El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

BÚSQUEDA EN EL BLOG

sábado, 14 de julio de 2012

El otro infierno

   Cuando Teresa y yo llegamos al infierno, Minos se ciñó dos veces al cuerpo con la capa y nos mandó a ese círculo que se ha hecho famoso por la historia de Francesca de Rímini y Paolo Malatesta. ¡Imposible soñar paraíso semejante! Desde que llegamos se dejó sentir el impulso afrodisíaco de las llamas y nos entregamos a una lujuria insistente. No tardamos mucho en contagiar a los demás condenados y así el Segundo Círculo del infierno se convirtió de pronto en escenario de increíbles orgías. Como es de suponerse, el Señor se enteró en el acto y cambió nuestra sentencia; desde entonces estamos en el paraíso, colocados a insalvable distancia, confundidos por los coros angélicos, purificados los dos de tal manera que parecemos creaciones de Botticelli, contemplándonos, solamente contemplándonos, mientras todo el cielo tiembla y se desbarata como flamita nerviosa de cirio pascual ante las notas triunfales del tedéum.

José Joaquín Blanco (1921):  “El otro infierno”, en Edmundo Valadés (ed.): El libro de la imaginación. México: F.C.E., 1976, p. 237.

Gustave Doré: Paraíso
  Puede leerse la traducción de Ángel Crespo de Infierno, V, con ilustraciones, muchas de ellas relativas a Paolo y Francesca, en el Blog Ut Pictura Poesis.

martes, 10 de julio de 2012

Progreso

Hay un cuadro de Klee (1920) que se titula Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviera apunto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irremediablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Walter Benjamin: "Tesis de filosofía de la historia" (ca. 1940), en Discursos interrumpidos. Madrid: Taurus, 1973, p. 183.

Cees Nooteboom, filósofo

Cees Nooteboom (1933)
   El poeta, narrador y viajero Cees Nooteboom es uno de los mejores analistas del amor dentro de la literatura actual. Prácticamente todas sus obras de ficción abordan este enigma, y en algunas de ellas se repite una perspectiva platónica: "El amor está en el que ama, no en aquel que es amado". De esta comprobación surge el matiz consolador del amor en todas sus novelas, su carácter apotropaico (y por cierto que Mircea Eliade encuentra una misma función apotropaica en el mito y Hans Blumenberg en los primeros relatos al calor del fuego en el tiempo de las cavernas). El amor es el gran consuelo del hombre, viene a decirnos (y a mostrarnos) Cees Nooteboom. La perspectiva novedosa del autor holandés es que hasta cuando se halla desnivelado, o incluso no correspondido, también tiene efectos benéficos, ya que amar implica siempre una elevación de la vida, y en ocasiones es su curación.
   Como Platón, Nooteboom relaciona a Eros con un ser intermedio, ni divino ni humano, que los griegos llamaban démon, y los occidentales ángel. En ambos casos son seres mestizos, en la versión platónica un fruto de la Pobreza y el Recurso. El enamorado siente brotar las alas de la productividad y la salud, aunque también la carencia y el desaliento: se siente vivir. En Perdido el paraíso (2006), su última novela hasta la fecha, Nooteboom narra dos historias de amor no-desgraciado: la de Alma, una joven brasileña violada en su país y que logra curarse de la herida en Australia gracias a las atenciones distantes de un aborigen, y la de Erik Zondag, el obligado alter-ego del autor, ese viajero transterrado con múltiples fisonomías en sus novelas, que en esta ocasión siente la presencia del ángel erótico en un juego (de inspiración real) situado en la ciudad australiana de Perth, donde Alma representa una estatua viviente que debe ser descubierta por los asistentes a un congreso de literatura. No es importante que Alma sea abandonada por el insondable aborigen, o que Erik apenas pueda entrever las puertas del soñado paraíso en la bacanal de ángeles el último día del congreso, perdidamente enamorado del símbolo más que de la propia chica brasileña. Lo que perseguían ambos seres sufrientes lo consiguen en uno y otro caso, pues renacen a la vida con sus propios medios, ayudados desde fuera con el aleteo de alguien que a su vez sentirá ese renacer por otro u otros. La productividad no es posible sin un vacío previo, y la mayor poiesis es la vida propia.

Platón: el mito de Eros

Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete y, entre otros, estaba también Poros*, el hijo de Metis. Después que terminaron de comer, vino a mendigar Penía*, como era de esperar en una ocasión festiva, y estaba cerca de la puerta. Mientras, Poros, embriagado de néctar –pues aún no había vino–, entró en el jardín de Zeus y, entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía, maquinando, impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se acuesta a su lado y concibió a Eros. Por esta razón, precisamente, es Eros también acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la fiesta del nacimiento de la Diosa y al ser, a la vez, por naturaleza un amante de lo bello, dado que también Afrodita es bella. Siendo hijo, pues, de Poros y Penía, Eros se ha quedado con las siguientes características. En primer lugar, es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es más bien duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo a la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y activo, hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y sofista. No es por naturaleza ni inmortal ni mortal, sino que en el mismo día unas veces florece y vive, cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de nuevo gracias a la naturaleza de su padre. Mas lo que consigue siempre se le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y está, además, en el medio de la sabiduría y la ignorancia.

Banquete, 203b - 203e

(*) Penía es, evidentemente, la personificación de la Pobreza (...). Poros no es la personificación de su contrario, ya que éste es Pluto. De acuerdo con su etimología (...) podría equivaler al español Recurso. (N. del T.: M. Martínez Hernández)

miércoles, 4 de julio de 2012

El anillo de Clarisse

   
   El viaje del hombre sin cualidades arranca con un percance físico: inmerso en un conflicto con tres ladrones, Ulrich duda y reflexiona: ¿Quieren su dinero?, ¿son burgueses un poco ebrios? En un instante en que debería haber reaccionado poniendo en práctica sus habilidades pugilísticas, se deja llevar por el espíritu y el cuerpo es abatido. Todo deportista sabe que cuando la mente se inmiscuye, la marca peligra, por eso la previsualización y el raciocinio van encaminados precisamente a evitar la aparición de ésta en el momento decisivo. 
   En la oposición de espíritu y cuerpo están implicados numerosos dualismos, el espíritu se debe a las ideas, la ciencia, el orden y las regularidades; el cuerpo siempre está mezclado con lo irracional, la vida y los sentimientos. El progreso espiritual y científico (al que Ulrich se ha dedicado con ahínco) debería ir eliminando la irracionalidad corporal; pero he aquí que una sociedad en crisis perturba todas las relaciones y diagnostica que el genio se encuentra tan patente en un caballo de carreras como en el ser humano. Incluso el caballo puede superar toda expectativa si se convierte en un auténtico reloj de precisión, como es el caso descrito en el famoso capítulo 13 de la novela, ya que su trabajo se mide con objetividad, sus prestaciones están por encima de toda duda. Ante tales muestras de genio, el esforzado Ulrich sólo puede darse unas vacaciones, abandonar sus estudios matemáticos y plantearse el único problema relevante, cómo vivir con la indefinición propia de la falta de cualidades objetivas.
   La filosofía de Nietzsche suele acompañar a partir de entonces sus disquisiciones ya sea en solitario o en compañía de Clarisse y Walter. Clarisse incluso propondrá que el año del jubileo del Emperador sea declarado "Año Nietzscheano". Pues bien, desde el importante escrito Sobre verdad y mentira en sentido extramoral sabemos que el origen de las palabras no es otro que la experiencia corporal, la variada red de impulsos nerviosos que desemboca en conceptos, en metáforas, en "verdades". Y cuanto más verdaderas pretenden ser las metáforas, y más alejadas creen hallarse de su origen corporal, más "espirituales", racionales y objetivas dicen volverse. Nietzsche desenmascara el procedimiento y califica de ilusorias a esas verdades que han perdido de vista su origen. Pero esto no implica una simple reducción del espíritu a biología, por un lado Nietzsche advierte que hay ilusiones más útiles que otras (la ciencia, por ejemplo, es una ilusión útil) y por otro critica las cegueras complementarias del hombre racional (que pierde de vista la intuición) y del intuitivo (incapaz de abstracción). La solución nietzscheana, a la que apuntan Clarisse y Ulrich, se encamina a la imbricación de intuición y racionalidad en una vida y un entorno poéticos.
   El primer paso es el reconocimiento de la crisis social y personal, representada por el torbellino de posibilidades que al hilo de la Acción Paralela se abren paso a la consideración de aquellos que deben resumir en tal acontecimiento lo mejor de la cultura del Imperio. Lo nimio se mezcla con lo crucial como en la especie humana se mezclan la antropofagia y la Crítica de la Razón Pura, y Ulrich como secretario de la Acción Paralela se ve obligado a encontrar un criterio tanto en este contexto como para su propia vida. De ahí las visitas al conde Leinsdorf, por el lado político, y a Clarisse, por el lado personal. En una de estas últimas, se plantea la naturaleza de las ideas, reflexiona sobre el curso de la historia, sobre la colisión de contrarios en el seno de un mismo fenómeno, y acaba con una serie de revelaciones: el mundo es una pura analogía, una metáfora, y no admite más exactitud que las ideas realización en la práctica; la pretensión de ganar en exactitud en la vida, en altura espiritual, depende en primer lugar de un paso paradójico: convencerse de no poseerla. El pasaje merece ser citado literalmente: 
Para adquirir espíritu se necesitaba, ante todo, estar convencido de no poseerlo. Esto significaba, para él, tener un carácter abierto, experimentador e inventivo en las cuestiones importantes de la moral. (HsA, cap. 84. Trad. esp. modificada).

   Sobre el ensayismo o la experimentación vital ya ha hablado Musil en otras ocasiones, destaquemos ahora ese carácter o esa mentalidad inventiva o poetizante, que lleva a Ulrich a exclamar que "nuestra vida no tendría que ser más que literatura", porque después de todo la belleza se convierte en el principal trastorno para la sociedad adocenada. Nietzsche ríe a carcajadas con su proyecto de una filosofía artística, pero Platón también se extasía por esta vez, cuando los contrarios se reconocen desde bandos opuestos. La nota metafórica la pone Clarisse, que extrae su anillo de casada (momento que le parece crucial a Claudio Magris, como es sabido) y diagnostica que al final nuestras vidas son así: una nada rodeada de un cerco, y sin embargo esa nada central parece ser lo más importante. Cabe concluir que no se trata de una nada simplemente vacía, sino el sostén del cerco, es una nada productiva y creadora.

Claudio Magris (1939)

sábado, 30 de junio de 2012

El enigma de lo infinitesimal

Los has visto al anochecer, caminando por la orilla, los has visto de pie en los portales, asomados a las ventanas o a horcajadas sobre el borde lentamente movedizo de una sombra. Amantes de lo intermedio, no están ni aquí ni allí, ni adentro ni afuera. Pobres almas, las mueve el afán de experimentar lo imposible. Incluso de noche yacen en la cama con un ojo cerrado y otro abierto, esperando atrapar el último segundo de la vigilia y el primero del sueño, habitar esa tierra de nadie, ese hermoso lugar, contemplar, como sólo un dios pudiera, la luminosa conjunción de la nada y el todo.

Mark Strand: Casi invisible. Madrid: Visor, 2012, pág. 55. Trad. Julio Trujillo

Mark Strand (1934)

viernes, 29 de junio de 2012

El amor platónico

El célebre pasaje del Banquete donde Diotima, la maga de Mantinea, expone a un joven Sócrates el proceso de aprendizaje del amor a la Belleza suele conocerse como "Escalera del Amor" y justifica el tópico del amor platónico como amor espiritual sin intervención de la carne. 
El Banquete es la obra más legible de Platón, no precisa de una preparación especial, aunque admite muchos niveles de lectura. Se la sitúa antes del Fedro y contemporánea de la República, redactada en la década del 380 al 370 a C. Las circunstancias que rodean al encuentro de comensales que da lugar a la celebración son, sin embargo, anteriores, y por una vez muy precisos: enero del 416 a C. El dramaturgo Agatón ha ganado un festival de tragedias y lo celebra durante varios días, en la segunda noche se reúnen en su casa para comer, beber e improvisar loas y discursos sobre el amor una serie de personajes entre los que se encuentran el propio Agatón, Aristófanes (que relata el bellísimo mito del andrógino), un Sócrates de 53 años y ya al final, de madrugada, irrumpe Alcibíades borracho, cuando casi todos duermen, y confiesa su amor desgraciado por su maestro, en uno de los episodios que justifican por sí solos la fama de estilista de Platón.
El discurso de Sócrates llega en sexto y último lugar, y se compone de una refutación de ideas escuchadas anteriormente, la exposición del mito de Eros (según se lo escuchó a Diotima) en que lo asimila a un demon, una interpretación de éste en que lo relaciona con el amor a la sabiduría y al Bien/Belleza, y finalmente la famosa Escalera del Amor que resume el ideario con un ejemplo educativo.
Por supuesto, Diotima es un personaje inventado, y el Sócrates que habla aquí es un trasunto del propio Platón y su vibrante y enloquecedora costumbre de mezclar sucesos reales con fantásticos, ideas propias y ajenas. La teoría de Diotima es la teoría platónica, y por eso es justo considerar este pasaje como ejemplo arquetípico del "amor platónico".
El amor platónico es el amor a la filosofía. Sólo de un modo metafórico parece servir para hablar del amor humano. De hecho puede considerarse con Gregory Vlastos que nada hay más alejado de éste que esa expresión idealizada de la pasión por las conversaciones y la contemplación de las Ideas o Formas. Ahora bien, ocurre que el amor humano ha quedado retratado (y para siempre) en el fantástico mito del andrógino de Aristófanes, ahora se trata de exponer otro misterio, otra posibilidad, que por cierto posee un poder de atracción incuestionable, como si desvelara un fondo oculto en las profundidades de la naturaleza humana, una aspiración secreta. El lamento de Alcibiades representa esta confrontación entre el frío discurrir sobre las Formas y la pasión amorosa individual, y se explica en parte porque el proceso de aprendizaje a través de etapas en forma de escalera reconoce el poder de la sexualidad y el cuerpo como iniciación natural en los misterios de Eros. Enamorarse de un cuerpo, no de una persona, sino de una apariencia física: ese es el primer contacto natural con el erotismo. La promiscuidad es el segundo escalón, y no cuesta nada ver procesos personales e históricos en esta "evolución"; lo sorprendente es que el tercer peldaño conlleva la valoración de las conversaciones eruditas, el examen de las normas de conducta y el amor al conocimiento en lugar del anhelado "descubrimiento" del ser concreto que nos arrastraría al amor maduro. Es que Platón no habla de los amantes comunes, sino de los que decubren una vocación por algo que está más allá de la sensibilidad. Abandonando toda inclinación por la carne es como se accede al Océano de la Belleza, al éxtasis espiritual, última parada en el proceso sacerdotal de entrega al demon erótico. Como revela Allan Bloom, está implícita la disparidad entre una sociedad marcada por el ideal de la amistad, como es la griega, y otra cristina o judía marcada por el ideal del matrimonio. Cuando esperábamos una glorificación de la pareja, Platón nos arroja al círculo de amigos que dialoga y asciende en su propia consideración a medida que comprende el mundo que le rodea y a aquellos que han decidido hacer ese mismo camino pertrechados con un ansia y una sed equivalentes. Allá al fondo, entre árboles frutales y verduras, aguarda con su afable sonrisa Epicuro de Samos.

Referencias:
Martha C. Nussbaum: La fragilidad del bien. Madrid: Visor, 1995, pp. 229-268.
Allan Bloom: Amor y Amistad. Santiago de Chile: Andrés Bello, 1996, pp. 473-599.

domingo, 24 de junio de 2012

Platón: la Escalera del Amor

Giambattista Gigola - El Banquete de Platón (ca. 1790)
Éstas son, pues, las cosas del amor en cuyo misterio también tú, Sócrates, tal vez podrías iniciarte. Pero en los ritos finales y suprema revelación, por cuya causa existen aquéllas, si se procede correctamente, no sé si serías capaz de iniciarte. Por consiguiente, yo misma te los diré -afirmó- y no escatimaré ningún esfuerzo; intenta seguirme, si puedes. Es preciso, en efecto –dijo- que quien quiera ir por el recto camino a ese fin comience desde joven a dirigirse hacia los cuerpos bellos. Y, si su guía lo dirige rectamente,enamorarse en primer lugar de un solo cuerpo y engendrar en él bellos razonamientos;luego debe comprender que la belleza que hay en cualquier cuerpo es afín a la que hay en otro y que, si es preciso perseguir la belleza de la forma, es una gran necedad no considerar una y la misma la belleza que hay en todos los cuerpos. Una vez que haya comprendido esto, debe hacerse amante de todos los cuerpos bellos y calmar ese fuerte arrebato por uno solo, despreciándolo y considerándolo insignificante. A continuación debe considerar más valiosa la belleza de las almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso del alma, aunque tenga un escaso esplendor, séale suficiente para amarle, cuidarle, engendrar y buscar razonamientos tales que hagan mejores a los jóvenes, para que sea obligado, una vez más, a contemplar la belleza que reside en las normas de conducta y a reconocer que todo lo bello está emparentado consigo mismo, y considere de esta forma la belleza del cuerpo como algo insignificante. Después de las normas de conducta debe conducirle a las ciencias, para que vea también la belleza de éstas  y, fijando ya su mirada en esa inmensa belleza, no sea, por servil dependencia, mediocre y corto de espíritu, apegándose, como un esclavo, a la belleza de un solo ser, cual la de un muchacho, de un hombre o de una norma de conducta, sino que, vuelto hacia ese mar de lo bello y contemplándolo, engendre muchos bellos y magníficos discursos y pensamientos en ilimitado amor por la sabiduría, hasta que fortalecido entonces y crecido descubra una única ciencia cual es la ciencia de una belleza como la siguiente. Intenta ahora -dijo- prestarme la máxima atención posible. En efecto, quien hasta aquí haya sido instruido en las cosas del amor, tras haber contemplado las cosas bellas en ordenada y correcta sucesión, descubrirá de repente, llegando ya al término de su iniciación amorosa, algo maravillosamente bello por naturaleza, a saber, aquello mismo, Sócrates, por lo que precisamente se hicieron todos los esfuerzos anteriores, que, en primer lugar, existe siempre y ni nace ni perece, ni crece ni decrece; en segundo lugar, no es bello en un aspecto y feo en otro, ni unas veces bello y otras no, ni bello respecto a una cosa y feo respecto a otra, ni aquí bello y allí feo, como si fuera para unos bello y para otros feo. Ni tampoco se le aparecerá esta belleza bajo la forma de un rostro ni de unas manos ni de cualquier otra cosa de las que participa un cuerpo, ni como razonamiento, ni como una ciencia, ni como existente en otra cosa, por ejemplo, en un ser vivo, en la tierra, en el cielo o en algún otro, sino la belleza en sí, que es siempre consigo misma específicamente única, mientras que todas las otras cosas bellas participan de ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de éstas no le causa ni aumento ni disminución, ni le ocurre absolutamente nada. Por consiguiente, cuando alguien asciende a partir de las cosas de este mundo mediante el recto amor de los jóvenes y empieza a divisar aquella belleza, puede decirse que toca casi el fin. Pues ésta es justamente la manera correcta de acercarse a las cosas del amor o de ser conducido por otro: empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose de ellas como de peldaños ir ascendiendo continuamente, en base a aquella belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de éstos terminar en aquel conocimiento que es conocimiento no de otra cosa sino de aquella belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la belleza en sí.
Banquete, 209d - 211c

miércoles, 20 de junio de 2012

Semblanza de una persona a la que conozco

Su cuerpo está hecho de tal manera que hasta un mal dibujante lo dibujaría mejor a oscuras y, si estuviera en su poder modificarlo, daría menos relieve a algunas de sus partes. Con su salud, que dista mucho de ser óptima, este hombre diría que ha estado casi siempre contento; posee el don de aprovechar debidamente sus días de buena salud. Su imaginación, que es su más fiel compañera, jamás lo abandona. Él se instala detrás de la ventana, la cabeza apoyada en ambas manos, y mientras quienes pasan a su lado sólo ven un personaje cabizbajo y melancólico, él suele confesarse en silencio que, una vez más, se ha entregado a divagaciones muy placenteras. No tiene más que unos pocos amigos; a decir verdad, su corazón está siempre abierto a uno solo, presente, y a varios ausentes; su afabilidad hace que muchos lo crean amigo suyo, y lo cierto es que él los sirve también por ambición y amor al prójimo, mas no por ese impulso que lo lleva a servir a sus amigos de verdad. Ha amado tan sólo una o dos veces; la primera, con un amor no desgraciado, la segunda, con uno muy feliz; conquistó un buen corazón únicamente a fuerza de jovialidad y de ligereza, y aunque ahora suele olvidar ambas cosas, siempre venerará la jovialidad y la ligereza como los atributos espirituales que le han deparado las horas más placenteras de su vida. Y si tuviera la posibilidad de volver a elegir un alma y una vida, no sé si elegiría otras de poder recuperar una vez más las suyas. Ya en su adolescencia pensaba muy libremente sobre la religión, aunque nunca ha considerado un honor ser un librepensador, ni tampoco creer sin excepción en todo. Es capaz de rezar con fervor, y nunca ha podido leer el salmo 90 sin que lo embargara un sentimiento sublime e indescriptible. "Antes de ser engendrados los montes" etcétera, significa para él infinitamente más que "Canta, alma inmortal", etcétera. No sabe qué odia más, si a los jóvenes oficiales o a los jóvenes predicadores, con ninguno de los cuales podría vivir mucho tiempo. Su cuerpo y su indumentaria raramente han sido aptos, y sus convicciones raramente... suficientes para las reuniones sociales. Espera no pasar nunca de tres platos al mediodía y dos por la noche, con un poco de vino, ni quedarse por debajo de algunas patatas, manzanas y algo de pan y también de vino diario: en ambos casos se sentiría infeliz. Ha caído enfermo siempre que ha vivido unos días fuera de estos límites. Leer y escribir son para él ocupaciones tan necesarias como comer y beber, y espera que jamás le falten libros. En la muerte piensa a menudo y nunca con horror; le gustaría poder pensar en todo con tanta serenidad y espera que algún día su Creador le reclame dulcemente una vida de la que él no fue un propietario demasiado avaro, aunque tampoco dilapidador.

Georg Christoph Lichtenberg: Aforismos. pp. 62-63 (B 81). Trad. Juan José del Solar


martes, 19 de junio de 2012

Los borradores de Lichtenberg

Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799) puede considerarse el principal autor de apuntes filosóficos del XVIII. Su importancia no ha dejado de crecer con el tiempo, pero no tanto por sus obras de filosofía natural editadas en vida y que ya merecieron el respeto de Goethe o Kant, sino por el extraño grupo de cuadernos que dejó inéditos a su muerte, en los que anotaba todo tipo de reflexiones, notas de lectura y ocurrencias. Sudelbuch los llamaba, "libros de borradores", y la justificación de este nombre encierra toda una declaración de principios:
 Los comerciantes tienen su waste book (Sudelbuch, Klitterbuch [libro borrador, libro de asiento], creo, en alemán), en el cual van anotando día a día todo lo que venden y compran, todo entreverado y sin orden; de aquí lo pasan luego al ‘diario’, donde aparece ya en forma más sistemática, y finalmente al Leidger at double entrance [libro de contabilidad], según la usanza italiana de la teneduría de libros. En éste se llevan las cuentas de cada persona, que aparece primero como deudor y luego, enfrente, como acreedor. Esto merece ser imitado por los estudiosos. En primer lugar, un libro donde yo vaya anotando todo tal como lo veo o como me lo transmiten mis pensamientos; luego aquello podría ser transcrito a otro donde los temas están más separados y ordenados, y el leidger podría contener por último, expresadas en el debido orden, las referencias y explicaciones que de ellos se deriven. [ pp. 163-164 (E 46) ]
 Para Lichtenberg, estos borradores son fragmentos, simples apuntes; de hecho escribe en ellos sin cortapisas, no se ve obligado a condensar como cuando ha visto claro lo que trata de expresar. Son cuadernos de tanteo, de ensayo de ideas, donde se permite redactar incluso con relativa extensión, como paso previo al descubrimiento de lo que más tarde se debe ofrecer resumido y liberado de lo innecesario [ p. 170 (E 150) ]. No ha de buscarse orden en sus “libritos”, advierte, y es que “el orden es hijo de la reflexión" [ p. 177 (E 249) ],  indicando de este modo que los borradores se sitúan en un lugar más acá del ordenamiento racional (aunque sean la fuente de éste). Este lugar de la espontaneidad y el desorden es la sede de la intimidad, donde ideas y carácter no están separados o, como dice el propio Lichtenberg con ecos de Montaigne, es la historia de su espíritu y su cuerpo [ p. 231 (F 811) ]. No se le escapaba el paralelismo entre sus reflexiones en forma de borrador y el estado deforme de su cuerpo; lo que no pudo llegar a intuir es que esa obra provisional, tan admirada después por Nietzsche y Canetti, marcaría el rumbo de las brevedades filosóficas.


 Georg Christoph Lichtenberg: Aforismos. Barcelona: Edhasa, 2ª ed., 2002