El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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domingo, 17 de junio de 2012

Alicia en el país de las maravillas

Lewis Carroll es el seudónimo de Charles Lutwidge Dodgson (1832–1898), sacerdote anglicano, lógico, matemático, fotógrafo y autor de uno de los libros más fascinantes de la historia de la literatura: Alice's Adventures in Wonderland (1865). Puede que los niños sigan leyendo esta obra como la maravillosa aventura fantástica que es; pero caben otras lecturas, a distintas edades, como muestran por ejemplo las variadas ediciones del libro (el matemático Martin Gardner es autor de una edición anotada) y de adaptaciones cinematográficas (muy reciente, la de Tim Burton). A los estudiosos de Lógica o de Filosofía del Lenguaje les fascina este libro, que al fin y al cabo es obra de un especialista en Lógica y Matemática, con ensayos que sorprendieron a la reina Victoria desagradablemente cuando tras leer Alicia pidió todo lo que había escrito el autor y le hicieron llegar sus obras especilizadas. Supongamos por tanto dos niveles de lectura: uno primero para disfrutar como siempre de las aventuras de Alicia en el ilógico mundo "de las maravillas", un segundo para aclarar los chistes, como sugiere Gardner, porque ningún chiste es divertido si no lo entendemos. Y Alicia está lleno de juegos de palabras. La aclaración que hemos de proporcionar es puramente lingüística y consiste casi siempre en desvelar el uso polisémico de las palabras o el abuso del sentido literal de éstas. Un ejemplo muy breve, al final del libro.

"Leed, pues, ese verso", concedió el Rey.
El Conejo Blanco se caló las gafas: "¿Por dónde place a Vuestra Majestad que empiece?", preguntó.
"Comenzad por el principio", indicó gravemente el Rey, " y continuad hasta llegar al fin; entonces, parad " .

Vemos aquí que una simple pregunta acerca de dónde empezar la lectura se contesta con una retórica y estúpida lección del procedimiento general de la lectura. ¿Puro sinsentido? Sí, pero también crítica al pomposo ejercicio del poder, que a menudo no sabe ofrecer más que una serie de jactanciosas tautologías.

Lectura recomendada en Primero de Bachillerato como complemento de las clases de Lógica, se ha de usar la traducción de Jaime de Ojeda, con muy buenas notas aclaratorias y con las ilustraciones de John Tenniel. El trabajo consiste en un breve resumen del argumento en el que se enmarca la transcripción y explicación de los juegos de palabras más significativos que aparecen en el texto, se puede añadir una valoración final del libro, pero el grueso del trabajo es de carácter lógico-lingüístico.

Lewis Carroll: Alicia en el país de las maravillas. Madrid: Alianza Ed., 1970

La aflicción del mercader

La aflicción de un mercader que, volviendo de las Indias a Europa con toda su fortuna en mercancías, se vio obligado a echarlo todo por la borda, durante una tempestad, y se apenó de tal suerte que en la misma noche encaneció su peluca

Immanuel Kant (1790): Crítica del Juicio, § 54, 303



En todo lo que deba excitar una risa viva y agitada tiene que haber algún absurdo (...). La risa es una emoción que nace de la súbita transformación de una ansiosa espera en nada. [ Immanuel Kant ]

jueves, 14 de junio de 2012

Paradoja nipona


 - ¿Qué significa hai?
- ¿Hai?
- Sí, hai. Quiero decir, ¿qué significa?
- Significa "sí".
- ¿"Sí"?
- Pero no "sí" como lo usáis vosotros. Quiere decir "estoy escuchando", "vamos"... "Sí". Hai es "¿qué?". Hai es "no sé". Puedes estar sólo pensando... Y a veces significa "no"; porque nadie dice "no". Sólo hai, que significa "sí".
- ¿Aunque signifique "no"?
- ¡Hai!

miércoles, 13 de junio de 2012

Kundera sobre el amor

Toda relación amorosa se basa en una serie de convenios que, sin escribirlos, los amantes establecen imprudentemente durante las primeras semanas de amor. Están todavía como en sueños, pero al mismo tiempo redactan como abogados implacables las cláusulas detalladas del contrato. ¡Oh, amantes, sed cautelosos durante esos primeros días! ¡Si le lleváis el desayuno a la cama os veréis obligados a hacerlo siempre, a menos que queráis ser acusados de desamor y traición! [ pág. 61 ].

* * *

Uno de los remedios usuales contra la propia miseria es el amor. Porque aquel que es amado de un modo absoluto no puede ser miserable. Todos sus defectos son redimidos por la mirada mágica del amor (...). Lo absoluto del amor es en realidad el deseo de una identidad absoluta [ pág. 177 ].

* * *

Lo que le interesaba a Tamina eran sus preguntas. No el contenido, sino el simple hecho de que le preguntase. ¡Dios mío, cuánto tiempo hace que nadie le pregunta nada! ¡Parece toda una eternidad! Solamente su marido le preguntaba sin cesar, porque el amor es un preguntar constante. Sí, no conozco ninguna definición mejor del amor [ pág. 233 ].

* * *

El sexo no es amor, es sólo un territorio del que el amor se apodera [ pág. 262].

* * *

La mujer a la que Jan quiso tanto tenía razón cuando le dijo que lo que la mantenía con vida era tan solo el hilo de una tela de araña. Basta con tan poco, el leve soplo de una brisa, las cosas cambian un poquito de sitio y aquello por lo cual el hombre había estado dispuesto hasta hace un momento a dar su vida, aparece de pronto como un contrasentido sin contenido alguno [ pág. 312 ].


Milan Kundera: El libro de la risa y el olvido. Barcelona: Seix Barral, 1987.

sábado, 9 de junio de 2012

Los mejores aforismos


Lo que no quieras que te hagan a ti, no lo hagas a los demás. (Confucio)

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La vida es corta; el arte largo; la ocasión fugitiva; la experiencia falaz, y la decisión difícil. (Hipócrates)

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Nada es suficiente para el hombre para quien lo suficiente es poco. (Epicuro)

* * *

El hombre no puede tener todo lo que desea; pero sí puede no desear lo que no tiene. (Séneca)

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La necesidad nos ahorra el problema de escoger. (Vauvenargues)

* * *

Un hombre debería tragarse un sapo cada mañana para tener la certeza de que el día no le deparará nada más repugnante. (Chamfort)

* * *

Si existe un hombre atormentado por la infausta ambición de poner todo un libro en una página, toda una página en una frase, y esta frase en una palabra, ése soy yo. (Joubert)

* * *

El patriotismo es el ultimo refugio de los sinvergüenzas. (Samuel Johnson)

* * *

Mientras el corazón conserve el deseo, la mente conservará la ilusión. (F. R. de Chateaubriand)

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Es imposible llevar la antorcha de la verdad a través de una multitud sin chamuscar la barba de alguien. (Lichtenberg)

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La esperanza es confundir el deseo de algo con su probabilidad. (Arthur Schopenhauer)

* * *

Amarse a uno mismo es el comienzo de un idilio que dura toda la vida. (Oscar Wilde)

* * *
Diviértete, ya que no puedes cambiar nada de ninguna manera. (Jenny Holzer)


James Geary: El mundo en una frase. Una breve historia del aforismo. Barcelona: Ceac, 2007.

viernes, 8 de junio de 2012

Canetti: Apuntes 1973-1984

Y si no hicieras nada más que escribir tu vida, toda tu vida, al menos la habrías creado.

* * *

Musil aún estará ahí, cuando se bostece sobre Thomas Mann.

* * *

No puedes estar con los hombres. No puedes estar sin los hombres. ¿Cómo has de estar?

* * *

Dos clases de hombres: los reacios a la confesión y los confesantes apasionados.

* * *

Uno podría pasarse toda la vida reflexionando sobre sí mismo, y no darse cuenta de que no lo merece.

* * *

No me gusta nada Borges. No choca con piedra. La reblandece.

* * *

Soy incapaz de resolver, debo unificar. No sé siquiera resolver palabras, aún menos una vida.


Elias Canetti: Apuntes 1973-1984. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2000.


jueves, 7 de junio de 2012

El mundo de la vida

   En 1963 publica Hans Blumenberg el texto “Mundo de la vida y tecnificación bajo los aspectos de la fenomenología”. En él caracteriza como principal hallazgo de la fenomenología husserliana la idea de intencionalidad. La descripción que ofrece Blumenberg es modélica: el carácter intencional de la conciencia implica “el hecho de que nuestra conciencia sólo consiste en que algo se le haya dado, eso es lo que hace que ella sea, justamente, consciente de algo”. La conciencia no es que “tenga” objetos, sino que “tiende a” ellos, y esta intención pretende por su propia naturaleza llegar a ser plena. El problema es que en la vida cotidiana se interrumpe continuamente esa pretensión de alcanzar plenamente sus objetos, de modo que hemos de contentarnos “con fragmentos de intuición, con indicar y nombrar, con la fórmula y el signo”; pero en todo caso los fines, la intención última de la conciencia, ya están planteados, y con ellos el horizonte de una historia y de un mundo para la realización de sus prestaciones. Esta referencia de la intencionalidad al polo inagotable del objeto implicará que el trabajo de la fenomenología esté ligado a una constante advertencia sobre la infinitud de su tarea. Ahora bien, como no se le escapa a Blumenberg, “el páthos de la idea de infinidad encubre una contradicción: la exigencia de una evidencia absoluta y de una fundamentación y un análisis radical de la génesis de sentido se autodescalifica”. De hecho, la inconsecuencia es constante en la obra de Husserl, ya que un trabajo infinitamente postergado, y sin embargo radicalmente fundado, resulta a la postre contradictorio.
   Blumenberg se interesa por el “mundo de la vida” entendido como mundo de la cotidianidad, familiar y concreto. Se trata en este caso del mundo sobreentendido, el de la rutina, el de la existencia concreta. Es propio de este Lebenswelt, dice Blumenberg, una clara inconsciencia de sí, pues quien habita en este mundo de la vida no se pregunta por el mundo de la vida, de hecho es un lugar de refugio, para el que no existe la pregunta por el sentido. De esta manera, Blumenberg matiza el carácter de la conciencia intencional e indica el marco de una fenomenología no idealista, pues deja de perseguir la revelación  absoluta y se gira hacia el entorno cotidiano del medio-saber y la extrañeza.

Hans Blumenberg

martes, 5 de junio de 2012

Epitafios de Imanuel Ehrenhardt y William Jones



IMANUEL EHRENHARDT

Comencé con las lecciones de Sir William Hamilton.
Pasé luego a estudiar a Dugald Stewart;
y, después, a John Locke sobre el Entendimiento,
y luego a Descartes, Fichte y Schelling,
Kant y Schopenhauer...
Los libros me los prestaba el viejo Juez Somers.
Los leí todos con exaltada atencíón,
en la esperanza de que me estuviera reservado a mí
el agarrar del rabo al último secreto
y sacarlo de su agujero.
Mi alma se elevó a diez mil kilómetros,
pero sólo conseguí ver la luna un poco más grande.
Luego volví a caer, ¡y qué contento me sentí con la tierra!
Fue gracias al alma de William Jones,
que me mostró una carta de John Muir*.


* * *

WILLIAM JONES

De vez en cuando, una extraña hierba desconocida para mí
que me exigía buscarle un nombre en mis libros;
de vez en cuando, una carta de Yeomans.
En las conchas de mejillones recogidas en la orilla,
a veces una perla brillante como la ruda en la pradera;
y luego una carta de Tyndall, desde Inglaterra,
con el matasellos de recibida en Spoon River.
Yo, amante de la naturaleza y amado por mi amor a ella,
sostenía tales conversaciones a distancia con los grandes
que la conocían mejor que yo.
Pero no es que nosotros seamos más pequeños o más grandes,
al hacerla a ella lo más grande, nos premia
con placeres más intensos.


Edgar Lee Masters: Antología de Spoon River (edición de Jesús López Pacheco). Madrid: Cátedra, 1993, págs. 290 y 293.

Edgar Lee Masters (1869-1950)

[* John Muir: naturalista estadounidense al que se debe la política conservacionista que ha dado lugar a los parques nacionales]

sábado, 2 de junio de 2012

Paseos (filosóficos) por la ciudad


Rousseau herborisant
   Antes del siglo XIX, los paseos filosóficos se encaminaron al campo, especialmente en el XVIII la naturaleza aparecía como un lugar de ensueño: el vestido de la Tierra despierta la meditación del filósofo (Rousseau) que a través de ella se interna en su propio interior y ajusta su pasado. Esta tradición no se rompe ni en el XIX (Thoreau, Hebbel) ni en el XX (Heidegger, Sebald); pero al pasar de las ensoñaciones del paseante solitario a las extrañezas del romántico nos vemos ante un cambio de escenario, abandonamos el campo y entramos en la ciudad.
E.T.A. Hoffmann
   E.T.A. Hoffmann escribe un cuento en 1822, el mismo año de su muerte, que bien puede servir de gozne: “La ventana esquinera de mi primo”, donde se recoge, apenas sin argumento, todo un “arte de ver” desde la habitación de un edificio que da a una feria y un teatro en Berlín. El arte de ver no es ya la pura contemplación de un paisaje, pues en la ciudad abundan los seres humanos, y el consuelo del voyeur es aquí fantasear sobre las vidas que transcurren al pie de su ventana. La masa humana es metáfora para Hoffmann de la vida siempre cambiante en la que “la variedad nunca es demasiado variada”. Protegido por la ventana y la altura, el narrador se muestra (aun estando enfermo de muerte) vivificado por el espectáculo. En esta misma estela, y de modo semiautobiogáfico, el gran paseante que fue Charles Dickens, capaz de recorrer decenas de kilómetros por su querido Londres, inicia la novela Almacén de antigüedades (1840-41) justificando los paseos urbanos con el objetivo de estudiar el tipo y el carácter de los transeúntes, algo que ya había puesto en práctica en sus inicios literarios, con los “esbozos” de Boz; y otro cuentista fantástico, Edgar Allan Poe, sitúa uno de sus más extraños cuentos en las calles de Londres, “El hombre de la multitud” (1840), en el que hallamos un narrador que ha superado una enfermedad y se encuentra en el estado anímico más opuesto al ennui: “El solo hecho de respirar era un goce”, afirma al inicio. La percepción de la masa por la avenida se integra en ese fervor por la vida renovada hasta que repara en un anciano singular que despierta su interés por la decrepitud de su semblante y su aspecto demoníaco. Lo sigue por las calles y se da cuenta de que ese hombre nunca abandona las zonas concurridas, calles comerciales o salidas del teatro, sin ningún objetivo especial más que verse rodeado por la masa, incapaz de estar solo: es el hombre de la multitud. Habrá que entender con esta expresión una simbólica patología, un nuevo demonio asociado a la vida en las ciudades.

Walter Benjamin
    Desde una perspectiva sociológica, Georg Simmel enlaza con el demonismo de Poe y reflexiona sobre “las grandes urbes y la vida del espíritu” en 1903, destacando la diferencia observable entre la estabilidad inconsciente de las impresiones en el campo, capaces por ello de despertar la sentimentalidad, frente a la multitud de impresiones urbanas que condicionan la vida anímica del sujeto y lo fuerzan a activar el entendimiento. Esta tendencia al entendimiento y al cálculo se concreta en la obsesión por la medida temporal y la actividad económica, lo que acaba enajenando al urbanita y despierta el rechazo de los grandes individualistas, pensemos en Nietzsche, en cuanto las grandes ciudades nos alejarían de las fuentes de la vida.
   Pero ya apuntábamos otra posibilidad para los paseos por la ciudad, la que sigue de cerca el desarrollo de las grandes urbes, el Londres que pasa de las luces de cera a las farolas de gas y a la luz eléctrica, o el París de los bulevares y grandes avenidas diseñadas por Haussmann. Aquí la referencia debe ser uno de los principales ensayos estéticos del XIX, “El pintor de la vida moderna” (1863), de Charles Baudelaire, que apoyado en las acuarelas de Constantin Guys y sus retratos de las costumbres urbanas, sirve como principal manifiesto de la modernidad estética. El pintor de la vida moderna es un flâneur, un paseante que está siempre en su casa cuando se halla fuera de ella, un yo que no se sacia de no-yo.  El giro es destacado por Baudelaire precisamente en relación con el siglo XVIII: lo bello ahora no se relaciona con la naturaleza y lo natural, sino con la ciudad y lo artificial. Esta belleza moderna es siempre de lo fugitivo y cambiante, aunque aspire a la eternidad, es fugitiva como los paisajes que transcurren al pasear por las calles y avenidas de la ciudad.
    En esta misma línea, Walter Benjamin se inspirará en Baudelaire para señalar
Baudelaire, por Nadar
algunos temas asociados a la nueva estética: la bohemia, los periódicos y folletines en los kioskos, la literatura de tipos, los paseantes, los pasajes urbanos con sus múltiples comercios, la masa, la velocidad, las mezclas y el fragmentarismo que explotará en su obra inacabada sobre el París de los pasajes. Aquí aparece un ensayismo de la ciudad no incompatible con la cultura, como si vida y cultura no pudieran ya considerarse por separado. Desde que observamos la ciudad con ojos filosóficos, los temas dignos de reflexión se amplían y se tornan más concretos. Nos dirigimos a las supercherías y el coleccionismo, a los adornos y la iluminación, a los trajes y la vida en los arrabales, las fotografías y los dibujos, los grabados y la venta ambulante. La perspectiva de Walter Benjamin es diferente a la de Simmel, porque admite la mirada no-económica y curiosa del flâneur, el paseante desocupado que, como el propio Benjamin, Franz Hessel o el cineasta Walther Ruttman, recorre una ciudad, en concreto Berlín, con actitud meditabunda y reflexiva, porque ha nacido allí, y por tanto mezcla sus recuerdos con el relato de la ciudad. El flâneur se vuelve filósofo, errabundo y soñador. Por eso lanza Benjamin un guiño a Rousseau aludiendo a los Paseos por Berlín de Hessel y dice que la ciudad ejerce “como recurso mnemotécnico del paseante solitario”. Ahora la urbe se abre como un paisaje, se solicita el amor a ella como antes se ha practicado el amor al campo. Surgen desde una nueva perspectiva los letreros luminosos, los enrejados, los kioskos, los buzones y los bronces, las terrazas y los cines… Nada escapa a la mirada del paseante, del sospechoso, del voyeur. Otros podrán estudiar, pero el paseante quiere aprender, no sólo multiplicar las impresiones, sino encontrar en ellas el suelo de la experiencia que les da el aura de lo
permanente… Lo bueno es que estos paseos filosóficos están al alcance de todos nosotros.


Fotograma de Berlín, Sinfonía de una ciudad (Walter Ruttman, 1927)

viernes, 1 de junio de 2012

El inquietante Robert Aickman (2)

     Si una impresión se repite al leer los cuentos de Aickman es que no hay futuro para el humano deseo de amar y ser amado. La muchacha que, en "Hand in Glove" (1979), se decide a romper con su novio termina encontrándolo en forma de pesadilla ligado a un paraje maldito y fantasmal, con una iglesia que alberga algo innombrable, un funeral y una guardiana de objetos perdidos que actúan como imanes que obligan a volver a sus dueñas para someterse a la única manera de arreglar un corazón destrozado: amar / ser amado; pero, si no, matar / ser matado.
   En uno de sus primeros relatos, “Ringing the Changes” (1955), un matrimonio con edades muy dispares, ella muy joven, él ya mayor, elige para su luna de miel un pueblo casi perdido en la costa. Desde que llegan están escuchando el tañido de las campanas, ensordecedor y opresivo. En el hotel están prácticamente solos. Salen en busca del mar y no lo encuentran, sólo perciben un olor nauseabundo. Regresan al hotel. Un inquilino, el comandante Shotcroft, advierte al marido de que el repicar de las campanas tiene como objetivo despabilar a los muertos, así que les aconseja marcharse. La joven esposa no parece molesta por el ruido, no quiere irse. Después de la cena suben a su habitación y empieza el alboroto, la gente grita que los muertos han despertado y una masa entra en el hotel bailando, destrozándolo todo a su paso. Suben hasta la habitación del matrimonio y el marido no puede impedir que se lleven a su esposa; más tarde la encuentra en los bajos del hotel, con el camisón desgarrado. Shotcroft le reprocha no haber sido más enérgico. A la mañana siguiente se marchan, completamente destruidos.
     El más famoso de sus cuentos es "The Swords" (1969). Un joven viajante de comercio asediado por el despertar del deseo recala en un pueblo en el que descubre una feria descabalada, y en ella un siniestro espectáculo: una atractiva joven se somete a una más que simbólica ceremonia por parte del público masculino: le clavan espadas en el cuerpo y luego se despiden con un beso. Nuestro adolescente huye; pero ya va marcado por la escena. Al día siguiente encuentra a la chica con su protector, y se le ofrece la posibilidad de un espectáculo privado. Será su iniciación sexual, tan terrible como pueda uno imaginarse. 

"La mano en el guante", en Edward L. Ferman y Anne Jordan (eds.): Horror 5. Barcelona: Martínez Roca, 1989, 254-277.
"Campanas y metamorfosis", en José A. Llorens (ed.): Narraciones terroríficas. Antología de cuentos de misterio. Séptima selección. Barcelona: Acervo, 1966, pp. 145-180.
 "Las espadas", en Hartwell, David G. (ed.): El Gran Libro del Terror. Barcelona: Martínez Roca, 1989, pp. 154-172