El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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martes, 1 de mayo de 2012

El Señor de las Moscas


    En una isla del Pacífico han quedado atrapados, después de un accidente de avión, unos veinte niños ingleses con edades comprendidas entre los seis y los doce años. Cuando se reúnen todos después de la catástrofe, enseguida eligen como jefe a Ralph, uno de los mayores y que les inspira confianza y autoridad. Para organizarse recurren a una caracola que sirve para convocar las asambleas con potentes llamadas; el que tiene en las manos la caracola puede hablar, los demás tienen que escucharle, esa es la primera regla. Hay otro chico mayor, Jack, que también demuestra tener un carácter fuerte y a veces se ríe de tanta ceremonia. El más inteligente es “Piggy”, gordito y con gafas (unas gafas muy importantes, ya que gracias a ellas pueden encender fuego), al que nadie hace mucho caso y Jack desprecia y acosa siempre que puede. Jack está obsesionado con cazar jabalíes, los más pequeños se pasan el día retozando y comiendo frutas silvestres, sucios y sin orden. No hay un buen reparto de las tareas diarias, ven pasar a un barco y no pueden avisarle porque no tienen encendido un fuego para hacer señales de humo. Por las noches, los más pequeños tienen pesadillas, están convencidos de que hay una fiera, una serpiente o un fantasma que ronda por la isla. Una noche cae un paracaidista, y es visto por uno de los pequeños, quien da la voz de alarma aterrado y termina convenciendo a todos de que están amenazados. En realidad, lo que ha visto es la tela del paracaídas agitada por el viento, el miedo ha hecho que la confundan con "la fiera".
   A la mañana siguiente deciden que deben explorar la isla. Parten los mayores, en el camino se tropiezan con jabalíes, pero Ralph no se muestra tan dispuesto a la caza ni tan salvaje como Jack. Terminan llegando al sitio donde están los restos del paracaídas y, presos del pánico, huyen pensando que sí, que la fiera existe.
   En el campamento hay una pelea. Jack se rebela contra Ralph y se lleva a los que quieren cazar y tenerlo como jefe. Ralph se queda con los pequeños, con “Piggy” y pocos más. El grupo de Jack caza una jabalina y dejan la cabeza, clavada en una lanza, como ofrenda a la fiera. Oculto en la maleza, uno de los chicos, Simon, lo ve todo. Cuando se van todos, se queda hablando con la aterradora cabeza, en la que se amontonan las moscas: es el "Señor de las Moscas" (uno de los nombres del Diablo, según la Biblia). Más tarde, como entre sueños y delirios, se encuentra con el cuerpo en descomposición del paracaidista, vomita y con todas las dificultades del mundo intenta llegar adonde están acampados los otros, para contarles lo que ha visto.
   Mientras tanto, Ralph y los suyos han ido a vigilar a los cazadores. En tono de superioridad, los cazadores les dejan comer carne, luego cantan y bailan alrededor del fuego, y entonces surge Simon de la espesura de la noche. Lo confunden con el monstruo y lo matan a lanzazos. Más tarde, los cazadores robarán las gafas de “Piggy” para poder hacer fuego y ser completamente independientes. Ralph, “Piggy” y dos mellizos llamados Sam y Eric, los únicos que no son cazadores y siguen convencidos de que lo principal es intentar que los rescaten, se ven obligados a ir y enfrentarse a ellos. Lo malo es que los cazadores forman ahora una especie de tribu salvaje, sometidos a la tiranía de Jack, que utiliza el miedo a la fiera para mantenerlos a raya. En medio de la disputa, uno de los más violentos, Roger, tira una gran piedra desde lo alto de la colina, que destroza a “Piggy”. Capturan a los mellizos y Ralph huye herido.
   Unos instantes atrás, “Piggy” les había preguntado lo siguiente: “¿Qué es mejor, tener reglas y estar todos de acuerdo o cazar y matar?”. Ahora ya está todo claro, se han acabado las reglas, sólo sobrevive el más fuerte; aunque Ralph aún no se lo cree: “No. No son de verdad tan malos. Fue un accidente”, se dice para darse ánimos. Cuando llega la noche ve que están vigilando los mellizos que un día atrás formaban parte de su grupo, así que se acerca a hablarles. Sam y Eric le advierten de que a la mañana siguiente saldrán los cazadores en su busca para matarlo como si fuera un animal: “Roger ha afilado un palo por las dos puntas” (con lo que se sugiere que los niños están a un paso del canibalismo). Ralph les confiesa que planea ocultarse en el bosque cercano. A la mañana siguiente salen todos en su busca, se han enterado de su plan y arrojan grandes piedras contra el bosque donde está oculto, al final hasta lo incendian. Ralph huye atacando con su lanza a todo el que se encuentra. Desde la maleza escucha los gritos de la formación que peina el bosque. Acaban descubriéndolo y él sale huyendo, desesperado. La isla está en llamas, todos persiguen a Ralph que llega hasta la playa, se cae y al alzar los ojos ve a un oficial de la Marina. Detrás llegan los otros niños. Los adultos han venido, advertidos por el fuego; pero lo que han encontrado es un espectáculo sorprendente para cualquiera.

William Golding (1911-1993)
 William Golding publicó esta novela en 1954. Cuando obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1983, se coincidió en pensar que era debido a esta historia aterradora, donde la visión de Rousseau (y Diderot) del buen salvaje (el hombre es bueno por naturaleza, lo hace malo la sociedad) caía hecha añicos, sobre todo porque plantea la posibilidad del mal como algo radical y natural en el hombre. Sin embargo, Rousseau sale reforzado de esta historia. El ginebrino plantea que para alcanzar dentro de lo posible las bondades de la vida natural es preciso organizar la sociedad con unas reglas por las que el individuo se compromete con todos, al mismo tiempo que todos los demás y en los mismos términos. En realidad, Golding no parece defender otra cosa. ¿Pero cómo hacerlo? Encontrar la manera es tanto como fundar la democracia, las reglas del “contrato social”.

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