nuestra?-, en qué fase de su ciclo vital diría: Ahora, ahora soy lo que soy, ahora he alcanzado mi total arboreidad. ¿Será en el primer verdear de la primavera, en el esplendor rebosante de hojas de junio, en el rojo otoñal, o quizás en la nudosa desnudez del invierno? Y vivir ese ciclo vital dentro de otro ciclo -uno es el que va del retoño a la desnudez, el otro, el más largo, desde arbolillo hasta tocón hueco-, eso también debe de resultar confuso. ¿Sentiría la caída de las hojas como una muerte incipiente, cada año? ¿Sería la primavera como un renacimiento?

John Banville: Imposturas. Barcelona: Anagrama, 2002, págs. 42-43. Trad. Damián Alou.

jueves, 6 de junio de 2013

Diálogos con la Bomba


Cuatro tripulantes en la nave Dark Star cumplen con la misión de localizar planetas "inestables" por el Universo y hacerlos estallar. Llevan treinta años en el espacio, aunque sólo han envejecido tres. Están algo desquiciados: uno sólo piensa en disparar y acicalarse, otro no sale de la torreta vigía, un tercero, que entró por accidente en la nave, está ya medio chalado y juega al ratón y al gato con un alien que han recogido en una misión anterior (una especie de balón de playa con garras, inteligente y con bastante mala idea). Han gastado diecinueves bombas en sus misiones anteriores, ahora se encaminan a la número veinte, pero cruzan por una nube de meteoritos y se dañan las comunicaciones del ordenador con la Bomba 20. Cuando la bomba se niega a desactivarse una vez más, después de varias rectificaciones de órdenes a causa de la avería, el encargado de la nave pide consejo al anterior comandante (muerto por un cortocircuito del asiento, ahora se encuentra criogenizado, y se puede hablar con él, aunque está algo lento de reflejos). El comandante le aconseja que "hable con ella", es decir, que recurra a "la fenomenología". Se inicia así el pasaje más descacharrante y filosófico de la película, donde la conexión de nuestros sentidos y nuestra mente con el mundo, tal y como lo hiciera Descartes, es una vez más puesta... en duda.





DARK STAR (1974)
dir.: John Carpenter
guión:  Dan O'Bannon

lunes, 7 de mayo de 2012

El eterno retorno, o...

LA CARGA MÁS PESADA

   Vamos a suponer que cierto día o cierta noche, un demonio se introdujera furtivamente en la soledad más profunda y te dijera: "Esta vida, tal y como tú la vives y la has vivido tendrás que vivirla todavía otra vez y aun innumerables veces; y se te reperirá cada dolor, cada placer y cada pensamiento, cada suspiro y todo lo indeciblemente grande y pequeño de tu vida. Además todo se repetirá en el mismo orden y sucesión... y hasta esta araña y este claro de luna entre los árboles y lo mismo este instante y yo mismo. El eterno reloj de arena de la existencia se dará la vuelta siempre de nuevo, y tú con él, corpúsculo de polvo". ¿No te echarías al suelo, rechinarías los dientes y maldecirías al demonio que así te hablase? O puede que hayas tenido alguna vez la vivencia de un instante prodigioso en el que responderías: "¡Tú eres un dios y nunca oí nada más divino!". Si aquel pensamiento llegase a apoderarse de ti, te transformaría como tú eres y acaso te aplastaría. Se impondría como la carga más pesada en todo tu obrar la pregunta a cada cosa y a cada paso: "¿Quieres que se repita esto otra vez y aun innumerables veces?". ¿O cómo tendrías tú que ser bueno para ti mismo y para la vida, no aspirando a nada más que a confirmar y sellar esto mismo eternamente?

Friedrich Nietzsche: El gay saber. Madrid: Narcea, 1973, pp. 344-345.

Dibujo de M. C. Escher

miércoles, 18 de abril de 2012

Atrapado en una habitación

   Una persona atrapada en una confusión filosófica es como un hombre en una habitación, que desea salir, pero no sabe cómo. Lo intenta por la ventana y es demasiado alta; intenta por la chimenea y es demasiado estrecha. Pero si sólo se volviera, ¡vería que la puerta ha estado abierta todo el tiempo!
 
Ludwig Wittgenstein (ca. 1946), según Norman Malcolm (1958): “Semblanza”, en Ludwig Wittgenstein. Barcelona: Mondadori, 1990, pág. 58

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Ludwig Wittgenstein (1889-1951)

martes, 28 de febrero de 2012

El pathos del mosquito

   En algún apartado rincón del universo, que centellea desperdigado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que unos astutos animales inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más mentiroso de la “historia universal”; pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Después de respirar la naturaleza unas cuantas veces, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer.
   Alguien podría inventar una fábula como ésta y, sin  embargo, no habría ilustrado suficientemente cuán lamentable, sombrío y caduco es el aspecto del intelecto humano dentro de la naturaleza: hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se haya acabado, nada habrá sucedido, pues no hay para ese intelecto ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. Sólo es humano, y sólo su poseedor y progenitor lo toma tan patéticamente como si en él se movieran los goznes del mundo. Pero si pudiéramos comunicarnos con un mosquito llegaríamos a saber que también él navega por el aire con ese pathos y siente que en él se halla el centro volante de este mundo.
Friedrich Nietzsche (1873): “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”

Friedrich Nietzsche (1844-1900)

sábado, 29 de octubre de 2011

El camarero

Tomemos en consideración a este camarero. Tiene gestos vivos y acentuados, tal vez excesivamente precisos, tal vez excesivamente rápidos, se llega hasta los consumidores con pasos puede que excesivamente vivos, se inclina con interés excesivamente premioso; su voz, sus ojos expresan un interés en exceso cargado de solicitud por los deseos del cliente, y bueno, he aquí que vuelve, tratando de imitar en su marcha el rigor inflexible de alguna clase de autómata, llevando su bandeja con cierta temeridad de funámbulo, colocándola en un equilibrio siempre inestable y quebrado, que restablece perpetuamente con un ligero movimiento del brazo y la mano. Toda su conducta nos parece un juego. Se aplica a encadenar movimientos como si fueran mecanismos que se exigen unos a los otros, hasta su mímica y su voz parecen mecanismos; se regala la prontitud y rapidez despiadada de las cosas. Juega, se divierte, ¿pero a qué está jugando? No hay que mirar mucho rato para darse cuenta: juega a ser camarero.
Jean-Paul Sartre (1943): El Ser y la Nada, I, 2, II

Jean-Paul Sartre (1905-1980) con Simone de Beauvoir (1908-1986)

martes, 25 de octubre de 2011

Ser es ser percibido

   Me dirán que ciertamente nada es más fácil para mí que imaginar árboles, por ejemplo en un parque; o libros existiendo en una biblioteca, sin nadie cerca para percibirlos. Respondo que sí, que pueden hacerlo, no hay dificultad en ello; pero pregunto por mi parte, ¿de qué se trata entonces, sino de formar en sus mentes ciertas ideas a las que llaman libros y árboles, omitiendo formar al mismo tiempo la idea de alguien que los perciba? ¿Acaso no las perciben o piensan en ellas mientras tanto? (…). Cuando nos esforzamos al máximo por concebir la existencia de los cuerpos externos, en todo momento estamos contemplando nuestras propias ideas.
George Berkeley (1710): Los principios del conocimiento humano, I, § 23
George Berkeley (1685-1753)

domingo, 23 de octubre de 2011

Autómatas

Si por casualidad miro por la ventana a unos hombres que pasan por la calle, digo en efecto que veo hombres, como cuando digo que veo cera; sin embargo, lo que en realidad veo desde esta ventana son sombreros y capas, que muy bien podrían ocultar espectros o meros autómatas, movidos por resortes.
René Descartes (1642): Meditaciones Metafísicas, II

René Descartes (1596-1650)

El genio maligno

Supondré que hay no un verdadero Dios, que es la fuente suprema de la verdad, sino cierto genio o espíritu maligno, no menos astuto y burlador que poderoso, quien pone toda su industria en engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todas las cosas externas que vemos sólo son ilusiones y engaños, de los que hace uso para captar mi credulidad. Me consideraré a mí mismo sin manos, sin ojos, sin carne ni sangre, sin sentidos, aunque creyendo falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente adicto a este pensamiento.
René Descartes (1641): Meditaciones Metafísicas, I

Homo homini daemon

El más grande enemigo del hombre es el hombre mismo, que por instigación del diablo está siempre dispuesto a causar daño, a ser el verdugo de su prójimo, a convertirse en un lobo o en un demonio para él: homo homini lupus; homo homini daemon. Todos somos hermanos en Cristo, o al menos hemos de ser miembros de un solo cuerpo, siervos de un solo Dios, y sin embargo, ni el propio demonio es capaz de atormentar, insultar o tiranizar como puede hacerlo un hombre con su semejante.
Robert Burton (1621): Anatomía de la melancolía

Robert Burton (1577-1640)

Elogio del engaño

Me dan de lado todos los argumentos de los académicos, que dicen:  Pero bueno, ¿y si te engañas? Pues si me engaño, existo. El que no existe no puede engañarse, y por eso si me engaño, existo. Luego si existo, si me engaño, ¿cómo me engaño acerca de que existo, cuando es cierto que existo si me engaño? Aunque me engañe, soy yo el que me engaño, y por tanto, en cuanto conozco que existo, no me engaño. Al mismo tiempo, en cuanto conozco que me conozco, no me engaño. Como conozco que existo, así conozco que conozco.
San Agustín (ca. 413-426): La Ciudad de Dios, XI, 26

San Agustín (354-430)

viernes, 21 de octubre de 2011

El andrógino

Nuestra primitiva naturaleza no era la misma de ahora, sino diferente. En primer lugar, eran tres los géneros de los hombres, y no dos como ahora, masculino y femenino, sino que había un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre perdura hoy en día, aunque como género ha desaparecido. Era, en efecto, el andrógino entonces una sola cosa, como forma y como nombre, partícipe de ambos sexos, masculino y femenino, mientras que ahora no es más que un nombre sumido en el oprobio. En segundo lugar, la forma de cada individuo era en su totalidad redonda, su espalda y sus costados formaban un círculo; tenía cuatro brazos, piernas en número igual al de los brazos, dos rostros sobre un cuello circular, semejantes en todo, y sobre estos dos rostros, que estaban colocados en sentidos opuestos, una sola cabeza; además cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo el resto era tal como se puede uno figurar por esta descripción. Caminaba en posición erecta, como ahora, hacia delante o hacia atrás, según deseara; pero siempre que le daban ganas de correr con rapidez hacía como los acróbatas, que dan la vuelta de campana haciendo girar sus piernas hasta caer en  posición vertical y, como eran entonces ocho los miembros en que se apoyaba, avanzaba dando vueltas sobre ellos a gran velocidad (…). Eran, pues, seres terribles por su vigor y su fuerza; grande además la arrogancia que tenían, y atentaron contra los dioses (…). Entonces, Zeus y los demás dioses deliberaron qué debían hacer (…). Con gran trabajo, al fin Zeus concibió una idea y dijo: “Me parece tener la solución para que pueda haber hombres y para que, por haber perdido fuerza, cesen su desenfreno. Ahora mismo voy a cortarlos en dos a cada uno y así serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros por haberse multiplicado su número” (…). Mas una vez que fue separada la naturaleza humana en dos, añorando cada parte a su propia mitad, se reunía con ella. Se rodeaban con sus brazos, se enlazaban ente sí, deseosos de unirse en una sola naturaleza y morían de hambre y de inanición general, por no querer hacer nada los unos separados de los otros.
Platón (ca. 383-379 a. C.): Banquete [discurso de Aristófanes], 189d-191d


Platón (427-347 a. C.)

El demonio de Sócrates

   Suele haber junto a mí algo divino y demoníaco. Está conmigo desde niño, toma forma de voz y, cuando se manifiesta, siempre me disuade de lo que voy a hacer, nunca me incita.
Platón (s. IV a. C.): Apología de Sócrates, 31d

   Cuando fuimos a visitar al adivino Eutifrón, tú te acordarás, Simmias, subió Sócrates al Símbolo y a casa de Andócides preguntando y confundiendo a Eutifrón entre bromas. Y, de pronto, se quedó parado y en silencio, atento a sí mismo durante mucho tiempo. Después se dio la vuelta y se marchó por la calle de los fabricantes de cajas, llamando a sus amigos, que se le habían adelantado, afirmando que se le había presentado su demonio.
Plutarco (ca. s. II d. C.): Sobre el demonio de Sócrates, 10


Némesis

Anaximandro, hijo de Praxiades, un milesio, sucesor y discípulo de Tales, dijo que el principio y elemento de las cosas existentes era el ápeiron [lo indefinido], siendo el primero en llamar arjé [principio] al sustrato de los opuestos (…). Del ápeiron nacen todos los cielos y los mundos que hay dentro de ellos. El nacimiento a las cosas existentes les viene de aquello en lo que se convierten al perecer “según la necesidad, pues se pagan mutuamente penas e indemnizaciones por su injusticia, según las regulaciones del tiempo”. Así lo dice Anaximandro, con términos bastante poéticos.
Simplicio (s. VI): Física, 24, 13/17


Anaximandro de Mileto (610-545 a.C.)