El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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martes, 10 de julio de 2012

Cees Nooteboom, filósofo

Cees Nooteboom (1933)
   El poeta, narrador y viajero Cees Nooteboom es uno de los mejores analistas del amor dentro de la literatura actual. Prácticamente todas sus obras de ficción abordan este enigma, y en algunas de ellas se repite una perspectiva platónica: "El amor está en el que ama, no en aquel que es amado". De esta comprobación surge el matiz consolador del amor en todas sus novelas, su carácter apotropaico (y por cierto que Mircea Eliade encuentra una misma función apotropaica en el mito y Hans Blumenberg en los primeros relatos al calor del fuego en el tiempo de las cavernas). El amor es el gran consuelo del hombre, viene a decirnos (y a mostrarnos) Cees Nooteboom. La perspectiva novedosa del autor holandés es que hasta cuando se halla desnivelado, o incluso no correspondido, también tiene efectos benéficos, ya que amar implica siempre una elevación de la vida, y en ocasiones es su curación.
   Como Platón, Nooteboom relaciona a Eros con un ser intermedio, ni divino ni humano, que los griegos llamaban démon, y los occidentales ángel. En ambos casos son seres mestizos, en la versión platónica un fruto de la Pobreza y el Recurso. El enamorado siente brotar las alas de la productividad y la salud, aunque también la carencia y el desaliento: se siente vivir. En Perdido el paraíso (2006), su última novela hasta la fecha, Nooteboom narra dos historias de amor no-desgraciado: la de Alma, una joven brasileña violada en su país y que logra curarse de la herida en Australia gracias a las atenciones distantes de un aborigen, y la de Erik Zondag, el obligado alter-ego del autor, ese viajero transterrado con múltiples fisonomías en sus novelas, que en esta ocasión siente la presencia del ángel erótico en un juego (de inspiración real) situado en la ciudad australiana de Perth, donde Alma representa una estatua viviente que debe ser descubierta por los asistentes a un congreso de literatura. No es importante que Alma sea abandonada por el insondable aborigen, o que Erik apenas pueda entrever las puertas del soñado paraíso en la bacanal de ángeles el último día del congreso, perdidamente enamorado del símbolo más que de la propia chica brasileña. Lo que perseguían ambos seres sufrientes lo consiguen en uno y otro caso, pues renacen a la vida con sus propios medios, ayudados desde fuera con el aleteo de alguien que a su vez sentirá ese renacer por otro u otros. La productividad no es posible sin un vacío previo, y la mayor poiesis es la vida propia.
Sandro Botticelli: La Anunciación (1489)

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