El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

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domingo, 4 de diciembre de 2011

Empédocles de Agrigento

   Cuesta un poco conciliar la imagen de un filósofo como Empédocles, defensor de teorías naturalistas, con su larga leyenda de proezas y milagros.
   Empédocles es un filósofo del siglo V a. C. y, como Pitágoras, a cuya figura está ligado en muchos aspectos, concilia rasgos de filósofo, predicador y político al mismo tiempo. La tradición, en gran parte basada en los testimonio del propio Empédocles, nos lo presenta capaz de modificar el tiempo atmosférico y deteniendo los vientos con su magia; también devolvió al parecer la vida a una mujer que ya no respiraba, aunque esto último pudo deberse a sus conocimientos médicos, al igual que el coto que supo poner a la epidemia de malaria en Selinonte, acontecimiento que después fue recordado en las monedas que se acuñaron en esta ciudad. Se dice que se consideró a sí mismo un dios; pero esto debe ser matizado, pues la creencia órfica que profesa enseña que el proceso de purificación de las reencarnaciones concluye con un viaje al otro mundo en forma de ser divino, después de muerto, así que no se consideraría dios en vida, pero sí candidato a la divinidad tras la muerte. De esto arranca tal vez la leyenda según la cual fue arrebatado a los cielos; o esa otra, más famosa, que afirma que se arrojó al Etna (al parecer se encontró una de sus sandalias de bronce en el cráter del volcán), aunque esto, como aduce Bertrand Russell parece increíble, ya que “ningún político que se tenga en algo se arroja nunca a un volcán”.
   Para los ojos actuales, sus teoría naturales parecen extravagantes fantasias. Por ejemplo, su idea de la evolución, con la que defiende la formación de los organismos a partir de miembros disyectos: “Brotaron sobre la tierra numerosas cabezas sin cuello, erraban brazos sueltos faltos de hombro y vagaban ojos sueltos, sin frente” (Fr. 57), o como dice bellamente en otro fragmento: “Los miembros solitarios andaban errantes en busca de la unión” (Fr. 58). Este preámbulo a la visión aristofánico-platónica del Amor, que lleva a los seres divididos del andrógino a buscarse desesperadamente, ha de unirse a la creencia de que el Amor y el Odio actúan sobre las bases (principios) materiales o cuatro elementos (agua, tierra, aire y fuego) para unir y separar a la Naturaleza. En el camino evolutivo, que consta de cuatro estadios, las primeras generaciones de animales y plantas no estuvieron bien terminadas y constaban por tanto de miembros separados; la segunda generación dio lugar a toda una serie de seres fantásticos. El tercer estadio es el de las formas completamente naturales sin distinción de sexos, y preludia el estado actual.
   Se diría que toda esa tradición de bestiarios y compendios de seres y animales fantásticos tienen a Empédocles como un precedente involuntario. Por otro lado, encontramos en este autor nada menos que una teoría de la evolución natural, aunque sea disparatada.
Empédocles de Agrigento (ca. 495-435 a.C.)

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