El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

sábado, 19 de noviembre de 2011

Niños salvajes: Victor de l'Aveyron


      La historia comienza un día de 1797, durante el quinto año de la reciente República Francesa, cuando unos campesinos de la re­gión de Lacaune, situada en el macizo central, sorprendieron a un niño desnudo que huía a través de los bosques de la Bassine. De­bido a la curiosidad que esto produjo, estuvieron al acecho los días siguientes y, finalmente, lo pudieron ver otra vez buscando bellotas y raíces. En 1798 unos leñadores lo vieron de nuevo y, a pesar de la violenta resistencia que opuso, lo llevaron al pueblo de Lacaune, donde su llegada produjo sensación. Fue exhibido varias veces en la plaza pública, pero la curiosidad de las gentes pronto se vio satisfecha ante la vista de este muchacho mudo y sucio y, una vez que su vigilancia disminuyó, se escapó de nuevo al bosque.
Durante los quince meses siguientes se le vio de cuando en cuando, merodeando por los caminos que limitaban con el bosque, recogiendo patatas y nabos para comérselos allí mismo o, a veces, para llevárselos. Se encontraron varias guaridas, que se supuso ha­bía utilizado, una de las cuales tenía una cama de hojas y musgo. Finalmente, el 25 de julio de 1799, tres cazadores lo vieron y capturaron en estos mismos bosques.
     Un joven doctor y pedagogo del Instituto de Sordomudos, Jean Itard, se encargará a partir de 1800 de la educación del niño salvaje. Hizo un minucioso relato de las características que presentaba el niño y de los avances que logró en el proceso educativo al que fue sometido durante años. De un primer informe escrito en 1801, se ha extraído la información, en gran parte textual, que figura a continuación.
La descripción del aspecto físico que mostraba al encon­trarlo es la siguiente:
“Una criatura de un desaliño repelente, presa de movi­mientos espasmódicos y a ratos compulsivos, que se mueve de una parte a otra en incesante balanceo, a semejanza de algunos animales enjaulados, que mordía y arañaba a cuan­tos hacían por atenderla, y finalmente, ajena a todo, incapaz de parar la atención en cosa alguna.”
Además de contar en su cuerpo con más de veinte cicatrices, Itard aporta también el informe médico realizado en ese momenlo por una sociedad científica sobre el estado de inhi­bición de sus sentidos:
“... los ojos, sin fijeza ni expresión, sin cesar divagan de un objeto a otro, sin detenerse jamás en uno de ellos, hallán­dose tan poco ejercitados, tan poco coordinados con el tacto, que en modo alguno sabían distinguir entre un objeto de una simple pintura; el oído, tan insensible a los ruidos más fuertes como a la más emotiva de las melodías (aunque podía volverse ante el chasquido que se producía al romper una nuez); el órgano de la voz, en el estado de abandono más absolu­to, no emitía sino un sonido uniforme y gutural; el olfato parecía igualmente indiferente a la exhalación de los perfumes como al hedor de las basuras de que estaba impregnado su cubil; el tacto, en fin, se limitaba a la función mecánica y no perceptiva, de la pura prensión de los objetos.”
     En cuanto a las funciones intelectuales parecía...
    “... incapaz de atención, salvo en lo que atañía a los objetos de sus necesidades. Se encontraba privado de discernimiento, negado a la memoria, desprovisto de toda aptitud imitativa y hasta tal punto obstruido a los recursos de la mente, incluso relativos a sus propios intereses, que aún no había aprendido siquiera a abrir las puertas ni acertaba a valerse de una silla para atrapar algún manjar (...). Se hallaba despro­visto de todo recurso comunicativo y en ningún ademán del cuerpo podía adivinarse modo alguno de intencionalidad ni expresión; sin apariencia de motivo alguno pasaba de repente de la más melancólica apatía a una risa explosiva y desbordante. Insensible su alma a cualquier clase de afección moral, toda su inclinación y su pla­cer quedaban circunscritos al agrado del órgano del gusto. (...) En una palabra, su existencia toda quedaba reducida a una vida puramente animal.”
Ante el cuadro que presentaba esta criatura se barajaron dos hipótesis. 1.- Los médi­cos sostuvieron que probablemente el niño había sido abandonado poco antes de ser hallado a causa de sus deficiencias físicas y mentales, por lo cual no tendría posibili­dad alguna de mejoría; 2.- Itard, por el contrario, afirmaba que su retraso podría ser el resultado de haber sido abandonado hacia los tres o cuatro años y, por tanto, con un proceso educativo específico llegaría a convertirse en un niño como los demás. De ahí los objetivos de su proyecto: acostumbrarlo a vivir con humanos, restaurar su embotada sensiblidad, «ampliar el radio de sus ideas extendiéndolo a un campo de necesidades nuevas» y ejercitar la imitación para que accediera al don de la palabra.

Después de cinco años de observacion y trabajo intensísimo, Itard presentó un informe sobre los progresos realizados en la edu­cación de las funciones sensoriales, intelectuales y morales, y los métodos utilizados para ello. De dicho informe extrajo una serie de conclusiones sobre el ser humano de las que se pueden destacar las siguientes palabras:
"Que el hombre es inferior a muchos animales en el puro estado de naturaleza; estado de incapacidad y de barbarie, que sin fundamento se ha querido pintar de los colores más halagüeños…"
"Que la superioridad moral que se pretende conna­tural al hombre no es sino el resultado de la civilización, la cual lo eleva por encima de los otros animales."
“Nuestra propiedad esencial son las facultades imi­tativas y la inclinación continua a buscar nuevas sensaciones en necesidades nuevas.”
    "Que semejante fuerza imitativa, destinada a la educación de sus órganos, y sobre todo al aprendizaje de la palabra, siendo muy vigorosa y activa en los pri­meros años de la vida, se debilita rápidamente con el paso de los años si no se usa, desuso que embota la sensibilidad nerviosa; de ahí que la articulación de los sonidos, que es sin ningún género de dudas el más extraordinario y útil de todos los resultadós de la imitación, tenga que padecer dificultades sin cuento en cualquier edad que no sea la primera infancia."

     En cuanto al proceso de aprendizaje de Víctor, podemos resumirla diciendo que Víctor fue pasando por las siguientes etapas:

- Desarrollo de los sentidos. A la escasa sensibilidad que mostraban todos los órga­nos de los sentidos deI niño Víctor, Itard añade que podía estar desnudo horas enteras bajo la lluvia y el frío, igual que podía coger con la mano un tizón del fuego o meter la mano en agua hirviendo para sacar una patata y nunca se le vio una lágrima o un gesto de dolor. Sometido a un ambiente mucho más cálido que el del bosque y a un tratamienlo de baños calientes, al cabo de un tiempo empezó a mostrarse sensible al frío y a apreciar la utilidad de las ropas; la perspectiva de dormir en una cama húmeda le obligó a levantarse a hacer sus necesidades; su tacto se volvió sensible al calor y al frío, a lo blando y a lo duro, a lo áspero y a lo suave y, al mismo tiempo que se fue haciendo cuidadoso y limpio, también comenzó a tener catarros y otras enfermedades.
Con el tacto, también el olfato y el gusto fueron aplicándose casi en paralelo a diferenciar y reconocer, pero no la vista y el oído, que exigieron otro tipo de trabajo. Separó ambos sentidos, tratando de hacerle distinguir diversos sonidos con los ojos tapados, del mismo modo que, un año antes, le había llevado a establecer compara­ciones y distinciones entre colores y figuras, letras y palabras. De esta forma, dice Itard, se llevó a cabo el desembotamiento de sus sentidos, salvo el del oído: “Apor­tando a su alma hasta entonces muerta ideas desconocidas ( ...) fue  enseñado a dis­tinguir por el tacto un objeto redondo de uno plano, por los ojos un papel encarnado de uno blanco, por el gusto un licor agrio de uno dulce, había aprendido, al propio tiempo, a distinguir entre sí los nombres que designan estas diversas percepciones, pero sin conocer el valor representativo de que son portadores esos signos.”

- Funciones intelectuales. Junto al desarrollo de los sentidos, la atención de Víctor fue obligada a reparar en los objetos que había de distinguir y que su memoria tenía que recordar. Aunque pronto aprendió a reconocer y repetir la palabra lait (leche) por el gusto que tenía por ese alimento, no la pronunciaba nunca para pedirla sino cuan­do la tenía delante: no sabía que el símbolo representaba al objeto. La identificación entre la palabra escrita y el objeto hubo de aprenderla del siguiente modo: mostrada la palabra (“vaso”), Víctor había de ir a buscar el objeto depositado en otra habita­ción. Pronto Itard comprobó que Víctor sólo la identificaba con un objeto concreto, como si de un nombre propio se tratara. Tendría, pues, que aprender a generalizar, de forma que libro fuese para él como para nosotros el nombre común de cualquier libro. Después Víctor pasó a dar el mismo nombre a objetos que no guardaban entre sí más relación que la semejanza de su forma o de su empleo. Con el nombre "libro", por ejemplo, menta­ba indistintamente una resma de papel, un cuaderno, un periódico, un libro de regis­tros, un opúsculo, tal y como llamaba “bastón” a todo pedazo de madera estrecho y largo. Sólo tras grandes esfuerzos Víctor logró aprender el carácter general de las palabras, pasando a reconocer los objetos bajo la consideración de sus semejanzas y de sus diferencias, relacionando la idea “libro” con cualquier libro, y no con el papel. Igual ocurrió con “lo grande” y “lo pequeño”, que llegó a aplicar como cualidad con independencia de que se refiriera a un libro o a un clavo. Sin embargo, a pesar de todos los trabajos de preparación y adiestramiento de sus órganos vocales, no consiguió aprender a hablar. Itard dedujo que la causa de dicha imposibilidad era que la facultad imitativa en la que se basa la adquisición del lenguaje sólo se aplica al aprendizaje de la pala­bra en la primera infancia, mientras que Víctor era ya un adolescente cuando fue apresado y, además, parecía tener embotado el sentido del oído. 

- Facultades afectivas. El desarrollo de su capacidad de afecto e interés por los demás hubo de superar la más absoluta indiferencia que, en un principio, sentía por los que le proporcionaban cuidado, alimento y aténción. Sólo acudía a los demás acu­ciado por la necesidad, y no veía en ellos la mano que lo alimentaba sino la cantidad de alimento. Aunque Itard no consiguió interesar a Víctor en ningún tipo de juego que no estuviera ligado a la satisfacción de alguna necesidad alimenticia, las salidas al campo o los paseos por los jardines con la señora Guérin (ama de llaves de Itard y cuida­dora de Víctor), eran para él la mayor fuente de satisfacción. Ahí nació, según Itard, el afecto que comenzó pronto a manifestar por ella, aunque solamente fuera, al comienzo, un puro cálculo egoísta. Después de cinco años de convivencia en los que aumentó el número de sus necesidades y exigió cada vez más atenciones, Itard escribe: «A pesar de su desmedida querencia por la libertad de los campos y de su indiferencia por los placeres de la vida social, Víctor se muestra agradecido por los cuidados que se le prodigan, capaz de una afectuosa amistad, sensible al placer de hacer las cosas bien, vergonzoso de sus errores y arrepentido de sus arrebatos» . 
     En un aspecto concreto el pedagogo se muestra “... sorprendido por el sistema afectivo del joven Víctor: su indiferencia por las mujeres, aun en medio de las impe­tuosas alteraciones de una pubertad muy pronunciada (...) En lugar de ese impulso expansivo que lanza a los jóvenes de los dos sexos el uno hacia el otro, he hallado en él no más que un instinto ciego, que si le hace en verdad más preferible la compañía de las mujeres a la de los hombres, no llega en absoluto a comprometer su corazón en semejante diferencia: así, lo he vislo repetidas veces, en una reunión de mujeres, ir a sentarse a la vera de una de ellas, como buscando alivio a su ansiedad, y pellizcarle delicadamente la mano, los brazos y las rodillas, hasta que sintiendo sus inquietos deseos se alejaba inquieto, y se volvía hacia otra, con la que repetía el mismo comportamiento.” Itard concluye sobre este hecho que Víctor no puede com­parase con un adolescente normal, pues no ha recibido una educación que le permita desarrollar sus instintos.

- Aprendizaje moral. Itard lo describe según el siguiente proceso: Dado que muy pocos alimentos eran de su gusto, conseguirlos en grandes cantidades era para Víctor lo más importante. Si se le sorprendía cogiéndolos, se le reprendía, por lo cual comenzó a robarlos con artimañas. A esta conducta se le respondió con represalias: lo hurtado se le arrebataba por mucho tiempo. Esto pareció tener éxito, pues Víctor dejó de robar. ¿Pero había adquirido el sentido moral de lo bueno y lo malo, o sólo había reprimido una forma de actuar por miedo al castigo? Jean Itard decide comprobarlo sometiéndolo a un ejercicio muy sencillo y que Víctor, sin duda alguna, realizaría correctamente, pero por el que no se le premiará, sino que recibirá un castigo. Es decir, fue sometido a la experiencia de la injusticia. La reacción de Víctor, más allá de su habitual obediencia, fue violenta, su indignación le llevó, incluso, a morder la mano de su maestro. “Era la prueba incontestable de que el sentimienlo de lo justo y de lo injusto, cimiento perdurable de todo orden social, no era ya extraño al corazón de mi educando.”
 
Apuntes elaborados con la ayuda de:

- Apuntes del Prof. Tomás Cuesta.
- Harlan Lane: El niño salvaje de Aveyron. Madrid: Alianza, 1984.
- T. Coraghessan Boyle: El pequeño salvaje. Madrid: Impedimenta, 2012.
- François Truffaut: El pequeño salvaje. dvd MGM
- Página de Enrique Martínez-Salanova Sánchez

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Lucien Malson en su obra sobre los niños salvajes resume los rasgos de los más de 60 casos conocidos a partir del siglo XIV de niños criados al margen del contacto humano:
  • Marcha inclinada.
  • No hablan.
  • Falta de distinción perceptiva.
  • No se reconocen ante el espejo.
  • Falta de destreza técnica, la mano no sirve para coger o manipular objetos.
  • Falta de expresividad facial.
  • Falta de interés sexual.
   Se trata de rasgos generales, ya que en casos puntuales llegan a hablar algo o manifiestan interés sexual (aunque como mecanismo puramente biológico, en el caso por ejemplo de Victor de l'Aveyron). En conclusión, ni la libido, ni la técnica ni la posición erguida son "naturales". El comportamiento reconocidamente humano no se hereda biológicamente salvo en sus manifestaciones más simples de supervivencia, como orientación a paliar el hambre o la sed, procurarse la evasión del peligro o encontrar refugio.

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1 comentario:

Hécate Babieca Pachenete Alabarda dijo...

Muy interesante el artículo, me fue muy útil para la investigación que estoy realizando respecto a la biología del lenguaje.