El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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sábado, 14 de marzo de 2020

No abrir

En su libro Loin de moi, Clément Rosset cuenta esta historia: Un impresor hereda el negocio de su padre. Al día siguiente del funeral, al hacer arqueo de la imprenta, encuentra un sobre en que dice "No abrir". Respeta estas palabras y resiste seis años sin abrirlo. Por fin, no puede más y un día lo abre. Dentro encuentra un montón de etiquetas destinadas a los clientes en las que pone "No abrir". Rosset comenta que esta anécdota ilustra la decepción que se produce siempre al intentar captar el yo secreto, íntimo, de uno mismo o de otro, porque ese yo no existe.

Iñaki Uriarte: Diarios 1999 - 2003. Logroño: Pepitas de Calabaza, 2010, pág. 130.

Iñaki Uriarte (1946)

domingo, 17 de septiembre de 2017

Optimismo y pesimismo

   En el universo existe un planeta en el que todas las personas nacerán por segunda vez. Tendrán entonces plena conciencia de la vida que llevaron en la tierra, de todas las experiencias que allí adquirieron.
   Y existe quizás otro planeta en el que todos naceremos por tercera vez, con las experiencias de las dos vidas anteriores.
   Y quizás existan más y más planetas en lo que la humanidad nazca cada vez con un grado más (con una vida más) de madurez.
   Esta es la versión de Tomás del eterno retorno.
   Claro que nosotros, aquí, en la tierra (en el planeta número uno, en el planeta de la inexperiencia), sólo podemos imaginar muy confusamente lo que le ocurrirá al hombre en los siguientes planetas. ¿Sería más sabio? ¿Es acaso la madurez algo que pueda ser alcanzado por el hombre? ¿Puede lograrla mediante la repetición?
   Sólo en la perspectiva de esta utopía pueden emplearse con plena justificación los conceptos de pesimismo y optimismo: optimista es aquel que cree que en el planeta número cinco la historia de la humanidad será ya menos sangrienta. Pesimista es aquel que no lo cree.

Milan Kundera: La insoportable levedad del ser, V, 17


miércoles, 13 de julio de 2016

Economía colaborativa

- Buenos días. Llamo porque tengo que sacarme una muela.
- Buenos días. ¿Privado, seguro o colaborativo?
- Prefiero colaborar.
- Muy bien. ¿A qué se dedica usted?
- Soy filósofo. Doy clases de Filosofía.
- Oh, vaya. ¿Y cuál es su especialidad?
- Me doctoré en Idealismo trascendental kantiano; pero desde entonces he ampliado estudios en el campo de la Fenomenología y algo también de Hermenéutica.
- Entiendo... Pues la equivalencia de la extracción sería dos clases de una hora. Pero a Kant ya lo he estudiado un poco, me interesaría seguir por Schelling o Hegel.
- Podemos dedicar una sesión a cada uno de ellos, si es su deseo.
- Eso sería estupendo, ahora bien, tendria que ser en días anteriores a la extracción, como es lógico. ¿Le urge a usted mucho la operación?
- Pues un poco sí, es verdad que no me duele porque el nervio ya fue quemado, sin embargo la muela está partida y me molesta. ¿Qué tal si concentramos las clases justo antes de la intervención?
- Por mí perfecto. Déjeme consultar la agenda… Podemos quedar mañana mismo a las cuatro de la tarde y para las siete estará libre de su molesta muela y yo listo para leer la Fenomenología del Espíritu.
- Genial. Da gusto colaborar con gente como usted.
- Hasta mañana entonces, y un saludo.

Juan R. Asch: Cuentos héticos. Bilbao: Astiberri, 2013, pág. 75. 



miércoles, 6 de julio de 2016

Cecil Taylor

La señora Vanderbilt, por otro lado, participaba de una famosa anécdota, que citaban casi todos los libros de  psicología escritos en los últimos años. En cierta ocasión había querido  amenizar  una  cena  con  música  de  violín.  Preguntó quién era el mejor violinista del mundo: ¿qué menos podía pagar, ella? Fritz Kreisler, le dijeron. Lo llamó por teléfono. No doy conciertos privados, dijo él: mis honorarios son demasiado  altos.  Eso  no  es  problema,  respondió  la  señora: ¿cuánto? Diez mil dólares. De acuerdo, lo espero esta noche. Pero hay un detalle más, señor Kreisler: usted cenará en la cocina con la servidumbre, y no deberá alternar con mis invitados.  En  ese  caso,  dijo  él,  mis  honorarios  son  otros. Ningún  problema;  ¿cuánto?  Dos  mil  dólares,  respondió  el violinista.

César Aira: "Cecil Taylor" (fragmento), en Juan Forn (ed.): Buenos Aires. Barcelona: Anagrama, 1999, págs. 141-142


viernes, 28 de febrero de 2014

Dos historias (algo) escatológicas

   Un ingenio persa colocó el paraíso, habitación de la primera pareja, en el cielo; un jardín lleno de árboles frutales que tenían la virtud de que sus frutos, una vez asimilados por el hombre, no dejaban residuo alguno porque se evaporaba misteriosamente: sólo había un árbol, en medio del jardín, cuyo fruto, muy atractivo, no tenía esa virtud. Nuestros primeros padres comieron de ese árbol, a pesar de la prohibición; así que no hubo más remedio, para que no ensuciaran el cielo, que un ángel les enseñara, allá a lo lejos, la tierra, con las palabras: “He ahí el común de todo el universo”, y los condujo allí para que hicieran su necesidad, volviendo después al cielo. De ese producto salió el género humano.

Immanuel Kant (1794): “El fin de todas las cosas”, nota 2

Immanuel Kant (1724-1804)


* * * * * * *


   Me despertaba por las mañanas y me cabreaba tener que levantarme. Me cabreaba tener que lavarme la cara e ir al servicio, me cabreaba vestirme, me cabreaba tener que meditar. No tiene importancia. La rabia sale; pero es rabia vieja. No tiene que ver con hoy. Está en algún lugar de nuestras vidas. En el zen cuentan una historia: si tienes un trocito de mierda en la nariz, la hueles vayas donde vayas. "Qué peste... Esto apesta, cocinar apesta, todo apesta. Todo está mal". Entonces, lo que dicen es: "Lávate la cara".
Edward Espe Brown

HOW TO COOK YOUR LIFE (2007)
Dir.: Doris Dörrie


lunes, 12 de agosto de 2013

La respuesta

   Dwar Ev soldó ceremoniosamente la última conexión con oro. Los ojos de una docena de cámaras de televisión le contemplaban y el subéter transmitió al universo una docena de imágenes sobre Io que estaba haciendo.
   Se enderezó e hizo una seña a Dwar Reyn, acercándose después a un interruptor que completaría el contacto cuando lo accionara. El interruptor conectaría, inmediatamente, todo aquel monstruo de máquinas computadoras con todos los planetas habitados del universo -noventa y seis mil millones de planetas- en el supercircuito que los conectaría a todos con una supercalculadora, una máquina cibernética que combinaría todos los conocimientos de todas las galaxias.
    Dwar Reyn habló brevemente a los miles de millones de espectadores y oyentes. Después, tras un momento de silencio, dijo:
   - Ahora, Dwar Ev.
   Dwar Ev accionó el interruptor. Se produjo un impresionante zumbido, la onda de energía procedente de noventa y seis mil millones de planetas. Las luces se encendieron y apagaron a lo largo de los muchos kilómetros de longitud de los paneles.
   Dwar Ev retrocedió un paso y lanzó un profundo suspiro.
   - El honor de formular la primera pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.
   - Gracias -repuso Dwar Reyn-. Será una pregunta que ninguna máquina cibernética ha podido contestar por sí sola.
   Se volvió de cara a la máquina.
   - ¿Existe Dios?
   La impresionante voz contestó sin vacilar, sin el chasquido de un solo relé.
   - Sí, ahora existe un Dios.
   Un súbito temor se reflejó en la cara de Dwar Ev. Dio un salto para agarrar el interruptor.
   Un rayo procedente del cielo despejado le abatió y produjo un cortocircuito que inutilizó el interruptor.

Fredric Brown:  "La respuesta" (1954) en  El ratón estelar y otros relatos. Barcelona: Bruguera,1978, págs. 143-144.



Fredric Brown (1906-1972)

martes, 9 de julio de 2013

Éxito social

   El criado me dio el abrigo y el sombrero y, borracho de satisfacción, salí a la calle, donde ya se había hecho de noche. "Una tarde deliciosa", pensé, "con una gente de lo más simpática. Les impresionaron mis comentarios sobre finanzas y filosofía, y cómo se rieron cuando imité el chillido de un cerdo",
   Pero poco después musitaba "Dios, es horrible, me quiero morir".

Logan Pearsall Smith: Todas las trivialidades. Oviedo: Trabe, 2010, pág. 53.

sábado, 15 de junio de 2013

Fábula china

Un mandarín pasó años a la orilla de un río pescando con un alfiler recto en lugar de un gancho. Corrió la voz acerca de este extraño comportamiento hasta que llegó a oídos del emperador, que acudió a verlo. ¿Qué pretendía pescar con semejante anzuelo?, le preguntó el emperador. ¿Qué pescaba? La respuesta fue serena: "A vos, mi emperador."

James Salter: Quemar los días. Barcelona: Salamandra, 2010, pág. 293


jueves, 2 de mayo de 2013

Apariencia y realidad

   Es agradable salir por la mañana a pasear por las calles bajo el sol del verano.
   ¿Pero está bien?
   No me preocupan demasiado estas cuestiones, las viejas adivinanzas de la ética y la filosofía, que merodean por las esquinas de Londres para asaltarme. Me he acostumbrado a ellas, y la más imponente de todas, la mayor obsesión de la metafísica, el problema que desconcierta a las mentes más sabias de este planeta, se ha convertido en mi frecuente compañera. ¿Qué es la realidad? Casi a diario me pregunto: ¿cómo existe el mundo, materializado en el aire, independientemente del hecho de que yo lo esté viendo? ¿Este espectáculo de calles y cielos, de paseantes y duras aceras, no es nada más que una mera hipótesis, un producto de la mente, o sigue allí, permanente y majestuoso, cuando dejo de mirarlo?
   A menudo, mientras camino por Piccadilly o Bond Street, me deleito con la noción berkeleyana de que la materia no tiene existencia, que este mundo aparentemente tan sólido es todo idea, todo apariencia. Que viajo suavemente por el espacio en el interior de una inmensa burbuja de pensamiento, un flotante y diáfano sueño de color del ópalo.

Logan Pearsall Smith: Todas las trivialidades. Oviedo: Trabe, 2010, pág. 51.



sábado, 9 de febrero de 2013

El Perro que deseaba ser un ser humano

   En la casa de un rico mercader de la ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de máquinas, vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto.
   Al cabo de varios años y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el hecho de que no mordía, movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente a la luna. 

Augusto Monterroso: "El Perro que deseaba ser un ser humano", en La Oveja negra y demás fábulas. Barcelona: Anagrama, 1991, pág. 71.


Desde Aristóteles se ha propuesto que en la personalidad humana hay rasgos primarios ("primera naturaleza") que nos acompañan desde el nacimiento y son difícilmente modificables. se trata del temperamento, al que se sumaría una "segunda naturaleza" más moldeable, llamada carácter. La formación del carácter es posible mediante la práctica y el desarrollo de los hábitos, pero resulta muy poco influenciable por la enseñanaza teórica, mientras que el temperamento es inmune a toda enseñanza y se constituye como el fondo más propio e ineludible del sujeto.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Argumentum ornithologicum

   Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe.

Jorge Luis Borges (1960): El Hacedor. Madrid: Alianza, 1980, pág. 27.

lunes, 8 de octubre de 2012

Prometeo

   Sobre Prometeo informan cuatro leyendas: según la primera, por haber traicionado a los dioses ante los hombres fue encadenado al Cáucaso, y los dioses enviaron águilas que le devoraban el hígado en perpetuo crecimiento.
   Dice la segunda que, retrocediendo de dolor ante los picos despiadados de las aves de presa, Prometeo fue incrustándose cada vez más profundamente en la roca, hasta formar un todo con ella.
   Según la tercera, en el decurso de los milenios se olvidó su traición, los dioses olvidaron, las águilas olvidaron, y él mismo olvidó.
   Según la cuarta, se sintió cansancio de aquello que había perdido todo fundamento. Se cansaron los dioses, se cansaron las águilas, la herida se cerró, cansada.
   Quedó la montaña de roca, inexplicable. La leyenda intenta explicar lo inexplicable. Como se origina en un motivo de verdad, debe finalizar nuevamente en lo inexplicable.

Franz Kafka (1919): La muralla china. Madrid: Alianza, 1973, pág 83.
Prometeo encadenado (1590-1596), de Gregorio Martínez


Recorrido:

El Prometeo original de Hesiodo (siglo VIII a. C.)
El Prometeo filosófico de Platón (inicios del siglo IV a. C.)
El Prometeo romántico de Goethe (1774)
El Prometeo metafórico de Kafka (1919)

sábado, 6 de octubre de 2012

De las alegorías

   Muchos se quejan de que las palabras de los sabios sean siempre alegorías, pero inaplicables en la vida diaria, y esto es lo único que poseemos. Cuando el sabio dice: “Anda hacia allá”, no quiere decir que uno deba pasar al otro lado, lo cual siempre sería posible si la meta del camino así lo justificase, sino que se refiere a un allá legendario, algo que nos es desconocido, que tampoco puede ser precisado por él con mayor exactitud y que, por tanto, de nada puede servirnos aquí. En realidad, todas esas alegorías sólo quieren significar que lo inasequible es inasequible, lo que ya sabíamos. Pero aquello en que cotidianamente gastamos nuestras energías, son otras cosas.
   A este propósito dijo alguien: “¿Por qué os defendéis? Si obedecierais a las alegorías, vosotros mismos os habríais convertido en tales, con lo que os hubierais liberado de la fatiga diaria.”
   Otro dijo: “Apuesto a que eso es también una alegoría.”
   Dijo el primero: “Has ganado.”
   Dijo el segundo: “Pero por desgracia, sólo en lo de la alegoría.”
   El primero dijo: “En verdad, no; en lo de la alegoría has perdido.”

Franz Kafka (1922): La muralla china. Madrid: Alianza, 1973, págs. 78-79.


*** ... Se admiten interpretaciones ... ***

martes, 24 de julio de 2012

Sueño y realidad

Soñé que era una mariposa. Volaba en el jardín de rama en rama. Sólo tenía conciencia de mi existir de mariposa y no la tenía de mi personalidad de hombre. Desperté. Y ahora no sé si soñaba que era una mariposa o si soy una mariposa que sueña que es Chuang-Tzu.
Chuang-Tzu

Octavio Paz: Chuang-Tzu. Madrid: Siruela, 1997, pág. 53.


Chuang-Tzu (ca. 369-290 a. C.)

sábado, 14 de julio de 2012

El otro infierno

   Cuando Teresa y yo llegamos al infierno, Minos se ciñó dos veces al cuerpo con la capa y nos mandó a ese círculo que se ha hecho famoso por la historia de Francesca de Rímini y Paolo Malatesta. ¡Imposible soñar paraíso semejante! Desde que llegamos se dejó sentir el impulso afrodisíaco de las llamas y nos entregamos a una lujuria insistente. No tardamos mucho en contagiar a los demás condenados y así el Segundo Círculo del infierno se convirtió de pronto en escenario de increíbles orgías. Como es de suponerse, el Señor se enteró en el acto y cambió nuestra sentencia; desde entonces estamos en el paraíso, colocados a insalvable distancia, confundidos por los coros angélicos, purificados los dos de tal manera que parecemos creaciones de Botticelli, contemplándonos, solamente contemplándonos, mientras todo el cielo tiembla y se desbarata como flamita nerviosa de cirio pascual ante las notas triunfales del tedéum.

José Joaquín Blanco (1921):  “El otro infierno”, en Edmundo Valadés (ed.): El libro de la imaginación. México: F.C.E., 1976, p. 237.

Gustave Doré: Paraíso
  Puede leerse la traducción de Ángel Crespo de Infierno, V, con ilustraciones, muchas de ellas relativas a Paolo y Francesca, en el Blog Ut Pictura Poesis.

domingo, 15 de abril de 2012

El mayor tormento

   Los demonios me contaron que hay un infierno para los sentimentales y los pedantes. Ahí los abandonan en un interminable palacio, más vacío que lleno, y sin ventanas. Los condenados lo recorren como si buscaran algo y, ya se sabe, al rato empiezan a decir que el mayor tormento consiste en no participar de la visión de Dios, que el dolor moral es más vivo que el físico, etcétera. Entonces los demonios los echan al mar de fuego, de donde nadie los sacará nunca.

Adolfo Bioy Casares: La invención y la trama.Barcelona: Tusquets, 1991, p. 704

Adolfo Bioy Casares (1914-1999)


Este cuento aparece por primera vez en la antología Cuentos breves y extraodinarios (Raigal, 1955), compilada por el propio Bioy y Borges, atribuido de modo apócrifo a "El falso Swedenborg" y su obra Ensueños (1873). En 1959 reaparece con el mismo título y atribuido a su autor en Guirnalda con amores. Por fin, en El libro del Cielo y el Infierno (Sur, 1960), otra antología de Borges y Bioy, reaparece firmado por su autor pero con el título "Justo castigo".

sábado, 17 de marzo de 2012

El principio

   “Tu suerte está echada”, dijo, al tiempo que rodaba mi cabeza. Y aquí, mirando arriba mientras se me escapan las fuerzas, quiero creer que sueño. Pero el sueño comienza ahora; voy a dormir.

Óscar González: "El principio", en El Cuento. Revista de Imaginación. Vol VII, 42 (mayo, 1970), pág. 421.

El Cuento. Revista de Imaginación

lunes, 12 de marzo de 2012

El regresivo

   Dios concedió a aquel ser una infinita gracia: permitió que el tiempo retrocediera en su cuerpo, en sus pensamientos y en sus acciones. A los setenta años, la edad en que debía morir, nació. Después de tener un carácter insoportable, pasó a una edad de sosiego que antecedía a aquella. El Creador lo decidiría así, me imagino, para demostrar que la vida no sólo puede realizarse en forma progresiva, sino alterándola, naciendo en la muerte y pereciendo en lo que nosotros llamamos origen sin dejar de ser en suma la misma existencia. A los cuarenta años el gozo de aquel ser no tuvo límites y se sintió en poder de todas sus facultades físicas y mentales. Las canas volviéronsele oscuras y sus pasos se hicieron más seguros. Después de esta edad, la sonrisa de aquel afortunado fue aclarándose a pesar de que se acercaba más a su inevitable desaparición, proceso que él parecía ignorar. Llegó a tener treinta años y se sintió apasionado, seguro de sí mismo y lleno de astucia. Luego veinte y se convirtió en un muchacho feroz e irresponsable. Transcurrieron otros cinco años, y las lecturas y los juegos ocuparon sus horas, mientras las golosinas lo tentaban desde los escaparates. Durante ese lapso lo llegaba a ruborizar más la inocente sonrisa de una colegiala, que la caída aparatosa en un parque público, un día domingo. De los diez a los cinco, la vida se le hizo cada vez más rápida y ya era un niño al que vencía el sueño.
   Aunque ese ser hubiera pensado escribir esta historia, no hubiera podido: letras y símbolos se le fueron borrando de la mente. Si hubiera querido contarla, para que el mundo se enterara de tan extraña disposición de Nuestro Señor, las palabras hubieran acudido entonces a sus labios en la forma de un balbuceo.

Óscar Acosta (Honduras, 1933)
Óscar Acosta (1956): "El regresivo", en Antonio Fernández Ferrer (editor): La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas. Madrid: Fugaz Eds., 1990, pág. 19.

domingo, 4 de marzo de 2012

El espíritu

   Un espíritu iba a dejar de serlo: tenía que precipitarse desde la eternidad hacia el Tiempo, encarnarse:
   “¡Vas a vivir!”
   Era morir para él. ¡Qué espanto, sumergirse en el Tiempo! 
Paul Valéry (1939): Œuvres I. Bruges: Gallimard-La Pléiade, 1980, p. 299.

Paul Klee: Angelus Novus (1920)

miércoles, 29 de febrero de 2012

Tres estilos de Filosofía

   Según recoge André Comte-Sponville en su manual de introducción a la filosofía, un humorista anónimo supo establecer en 1929, con gran ingenio, las características de las tres grandes tradiciones o modos de filosofía europea: la francesa, la inglesa y la alemana. El diagnóstico, en forma de chiste, es el siguiente:

   Se encargó a un francés, un inglés y un alemán un estudio sobre el camello.
  El francés fue al Jardín Botánico, en el que pasó cerca de media hora, interrogó al guardián, echó pan al camello, le pinchó con la punta del paraguas y, de regreso a casa, escribió para su periódico un artículo plagado de ideas penetrantes y ocurrentes.
   El inglés, llevando consigo su cesta del té y un confortable material de acampada, fue a plantar su tienda en los países de Oriente. Al cabo de una estancia de dos o tres años, volvió con un grueso volumen atiborrado de hechos sin orden ni conclusión, pero de un gran valor documental.
   El alemán, por su parte, henchido de desprecio por la frivolidad del francés y la ausencia de ideas generales del inglés, se encerró en su habitación para escribir una obra en varios volúmenes titulada: La idea de Camello, extraída de la concepción del Yo.

André Comte-Sponville (1952)

Citado en:
André Comte-Sponville: La Filosofía. Qué es y cómo se practica. Barcelona: Paidós, 2012, pág. 63.